Por Itzel Lozada
“Yo me dediqué a cuidar a nuestros hijos mientras él se desarrollaba profesionalmente. Ahora, a mi edad, ya nadie me contrata; él se volvió a casar, compró otra casa y yo no tengo nada a mi nombre”.
“Hice a un lado mi carrera para cuidar a los niños. Ahora él me dice que la casa es suya y que yo soy la que se tiene que ir”.
Frases como estas se escuchan en nuestras asesorías con más frecuencia de la que quisiéramos. Mujeres que pausaron su carrera profesional —o dejaron de trabajar de manera remunerada— para priorizar el cuidado de infancias, personas enfermas o las necesidades cotidianas del hogar. Y que años después enfrentan separaciones o divorcios desde la precariedad, la falta de autonomía económica y profundas desventajas patrimoniales.
Mujeres que dedicaron años al cuidado mientras veían a sus parejas crecer profesional y patrimonialmente, acumulando experiencia laboral, estabilidad económica, propiedades o redes profesionales. Mientras tanto, ellas fueron acumulando interrupciones laborales, dependencia económica, trabajos flexibles sin prestaciones y trayectorias marcadas por la imposibilidad de conciliar empleo y cuidados.
¿De qué hablamos cuando hablamos de cuidado?
El trabajo de cuidado contempla actividades indispensables para la vida cotidiana: desde las tareas de cuidado directo, como cuidar a infancias, acompañar a personas enfermas o atender a personas mayores, hasta las tareas de cuidado indirecto, como cocinar, limpiar, administrar el hogar o sostener emocionalmente la vida cotidiana.
Cuando estas actividades se realizan sin recibir una compensación económica, hablamos de trabajo de cuidados no remunerado. Aunque no genere ingresos, debe reconocerse como trabajo: una labor indispensable para el funcionamiento de los hogares, las comunidades y la economía en general.
La organización social y económica descansa sobre millones de horas de trabajo de cuidado históricamente invisibilizado y desigualmente distribuido. En México, el INEGI estimó que, en 2024, el valor económico del trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados ascendió a más de 8 billones de pesos, equivalente al 23.9% del Producto Interno Bruto nacional.
¿Quién cuida?
De ese total, las mujeres aportaron 72.6% del valor económico generado por este trabajo, realizando 2.7 veces más labores domésticas y de cuidados no remunerados que los hombres. A nivel global, la Organización Internacional del Trabajo ha advertido que las mujeres realizan alrededor del 76.2% del trabajo de cuidados no remunerado y dedican más del triple de tiempo que los hombres a estas actividades.
El impacto patrimonial del cuidado
El cuidado ocupa tiempo, energía y disponibilidad constante; por ello, impacta directamente en las posibilidades de acceder a un empleo, conservarlo, crecer profesionalmente, generar patrimonio o construir autonomía económica. Las consecuencias aparecen en trayectorias laborales interrumpidas, dobles y triples jornadas de trabajo, dependencia económica, falta de ahorro, ausencia de seguridad social y desventajas patrimoniales que muchas veces sólo se hacen visibles durante una separación, un divorcio o una disputa familiar.
Durante mucho tiempo, el derecho no reconoció el trabajo de cuidado. Cocinar, criar, limpiar, acompañar o sostener un hogar no se entendían como actividades susceptibles de producir efectos económicos y jurídicos, pese a que permiten que otras personas estudien, trabajen, generen ingresos o acumulen patrimonio.
Por ello, hablar de cuidado implica analizar cómo se distribuyen el tiempo, el dinero, las oportunidades y el patrimonio dentro de las familias y las relaciones de pareja. También implica cuestionar por qué las consecuencias económicas derivadas de estas cargas han recaído históricamente sobre las mujeres y personas cuidadoras.
Reconocer jurídicamente el cuidado significa entender que detrás de cada jornada de trabajo invisible existen horas, desgaste, renuncias y consecuencias económicas y patrimoniales concretas. Significa reconocer que el tiempo dedicado a cuidar produce valor y, por ende, debe traducirse en derechos.
Las decisiones sobre quién deja de trabajar de manera remunerada, quién cuida, quién administra el dinero, por cuál régimen matrimonial se opta o cómo se construye un proyecto de vida en común no son únicamente decisiones emocionales: también son decisiones que invariablemente incidirán en nuestra seguridad patrimonial a largo plazo.
Porque el patrimonio no sólo se construye con dinero o con bienes. Las cargas de cuidado, el tiempo dedicado a la crianza, las pausas y renuncias profesionales también tienen consecuencias patrimoniales.
En ese marco, hablar de autonomía económica implica comprender que el cuidado tienen efectos materiales concretos y que las personas deben contar con información suficiente para tomar decisiones libres y conscientes sobre su proyecto de vida.
Por ello, las asesorías jurídicas preventivas son fundamentales, ya que permiten identificar desigualdades que suelen normalizarse dentro de las relaciones: abandonar una carrera profesional sin protección patrimonial, desconocer el estado financiero de la pareja, no participar en decisiones económicas relevantes o asumir cargas de cuidado desproporcionadas sin mecanismos mínimos de protección jurídica.
Porque si el amor no es para siempre, que nuestro patrimonio sí lo sea.
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
Imagen generada por IA para uso editorial de LCR
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