Por Paloma Cecilia Barraza Cárdenas
“Si te lo propones,
puedes conseguir cualquier cosa.”
Marty McFly
Los movimientos estudiantiles son una forma de viajar en el tiempo. A lo largo de los años, las juventudes vuelven a formular, con distintos lenguajes, la misma pregunta: ¿cómo habitar espacios que parecen diseñados contra ellas?
Hay una escena de Volver al Futuro, donde Marty observa, desconcertado, un pasado familiar y extraño al mismo tiempo. Las personas existen antes de convertirse en quienes él conoce. Los vínculos todavía no terminan de consolidarse. El futuro palpita en conversaciones, amenazas, gestos y decisiones. Algo así fue moderar la mesa “¿Qué significaba ser joven en la década de los sesenta? Memorias y testimonios”, en el marco del Congreso Internacional sobre Movimientos Estudiantiles en México y America Latina Siglos XX y XXI. A 60 años del movimiento estudiantil-popular de 1966 en Durango.
Durante tres días, distintas instituciones académicas, entre ellas la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Juárez del Estado de Durango, el Instituto Tecnológico de Durango y la Benemérita y Centenaria Escuela Normal del Estado de Durango abrieron un espacio para pensar las memorias estudiantiles como preguntas todavía bastante incómodas para el presente. Y tal vez eso fue lo más fascinante de aquella mesa, advertir la relación entre subjetividad y política al hablar de juventudes en los años sesenta. Ser joven en aquel contexto implicaba, en muchos sentidos, asumir una posición frente al mundo. Una apuesta por transformar el orden existente.
Escuchar testimonios sobre universidades, casas de estudiantes, guerrillas y feminismos estudiantiles es como mirar un pasado filtrado en el presente político de las universidades públicas mexicanas. Porque en realidad nunca terminamos de salir de estas conversaciones. Los movimientos estudiantiles son una discusión suspendida. Cambian los lenguajes, los rostros, las plataformas, las dinámicas, pero las problemáticas son las mismas. Las violencias, desigualdades, vigilancias, exclusiones, los disensos.
En este panorama, las universidades públicas han funcionado como espacios de formación intelectual y, a la vez, como nidos de politización y resistencias. Probablemente por eso son tan peligrosas para ciertos proyectos políticos. Las experiencias juveniles muchas veces desbordan las líneas institucionales para organizarse, radicalizarse y tomar su lugar dentro de las luchas sociales. Y el viaje de las memorias estudiantiles entre generaciones es fascinante. Reaparecen en fotografías compartidas en redes sociales, documentales, playeras, canciones y miles de referencias culturales destinadas a mantenerlas con vida. La memoria necesita también esos nuevos idiomas para sobrevivir. El desafío consiste en no perder de vista el fondo.
Pienso entonces en el almanaque deportivo de Marty y esa fantasía de controlar el destino mediante el conocimiento anticipado del tiempo. Saber antes para ganar después. Anticipar el futuro para administrarlo mejor. Pero creo que los movimientos estudiantiles funcionan al revés, a través de la advertencia. Porque detrás de esa nostalgia vintage sobreviven las desapariciones, persecuciones, criminalizaciones, expulsiones y silencios. Sobrevive la memoria de quienes tomaron la palabra y asumieron el costo de la libertad, el exilio o la vida misma.
Escuchar estas memorias produce una sensación extraña. Como si el pasado no estuviera realmente atrás, sino en espera a ser activado nuevamente. Casi escucho al DeLorean encenderse. Las discusiones sobre autoritarismo, desigualdad, violencia y participación política atraviesan nuestros entornos, con distintos códigos de enunciación. Por eso las juventudes resultan a veces tan “problemáticas”, porque conocen la fragilidad de la inevitabilidad del presente. Toda realidad social puede ser discutida, transformada o peleada. Y pocas cosas molestan tanto al poder, como una generación capaz de imaginar futuros distintos.
Mi parte favorita de la mesa, es que estaba integrada prácticamente por mujeres. Y esto es importante porque reclamamos espacios en la academia. Y entre las ponencias fue posible advertir cómo las mujeres aparecen generalmente en estas memorias como notas al pie, acompañantes o figuras secundarias, cuando también fueron organizadoras, articuladoras y figuras políticas centrales. Incluso dentro de los movimientos cuya pretensión era transformar el mundo, muchas veces las mujeres pelearon simultáneamente el derecho a ser visibles dentro de esas mismas luchas.
Y justo ahí está una lección fundamental de volver al pasado. Comprender la disputabilidad política de la memoria. Quienes aparecen en la fotografía. Quienes queda fuera del cuadro. Quienes son recordados como héroes. Quienes permanecen en los márgenes del relato. Quizá volver al futuro implique corregir el pasado después de todo. No al deshacer errores o reorganizar líneas temporales imposibles, como en las películas, sino con herramientas éticas para visibilizar violencias, nombrar ausencias e impedir la minimización de quienes lucharon antes que nosotras.
En este sentido, las universidades deben ser espacios de crítica, imaginación y disidencia. Lugares donde las juventudes tengan la libertad de organizarse, tomar la palabra y cuestionar estructuras injustas para abrir un portal al pasado como alternativa política. Cuando se desafía aquello que parecía inamovible, el pasado deja de ser archivo y se vuelve posibilidad. Ninguna realidad social es definitiva. Ningún orden es inevitable. Como dijo el Doc, “tu futuro aún no ha sido escrito. El de nadie”.
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
Imagen generada por IA para uso editorial de LCR
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