Por María Elena Esparza Guevara
Mientras México ha recibido a las mejores selecciones del mundo en su propio territorio, la selección mexicana femenil mira el torneo desde afuera. No es la primera vez: desde su última participación en el Mundial de Canadá 2015, el Tri femenil ha quedado eliminado en dos procesos clasificatorios consecutivos: los de Francia 2019 y Australia-Nueva Zelanda 2023. Lo absurdo es que el país que hoy alberga el evento masculino más grande de la historia no tiene representación femenil en ningún mundial desde hace once años. Once años en los que la liga creció, las audiencias crecieron y las condiciones de las jugadoras, en lo esencial, permanecieron igual.
Las razones de esa ausencia no son un misterio deportivo, sino un problema estructural. De acuerdo con datos de la FIFA, publicados por la Gaceta UNAM en marzo de 2026, el salario promedio anual de una futbolista profesional en el mundo fue de 10,900 dólares en 2025, equivalente a unos 18 mil pesos mexicanos al mes. En México, la brecha es aún más profunda: según el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, el salario promedio en la Liga MX Femenil ronda los 3,500 pesos mensuales, frente a los más de 600 mil que percibe un jugador en la primera división masculina. Una diferencia de más de 170 veces entre pares que compiten bajo el mismo escudo institucional.
Esa precariedad tiene consecuencias directas sobre el rendimiento. Una atleta que gana menos de 100 pesos al día –como documenta el portal Serendipia con testimonios de jugadoras activas– no puede costear fisioterapia, nutrición especializada ni entrenamientos adicionales fuera del esquema del club. No puede, en términos simples, prepararse para competir a nivel mundial. La selección femenil no pierde porque sus jugadoras carezcan de talento; pierde, en parte, porque el sistema no les ha dado las condiciones para ganar.
Cuando el Senado mexicano discutió en 2023 una iniciativa de igualdad salarial en el deporte profesional, la propia Liga MX Femenil respondió con una carta argumentando que equiparar salarios haría inviable la liga. De acuerdo con ESPN Deportes, la presidenta del torneo calculó que la medida representaría un incremento del 43% en el gasto de los clubes. El argumento del mercado –que el futbol femenil no genera ingresos suficientes para justificar salarios dignos– es el mismo que perpetúa el círculo: sin inversión no hay rendimiento, sin rendimiento no hay visibilidad, sin visibilidad no hay inversión.
México y Estados Unidos retiraron en 2024 su candidatura conjunta para organizar el Mundial Femenil 2027 y apuntan ahora al de 2031. Según Infobae, la decisión fue tomada para concentrarse primero en demostrar, con el mundial masculino de 2026, que se cuenta con la infraestructura necesaria. La oportunidad existe y la ventana es real. Pero organizar un mundial femenil en casa no transforma automáticamente las condiciones de las jugadoras que deberían protagonizarlo.
Para que México tenga selección en un mundial con la misma visibilidad que los hombres, necesita algo más simple y más difícil a la vez: tratar el futbol femenil como un proyecto sostenido, no como un experimento del que se puede prescindir.
@MaElenaEsparza
Imagen generada para uso editorial de LCR
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