Por Paloma Cecilia Barraza Cárdenas
“Elphaba, de donde yo vengo,
creemos en todo tipo de cosas
que no son ciertas.
Lo llamamos historia”
-El Mago de Oz
Hay preguntas orientadas a alterar por completo la historia. ¿Y si la Bruja Malvada del Oeste no fuera realmente la villana? ¿Y si la Bruja Buena no es tan buena? ¿Y si el relato estuviera incompleto? A partir de esa duda, la novela entera puede cambiar. Los personajes adquieren nuevas dimensiones, las certezas comienzan a distorsionarse y esa verdad “indiscutible” esconde secretos, omisiones y contradicciones. Después de todo, pocas cosas resultan tan persuasivas como una historia repetida suficientes veces.
Mirar de nuevo. Sospechar relatos oficiales. Preguntar quiénes cuentan las historias, desde dónde y quiénes quedan fuera. Toda crónica tiene sus puntos ciegos, y, a veces, los produce deliberadamente. De eso se trata la investigación. De correr un poco la cortina para descubrir los silencios cuidadosamente administrados detrás de las grandes narrativas. De advertir la magia en lo invisible. Investigar implica acercarse a esos márgenes y preguntarse por las historias con el potencial de emerger si observamos el paisaje desde otro lugar.
La investigación inicia con preguntas. Con inquietudes. Esa curiosidad de saber qué hay más allá del arcoíris. Con intuiciones sobre la existencia de dimensiones aún inobservadas o incomprendidas de la realidad. Investigar implica resistirse a aceptar que la película es simplemente en blanco y negro. Las universidades existen, entre muchas otras razones, para albergar esa posibilidad.
Actualmente, la inmediatez tiende a simplificar los debates públicos e incrementar la presión por obtener respuestas rápidas sin importar la complejidad del problema. Ante este panorama, defender el derecho a formular preguntas es crucial. Cuestionar lo naturalizado, lo inevitable, lo definitivo. Los avances científicos, las transformaciones sociales y las ampliaciones de derechos comenzaron con alguna pregunta incómoda. Los feminismos ofrecen algunos ejemplos interesantes. Durante siglos, numerosas estructuras sociales se presentaron como naturales e incuestionables. Las mujeres no podían votar porque así eran las cosas. No podían acceder a determinados espacios educativos porque así había sido siempre. No participaban en la toma de decisiones porque supuestamente carecían de las capacidades necesarias para hacerlo. Hasta que algunas mujeres se hicieron preguntas fundamentales. ¿Y si las mujeres también fueran ciudadanas?, ¿y si la exclusión es construida?, ¿y si la historia estuviera incompleta?
Las conquistas nacen de preguntas que, en su momento, fueron vistas como amenazas al orden establecido. Una parte importante de la investigación feminista ha consistido precisamente en identificar ausencias. En los archivos, en los libros de historia, en las teorías, en las estadísticas y en la memoria colectiva. Preguntas aparentemente sencillas como ¿dónde están las mujeres? o ¿quiénes faltan en este relato?, han permitido transformar disciplinas enteras y abrir nuevas líneas de conocimiento.
Algo similar ocurre con otros grupos históricamente marginalizados. Pueblos originarios, personas racializadas, comunidad LGBTTTQIA+, personas con discapacidad y muchos otros sectores han impulsado nuevas interrogantes para nutrir nuestra comprensión del mundo y han evidenciado los límites de las narrativas dominantes. Investigar implica desarrollar una mirada crítica capaz de identificar lo oculto y reconocer la especificidad de contextos en la producción del conocimiento, los cuales están atravesados por relaciones de poder, elementos simbólicos y experiencias históricas concretas.
Por eso las universidades públicas son espacios cruciales. A pesar de todas sus limitaciones y complicaciones, son de los pocos lugares donde todavía es posible detenerse a pensar, sostener conversaciones complejas y construir conocimiento sin determinación exclusiva al utilitarismo instantáneo. Son espacios donde las interrogantes tienen lugar sin depender de las respuestas. Hace unas semanas, participé en una conversación sobre investigación universitaria con motivo del cuadragésimo aniversario del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED). Mientras escuchaba las reflexiones de mis colegas, quienes han dedicado décadas de su vida a la docencia, la investigación y a la arquitectura institucional, pensé en una de las funciones más extraordinarias de las universidades. Desafiar el tiempo.
Las instituciones académicas, al final del día, se sostienen por personas dispuestas a seguir preguntándose por la justicia, la democracia, los derechos humanos, las desigualdades, las violencias, las asimetrías y los problemas de sus realidades. Se mantienen porque generación tras generación, se continúan conversaciones de antaño, preguntas heredadas y preocupaciones intelectuales que probablemente seguirán cuando nosotras ya no estemos. Aportamos nuevas metodologías y nuevas miradas para, eventualmente, entregar los debates a quienes vendrán después. La investigación trasciende a las personas sin dejar de depender de ellas.
Por eso resultan tan sugerentes las relecturas contemporáneas de ciertos clásicos, porque toda historia observada desde un único ángulo se parece más a una sentencia que a una conversación. La riqueza del conocimiento radica en su capacidad para admitir complejidades, contradicciones, matices, disparates. Una misma realidad puede ser observada desde múltiples lugares y las interrogantes amplían, aunque sea ligeramente, su entendimiento. La investigación cumple una función similar. Ninguna realidad está completamente explicada. Las narrativas no son absolutas. Hay miles de perspectivas que merecen ser escuchadas. Ninguna generación piensa sola. Nuestras preguntas dialogan con las de quienes se atrevieron a plantearlas antes. Los hallazgos descansan sobre resultados previos. Los avances académicos son también memoria. Las universidades preservan conversaciones que cambian de voz, de lenguaje, de protagonistas, pero negadas a desaparecer.
Y ahí está la magia, en mantener vivas las preguntas. Por siempre.
Imagen generada con IA para uso editorial por LCR
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
![]()
