Por Sofía Gamboa
Bloomberg publicó esta semana una columna de opinión que, con la madurez característica de la prensa financiera anglosajona, nos explicó que la seguridad en México es “lo de menos” para los visitantes del Mundial. Lo que de verdad debería preocuparles, argumenta el columnista, son el tráfico, la corrupción, el calor y los precios: “¡Tranquilos, turistas! Vengan. Disfruten.”
Leí la columna dos veces. No porque me convenciera, sino porque me pareció un espejo perfecto de todo lo que el mundo no quiere ver cuando mira a México desde afuera, y de mucho de lo que México mismo prefiere no ver cuando se mira adentro.
Una tarde en el corazón de Reforma
Hace un par de semanas fui a una de mis neverías favoritas, en uno de los hoteles más icónicos del Paseo de la Reforma. Tarde de domingo, Ciudad de México en su modo más amable. Mientras esperaba mi orden, vi llegar dos camionetas de las que se bajan personas con la soltura de quien sabe que el espacio le pertenece. De ellas descendieron doce mujeres jóvenes, de rasgos asiáticos, vestidas con esa elegancia particular que mezcla lujo de escaparate con incomodidad apenas disimulada. Por metiche, lo confieso sin pena, me asomé a ver hacia dónde iban. Entraron a uno de los restaurantes más ostentosos del hotel. Las esperaban señores de camisa abierta al pecho y cadena gruesa de oro. La escena era tan cinematográfica, tan de película de narcos mexicanos con presupuesto de streaming. Tardé un segundo en reconocer que no era ficción. Era un domingo en la Ciudad de México.
Pensé en ese momento muchas cosas a la vez. Pensé en cómo llegaron: doce mujeres, mismo perfil, mismos rasgos, misma noche, misma dirección. No llegaron solas ni por Tinder. Llegaron coordinadas, en dos camionetas, a un hotel donde la habitación más barata por noche cuesta lo que una mesera gana en un mes. La escena sugería una logística cuidadosamente organizada.
América Latina, y México en particular, se ha convertido en una ruta consolidada para la trata de personas proveniente del sudeste asiático. No es teoría conspirativa: investigaciones académicas y reportes de organismos como la UNODC y el Consejo Ciudadano documentan redes que operan con fachadas de agencias de entretenimiento, spas, academias de idiomas y empresas de modelaje. El propio Reporte sobre Trata de Personas de la Embajada de Estados Unidos en México señala que funcionarios de migración han facilitado la entrada irregular de víctimas extranjeras, y que las redes utilizan visas de turista y de trabajo temporal como cobertura. Las mujeres llegan con documentos aparentemente en regla. Su libertad, no necesariamente. Y los números confirman la escala del problema: el 96% de los casos de trata en México no se denuncian, en 2025 se abrieron apenas 1,154 carpetas de investigación en todo el país, según World Vision México. Las que no aparecen en esa cifra son la mayoría.
El perfil que vi esa tarde encajaba con lo que las organizaciones especializadas describen como “trata de alto perfil”: mujeres que no están en la calle, que no tienen marcas visibles de violencia, que se mueven en espacios de lujo y que, precisamente por eso, son invisibles para los sistemas de detección que buscan víctimas en contextos de marginalidad. La violencia en ese modelo no siempre es el golpe. Es la deuda de traslado que nunca terminas de pagar. Es el pasaporte que alguien más guarda “por seguridad”. Es saber que estás en un país del que no hablas el idioma y que nadie va a creer tu versión si algo sale mal.
Y ahora viene el Mundial.
Si eso existía con semanas de anticipación, en un domingo cualquiera de mayo, en una nevería del Paseo de la Reforma, la pregunta no es si va a crecer durante el torneo. La pregunta es cuánto. México recibirá 13 partidos en estadios, con una afluencia estimada de 5.5 millones de turistas según la campaña “Mundial Sin Trata” de UNODC. Para dimensionar lo que ya ocurre: solo de enero a marzo de 2026, 156 mujeres fueron víctimas de trata con carpeta de investigación abierta en México. Eso es el primer trimestre del año, antes de que llegará un solo aficionado. Las redes de explotación no improvisan: se preparan. Y llevan semanas haciéndolo.
Lo que yo vi esa tarde no era una escena de película. Era parte del ensayo general.
¿Control para quién?
Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum declaró que no había “ningún riesgo” para los aficionados del Mundial, y cuando el presidente de FIFA Gianni Infantino respondió que se sentía “muy tranquilo” respecto a México, ninguno de los dos estaba hablando de las mujeres que ya viven aquí.
Hablaban del turista con boleto de avión y reservación en Airbnb, del aficionado que viene a ver el partido de apertura en el Azteca el 11 de junio y regresa a su país el 15. De la experiencia de consumo que México necesita vender para que la apuesta económica del torneo tenga sentido.
Nadie en esa conferencia de prensa mencionó las alertas de violencia de género vigentes en Jalisco, en Nuevo León y en la Ciudad de México. Nadie dijo que las alertas no tienen botón de pausa. Y los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública son contundentes: las tres sedes mexicanas del Mundial se encuentran entre los estados con más reportes de violencia familiar del país. Nadie preguntó qué pasará con los refugios durante las semanas de mayor afluencia turística, semanas en las que los hoteles se llenan, los precios suben y la atención del Estado está puesta en otra parte.
