Por María Elena Esparza Guevara
En México, las mujeres son mayoría en las aulas, pero esa presencia no se traduce en igualdad. De acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, aunque las mujeres representan el 63.7% del personal docente nacional, ganan en promedio casi tres mil pesos menos al mes que sus colegas hombres. En otras palabras, tenemos mala calificación en cuanto a brecha salarial: se ubica en 18.3% y se profundiza conforme avanza el nivel educativo.
La radiografía de la división sexual del trabajo de enseñanza también es muy interesante. Según datos del INEGI, 94 de cada 100 docentes de preescolar son mujeres y 71% en educación básica, mientras en la educación superior la proporción cae a entre 42% y 45%. No es casualidad: las mujeres predominan donde los salarios son más bajos y el reconocimiento institucional, menor; además, para sorpresa de nadie, donde enseñar se diluye más con cuidar. Los niveles universitarios, de investigación y dirección –donde se concentran los mejores ingresos y el mayor prestigio académico– siguen dominados por hombres.
A eso se suma una carga que rara vez aparece en las estadísticas. De acuerdo con el estudio TALIS de la OCDE, el 49% del profesorado identifica las tareas administrativas excesivas como una de sus fuentes principales de estrés laboral, estrés que el mismo informe vincula directamente con agotamiento y menor satisfacción personal. Y más allá del papeleo, cuando hay intersecciones de vulnerabilidad comunitaria como alto grado de violencia, pobreza o abandono de infraestructura escolar, muchas maestras se convierten en la práctica en la primera red de contención emocional para sus estudiantes. La sobrecarga impacta en su salud mental y pocas veces se visibiliza esta dimensión.
La feminización histórica del magisterio también ayuda a entender por qué esta profesión se romantiza con palabras como “vocación”, “entrega” o “amor por enseñar”. Es indudable: los roles y estereotipos de género habitan y se reproducen en el aula. Diversos análisis académicos sobre género y trabajo señalan que cuando una ocupación se asocia culturalmente con tareas de cuidado realizadas por mujeres, tiende a desvalorizarse tanto económica como simbólicamente. Lo que se llama vocación muchas veces encubre precariedad normalizada.
Este Día del Maestro y la Maestra celebramos a quienes forman el futuro del país. También tenemos la oportunidad de desnormalizar que muchas de ellas trabajen exhaustas, sobrecargadas y emocionalmente responsabilizadas de cuidar mientras ganan menos que sus pares varones. Demos clase, pero de igualdad.
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
Imagen generada para uso editorial de LCR
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