El parto que abarata a las madres

por Sofía Gamboa de la Parra

Por Sofía Gamboa

 

Hay una verdad incómoda que ningún folleto rosa del 10 de mayo se atreve a imprimir: el día que nace tu hija o tu hijo, si eres mujer, tu ingreso baja. Si eres hombre, sube. Así de simple. Así de brutal. La maternidad no es solo un evento biológico, es un evento económico. Y ese evento castiga a unas y premia a otros.

Los datos lo muestran con claridad. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH 2022) y con análisis de México, ¿cómo vamos?, el ingreso mensual promedio de los hombres en México es de casi $9,800 pesos, frente a poco más de $6,300 pesos de las mujeres: una brecha cercana al 35%. Pero esa diferencia no es estática. Se amplía con cada hija o hijo que nace. Las mujeres sin descendencia enfrentan una brecha de alrededor del 21%; entre quienes tienen cuatro o más hijas o hijos, la diferencia prácticamente se duplica. La maternidad, lejos de ser un asunto privado, se traduce en una contabilidad pública en la que las mujeres pierden.

El fenómeno tiene un nombre técnico: “child penalty”, o penalización por maternidad. El estudio “The Child Penalty Atlas”, elaborado por investigadores de la Universidad de Harvard, London School of Economics y la Universidad de Copenhague, documenta que en América Latina (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica y México) las mujeres pierden entre 35 y 50 % de su empleo tras el nacimiento del primer hijo, y rara vez se recuperan. En España la pérdida ronda el 28% a diez años; en varios países africanos, apenas 9%. América Latina, y México con ella, se ubica entre las regiones con peor desempeño en esta desigualdad.

Mientras tanto, los hombres que se vuelven padres no solo no pierden: ganan. La economía lo llama prima por paternidad. Datos de la ENIGH del INEGI muestran que el ingreso trimestral promedio de un padre con un hijo en México es de $26,727 pesos y que aumenta a más de $30,000 pesos cuando tiene dos. Lejos de informalizarse, los padres suelen desplazarse hacia empleos más estables y formales. El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) confirma que mientras 51% de las madres pausa su carrera profesional por motivos personales, solo 20 % de los padres lo hace. La paternidad blinda al hombre; la maternidad expone a la mujer.

Pongamos rostros. Mariana es contadora en Monterrey. Gana $18,000 pesos al mes, toma sus 12 semanas de licencia por maternidad y regresa a una mesa donde alguien más ya cerró el trimestre.

La reubican. Pide horario flexible para amamantar y le dicen que no es el momento. Renuncia. Acepta un trabajo de medio tiempo por $9,000 pesos. Su esposo, en cambio, tomó sus cinco días de licencia de paternidad y volvió justo a tiempo para el bono anual. Su jefe lo felicitó por “echarle ganas ahora que tiene familia”. Mariana perdió la mitad de su ingreso. Él ganó un aumento.

Pero no todas caen desde el mismo lugar.

Pongamos otro rostro, más al sur. Lucía vende textiles en un mercado de Oaxaca. No cotiza al IMSS. No tiene licencia de maternidad porque no tiene contrato. A las dos semanas del parto está de nuevo detrás del puesto, con la bebé en el rebozo, perdiendo clientes los días que la lleva al pediatra. En Oaxaca, Chiapas y Guerrero, donde la informalidad femenina supera el 75%, las cifras nacionales se quedan cortas. Para miles de mujeres indígenas y rurales, la maternidad no significa una caída en el salario formal, sino una jornada doble que combina cuidados, trabajo en el mercado y labores del hogar.

Todo esto ocurre dentro de una arquitectura legal que insulta a la inteligencia. La Ley Federal del Trabajo otorga a las mujeres 12 semanas de licencia por maternidad y a los hombres apenas cinco días por paternidad. El mensaje del Estado mexicano es transparente: cuidar es cosa de mujeres, proveer es cosa de hombres. Y si alguien tiene que sacrificar la nómina por una cuna, ya sabemos a quién le toca. Esta asimetría no es un detalle administrativo: es la columna vertebral de la desigualdad económica que después medimos en encuestas y fingimos lamentar.

Conviene recordar lo que las mujeres aportan, aunque el sistema se empeñe en invisibilizarlo. La Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares del INEGI estima que el trabajo de cuidados no remunerado equivale a más del 26% del PIB nacional: una economía paralela sostenida casi por completo por mujeres. De las casi 32 millones de personas cuidadoras en el país, 75% son mujeres. Cuando una mujer pide licencia por maternidad no está “dejando de producir”: está produciendo a la próxima generación de contribuyentes, consumidores y trabajadores. Ese trabajo, del cual depende la economía completa, lo paga ella en su salario, en su pensión y en su jubilación.

En medio de este panorama hay una grieta de luz que conviene mirar con honestidad: la economía digital. No como salvación milagrosa, sino como herramienta. GoDaddy reporta que más de tres de cada cuatro mujeres dueñas de pequeñas empresas en México son madres, y que casi la mitad es el principal sostén económico de su hogar. La Asociación de Emprendedores de México señala que 22% de las mujeres fundadoras prioriza la flexibilidad horaria, frente a solo 10% de los hombres. Plataformas de comercio electrónico, trabajo remoto y marketplaces están permitiendo a muchas madres reincorporarse a la generación de ingresos sin tener que elegir entre la cuna y la nómina.

Pero también hay riesgos. El Banco Mundial reporta que 42% de quienes trabajan en plataformas digitales son mujeres, muchas veces sin seguridad social, pensión o licencias. La economía digital solo será una oportunidad real si viene acompañada de regulación laboral, inclusión financiera y alfabetización tecnológica que llegue a Lucía en Oaxaca, y no únicamente a Mariana en Monterrey. De lo contrario, la brecha simplemente se traslada a una pantalla.

El día que nace tu hija o tu hijo no debería ser el día en que tu ingreso se desploma. No es naturaleza: es política pública. Es licencia de paternidad equiparable. Es sistema nacional de cuidados. Es regulación digna del trabajo en plataformas. Es fiscalización a las empresas que castigan la maternidad. Mientras no exijamos eso, seguiremos celebrando a las madres con flores el 10 de mayo y descontándoles el sueldo el lunes siguiente. Y eso no es amor: es un fraude contable disfrazado de tradición.

 

@GamboaSofia

 

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

Imagen generada para uso editorial de LCR

 

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