La narrativa de “todo bajo control” es una narrativa pensada para el mercado. No para las mujeres que viven en los territorios donde se va a jugar al futbol. Según la Red Nacional de Refugios, entre marzo de 2025 y marzo de 2026 los casos de violencia familiar aumentaron a nivel nacional. El torneo no empieza desde cero: empieza desde una línea base ya elevada.
Lo que Bloomberg no nombra
La columna de Bloomberg tiene razón en una cosa: la inseguridad que más debería preocupar a los visitantes del Mundial no es la de los cárteles. Pero se equivoca en el diagnóstico. No es el tráfico ni el calor. Es la inseguridad que surge cuando una ciudad recibe, de repente, decenas de miles de hombres con dinero, alcohol, adrenalina de competencia y la convicción de que están de vacaciones y que, por lo tanto, las reglas normales no aplican.
Los grandes eventos deportivos tienen un historial documentado de incremento en la trata y la violencia sexual. No es una hipótesis feminista alarmista: según ONU Mujeres, durante grandes eventos deportivos las llamadas de emergencia por violencia familiar pueden aumentar hasta un 30%. Y las cifras de fondo son brutales: el 66% de las víctimas de trata en México son mujeres, el 39% menores de edad, el 67% destinadas a explotación sexual, datos del Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México. Por eso las redes de refugios de México, Estados Unidos y Canadá lanzaron conjuntamente la campaña “La violencia contra las mujeres no es parte del juego” antes del inicio del torneo.
La campaña “It’s a Penalty – Norteamérica 2026”, presentada por organizaciones civiles, el Consejo Ciudadano y la UNODC apenas semanas antes del inicio del torneo, incluye capacitación para personal de hoteles, transporte y hospitalidad para detectar posibles casos de trata. Que esa campaña exista es la mejor evidencia de que el riesgo es real. Que se haya lanzado a unas semanas del inicio también dice algo sobre cuánto tiempo llevamos mirando para otro lado.
Las que limpian después de la fiesta
Hay otra economía que Bloomberg tampoco ve: la de las mujeres que van a trabajar más durante el Mundial y a ganar proporcionalmente menos. Las que van a limpiar las habitaciones de los hoteles con tarifas triplicadas. Las que van a vender en los puestos de la calle mientras la policía de imagen urbana les confisca la mercancía porque “no se ve bien” tener comercio informal cerca de los estadios. Las que van a cuidar a los hijos mientras sus parejas trabajan horas extra en la “derrama económica”. Las que van a atender las llamadas de crisis en los centros de apoyo a víctimas de violencia, que no van a tener más personal ni más presupuesto solo porque hay Mundial.
Sobre eso último, la Red Nacional de Refugios ha sido categórica: el gobierno de Sheinbaum entregó con retraso el presupuesto 2025 a los refugios y mantiene falta de claridad sobre el de 2026, lo que, en palabras de la propia organización, “pone en riesgo la operación de los refugios y centros de atención”. Los refugios funcionan 24 horas, 7 días a la semana. No tienen modo vacacional. Y van a recibir el Mundial operando con financiamiento precario. Mientras tanto, en 2025 México registró 725 feminicidios; en enero de 2026 el SESNSP reportó 128 homicidios dolosos de mujeres, con Ciudad de México y Jalisco entre los estados con más casos. Esos números no pausan para el pitido inicial.
Bloomberg observó el Mundial desde la lógica del visitante: cuánto tardará en llegar al estadio, cuánto costará una habitación, qué tan congestionadas estarán las avenidas. Son preguntas legítimas. Pero toda mirada implica una elección. Y cuando la conversación se limita a la experiencia del turista, desaparecen del encuadre quienes absorberán los costos invisibles de esa fiesta: quienes vivirán el torneo desde el otro lado del mostrador, del refugio, del centro de atención a víctimas o de las redes de explotación que ya se preparan para aprovechar la llegada de millones de personas.
El espejo que Bloomberg no quiso usar
La columna de Bloomberg es útil, al final, no por lo que dice sino por lo que revela. Revela cómo se construye la narrativa global de un evento que le importa al capital: apartando los cuerpos que estorban al encuadre, minimizando los riesgos que no afectan al consumidor solvente, y celebrando la “normalización” de un país cuya normalidad cotidiana para millones de mujeres incluye el acoso, la precariedad y la violencia.
Que el tráfico preocupe más que la trata dice todo sobre quién es el sujeto de esa preocupación.
El Mundial empieza el jueves. Las alertas de género no se van. Los refugios van a seguir operando con presupuesto insuficiente. Las campañas de prevención de trata van a competir por atención con las transmisiones de los partidos. Y las mujeres que llegaron antes del torneo, en camionetas a hoteles de cinco estrellas, ya estaban aquí desde antes de que alguien mirara.
La pregunta no es si México está listo para el Mundial. La pregunta es para quién lo está.
@GamboaSofia
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
Imagen generada por IA para uso editorial de LCR
![]()
