Por Angélica de la Peña
Todas y todos necesitaremos conforme vamos avanzando en edad, o frente a una enfermedad o discapacidad, quien nos cuide o auxilie.
Esa persona, apenas hace algunos de años atrás, se le endilgaba por tradición, a alguna mujer de la familia. El cuidado de los padres o madres entrados en años recaía en la hija que no se casó.
Salvo que se pudiese pagar a alguien para que se hiciera cargo de la persona que se requiera cuidar, las familias han tenido que enfrentar en su inmensa mayoría, dificultades que las desgastan social, económica y emocionalmente.
Todas las estadísticas en todas las naciones del mundo, evidencian que las personas cuidadoras son mayoritariamente mujeres y ,por eso, son las organizaciones feministas quienes han llevado la discusión de que esta responsabilidad no recaiga solo en las mujeres, a costa de su propio proyecto de vida. También se cuestiona que se vea a las tareas de cuidado como algo deshonroso.
Por eso en el marco de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) a partir de este siglo, comienza una discusión donde se concibe al trabajo doméstico no remunerado, por ejemplo, como parte del Producto Interno Bruto. Se rompe el esquema de que ese trabajo, no es trabajo; por el contrario se reconoce como un coadyuvante en la productividad, porque además hace posible otras actividades.
También se gesta conceptualmente al sistema de cuidados como un modelo de política pública cuyo objetivo es resolver la desigualdad entre mujeres y hombres, y se orienta a todos los estados nacionales del continente con una serie de recomendaciones inscritas en cuatro pilares que cito textual: El cuidado es una necesidad y un derecho universal indispensable para la sostenibilidad de la vida y el desarrollo humano; se busca reconocer, reducir y redistribuir el trabajo de cuidados que históricamente ha recaído de forma desigual entre las mujeres; promueve que las responsabilidades de cuidado sean compartidas, de manera justa y equilibrada entre el Estado, el mercado, las familias y la comunidad, y entre hombres y mujeres; y se considera a la economía del cuidado como sector estratégico capaz de dinamizar la economía, generar empleo de calidad y reducir la pobreza.
Se enfatiza por la CEPAL que las políticas de cuidados deben formularse en estricto apego a un enfoque de derechos y a los principios de igualdad, universalidad y solidaridad.
En México, las organizaciones feministas durante años han exigido este Sistema. Ha sido parte de las campañas electorales en los últimos años, pero ya en lo concreto ha enfrentado a un enemigo: los costos que se aducen desde la hacienda pública. Y en esa discusión el mérito de una inversión social y compromisos por parte de quienes gobiernan, queda olvidado como recién aconteció con la nueva Secretaría de las Mujeres hoy sin secretaria.
En el Congreso de la Ciudad de México se acaba de aprobar la Ley del Sistema de Cuidados con el voto a favor de todos los grupos parlamentarios. Se establece una infraestructura social de centros de cuidado infantil (que existía en el país pero López Obrador la derogó), casas de día para las personas mayores y en situación de calle, comedores, entre otras acciones. Ciertamente se trata de un acto de justicia social. El siguiente paso corresponde al gobierno de la Ciudad de México, quien debe garantizar imparcialidad, eficiencia y rendición de cuentas.
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
Foto de Eday Hoyman desde Getty Images, edición LCR
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