¿Nuestras decisiones en el amor tienen consecuencias jurídicas?

Esas decisiones pueden producir derechos y obligaciones, es decir, que la forma en que construimos un proyecto de vida en común puede incidir en quién tiene derecho a reclamar alimentos, cómo se protege el patrimonio, qué efectos jurídicos tiene el trabajo de cuidado, o qué derechos pueden derivar de una relación,

por Itzel Lozada

Por Itzel Lozada

Hemos escuchado una y otra vez que el “amor todo lo puede”; tal vez lo hemos creído o, al menos, lo hemos querido creer. Al mismo tiempo, viene a mi mente aquel refrán de que “cuando el dinero sale por la puerta, el amor se va por la ventana”. No podría afirmar que esta frase popular se convierta en una regla de vida ni que el amor se desvanezca como un globo que se desinfla; sin embargo, en mi práctica profesional observo que la falta de acuerdos y de previsión suele hacerse evidente cuando termina la relación. Es entonces cuando, tras una vida en común, una de las partes —casi siempre las mujeres— descubre que se encuentra en desequilibrio patrimonial o sin autonomía económica.

Crecimos y nos socializamos idealizando que el “verdadero amor” no lleva cuentas. Que hablar de dinero rompe la magia. Que no debemos preguntar cuánto gana nuestra pareja aunque ya vivamos juntos. Que pensar en acuerdos antes de una boda, una mudanza o un proyecto de vida en común es una señal de desconfianza. Que las decisiones románticas no tienen consecuencias patrimoniales. Que cuando hay amor, lo demás se resuelve solo.

Quizá por eso es tan fácil reconocernos en escenas como estas: fue amor a primera vista; me propuso matrimonio y acepté de inmediato;  acordamos vivir juntos en su casa; vamos a comprar un departamento y dice que la pongamos a su nombre; voy a dejar mi trabajo para cuidar a nuestro bebé; no hemos hablado de cómo se repartirán los gastos;  él piensa que me está “manteniendo”, pero casi no duermo por cuidar a los niños y atender la casa; solo tenemos una cuenta mancomunada; vamos a juntar nuestros créditos para comprar una casa. 

Sin duda, compartir un proyecto en común llena de ilusión. La intención de estas líneas no es demeritar ni cuestionar esas decisiones, sino poner de manifiesto que todas esas conversaciones no pertenecen únicamente al terreno de las emociones porque, definitivamente, la manera en que aprendimos a construir nuestras relaciones afectivas también ha moldeado la manera en que distribuimos el dinero, el patrimonio, los cuidados y, en consecuencia, las oportunidades.

Las decisiones que tomamos en pareja no pertenecen únicamente al mundo de los afectos, porque decidir quién deja de trabajar de manera remunerada para cuidar, quién administra el dinero, a nombre de quién se compra una vivienda, si una relación se formaliza o si existen acuerdos sobre el patrimonio son elecciones que tienen implicaciones jurídicas.

Pero ¿qué significa que tengan efectos jurídicos?

Significa que esas decisiones pueden producir derechos y obligaciones, es decir, que la forma en que construimos un proyecto de vida en común puede incidir en quién tiene derecho a reclamar alimentos, cómo se protege el patrimonio, qué efectos jurídicos tiene el trabajo de cuidado, o qué derechos pueden derivar de una relación, incluso cuando no hubo matrimonio.

El problema es que casi nunca hacemos esas preguntas mientras construimos una vida en común. Solemos descubrirlas cuando la relación termina, que es justamente cuando aparecen dudas como estas: ¿de quién es la casa si está a su nombre, pero yo pagaba todo?; ¿qué pasa con el patrimonio construido durante la relación si estamos casados por separación de bienes?; ¿la ley reconoce el trabajo de cuidado?, ¿qué derechos tengo si no nos casamos?; ¿qué ocurre cuando dejé de desarrollarme profesionalmente para sostener el proyecto familiar?

Desde una perspectiva feminista, estas preguntas no hablan únicamente de bienes o de contratos. Hablan de poder; de autonomía económica; de asumir los costos de sostener una vida en común y de quién tuvo mayores posibilidades de acumular patrimonio, experiencia laboral o independencia financiera.

Por ello, ha llegado el momento de resignificar algunas conversaciones dentro de las relaciones de pareja. Comprender que hablar de patrimonio, de cuidados, de dinero o de acuerdos no significa desconfiar de la otra persona ni anticipar el fracaso de una relación; al contrario, implica reconocer que el amor también se construye a partir de decisiones que pueden proteger nuestra autonomía económica y nuestra seguridad patrimonial, así como la libertad de irnos de lugares donde no queremos estar.

Proteger nuestro patrimonio y pensar en nuestro futuro también es una forma de cuidarnos, porque construir un proyecto de vida en común no solo se sostiene en los afectos, sino también en la información, los acuerdos, la corresponsabilidad y la libertad.

 

Imagen generada por IA para uso editorial de LCR

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

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