Por Paloma Barraza Cárdenas
“El saber da poder y lo debes recordar”
Merlín
Una persona frente a una computadora, rodeada de libros subrayados, notas dispersas y tazas de café. Solemos asociar esta imagen a la investigación. Los clichés existen por alguna razón y esta fotografía es bastante familiar para quienes habitamos la vida académica. Horas de lectura, escritura y preguntas infinitas. La investigación tiene algo de soledad, paciencia y conversaciones sigilosas, cierto, pero el conocimiento también está destinado a circular, encontrarse con nuevas miradas, provocar cuestionamientos y seguir un camino propio más allá de quien lo produjo.
Una de mis películas favoritas de la infancia es La espada en la piedra. Una historia sobre educación. Sin saberlo todavía, Merlín prepara a Arturo para gobernar, enseñándole a mirar el mundo desde perspectivas distintas. Lo convierte en pez, ardilla y ave. Le enseña la riqueza del conocimiento. Lo incita a aprender muchas cosas y a saber aplicarlas para comprender mejor diversos entornos y realidades. Le enseñó a hacerse preguntas. Y así, el Grillo, quien soñaba con ser escudero, se convierte en Rey de toda Inglaterra.
Hace unos días participé en un encuentro de cuerpos académicos organizado por la Dirección Institucional de Posgrado e Investigación de la Universidad Juárez del Estado de Durango, mi querida casa de estudios. Los cuerpos académicos son grupos de profesoras y profesores, quienes comparten líneas de generación de conocimiento, desarrollan proyectos comunes y buscan responder preguntas desde el trabajo colegiado. Son espacios donde las ideas dejan de ser individuales para convertirse en conversaciones. Así, la mesa redonda suena menos a leyenda medieval y más a metáfora de construcción del conocimiento.
Durante varias horas, escuchamos proyectos, compartimos avances de investigación y conversamos sobre temas sumamente diversos. Derecho, salud, educación, ciencias sociales, tecnología, ambiente. Áreas, metodologías y lenguajes distintos. Y, sin embargo, mientras escuchaba a colegas con disciplinas tan distantes a la mía, no podía dejar de pensar en la pregunta que todas intentamos contestar: ¿cómo entender mejor nuestro mundo?
La investigación comienza antes del artículo científico y termina después de su publicación. Comienza con una duda, inquietud o intuición de algo que debe ser comprendido con mayor profundidad. Y continúa cuando ese saber encuentra a otras personas, provoca conversaciones, genera nuevas preguntas o incluso cambia la manera de entender alguna realidad. Una característica curiosa del conocimiento es que pierde sentido si permanece inmóvil.
Tal vez por eso considero insuficiente pensar en la culminación de la investigación cuando un texto es publicado. Durante años, buena parte de la academia alimentó una lógica donde producir conocimiento parecía el objetivo final. Publicar. Presentar. Reportar. Evaluar. Medir. Y sí, todo eso importa. La rigurosidad, la evidencia, la calidad metodológica son fundamentales, pero, ¿quién conoce nuestros productos? Esa pregunta resulta especialmente relevante para las universidades públicas. Después de todo, la investigación existe gracias al esfuerzo de una sociedad capaz de apostarle a la educación superior, a la ciencia, a las humanidades, al conocimiento. Por eso investigar implica una responsabilidad para encontrar formas de compartir resultados académicos. El conocimiento cobra una nueva dimensión cuando logra salir de los espacios donde es producido y dialoga con otras personas.
Actualmente tenemos acceso a datos, opiniones, imágenes y noticias provenientes prácticamente de cualquier lugar del mundo. No obstante, la abundancia de información, en ocasiones genera un efecto contrario para la producción de comprensión. Confusión, ruido, afirmaciones sin confirmaciones. La investigación cumple entonces una función democrática, pues nos ayuda a distinguir entre lo que sabemos y lo que creemos que sabemos. Contra y pro, sí y no, lo que al mundo da sabor.
Pero para cumplir esa función necesita circular. Ser compartida. Salir de la piedra. Y esta es la reflexión más valiosa del encuentro. Detrás de los proyectos indicadores y metas institucionales, hay una gran comunidad de personas en el intento de resolver el misterio de esa espada hundida en roca. Y los grandes problemas de nuestros tiempos rara vez respetan las fronteras disciplinares. La violencia, la desigualdad, la crisis climática y las transformaciones tecnológicas no pueden comprenderse única y exclusivamente desde una mirada. Vivimos rodeadas de fenómenos exigentes de aproximaciones complejas. Por eso la multidisciplina, interdisciplina y transdisciplina son auténticas necesidades intelectuales. Comprender el mundo exige escuchar otras voces, aprender más lenguajes y entender que ninguna disciplina tiene por sí sola todas las respuestas.
Hay quienes imaginan la investigación como una torre, así como a donde mandan a dormir a Merlín. Un espacio elevado, lúgubre, frío y distante, desde donde algunas personas observan el planeta y producen respuestas inaccesibles para el resto. Durante siglos, quizá la propia academia contribuyó a construir esa escena. Sin embargo, la magia está en el desenlace visible del aprendizaje, la curiosidad, la observación, las interrogantes. El mocito enclenque de apenas doce años logra extraer la espada, a pesar de que “los mejores hombres del reino lo intentaron y ninguno fue capaz siquiera de moverla”, porque antes aprendió a mirar al mundo con otros ojos. Algo parecido ocurre con el conocimiento.
Con frecuencia celebramos el resultado. La tan aclamada publicación. El libro recién impreso. El open access. Vemos la espada salir de la piedra. Y a veces nos olvidamos del proceso. De las dudas, errores, el trabajo colaborativo y la construcción paciente de respuestas. Tal vez la villana de este cuento es la indiferencia. El aislamiento. La idea de producir sobre compartir. Merlín tenía razón. El conocimiento vale por lo que nos permite comprender. Y, como todo buen hechizo, alcanza su mayor poder cuando deja de pertenecernos exclusivamente. Cuando abandona la torre. Cuando sale de la piedra. Cuando encuentra nuevas preguntas, historias, voces y miradas. Porque la magia nunca estuvo en la espada.
Imagen generada para uso editorial de LCR
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