La Casa de los Espíritus

por Paloma Cecilia Barraza Cárdenas

Por Paloma Barraza Cárdenas

 

“El pasado y el futuro

eran parte de la misma cosa

y la realidad del presente

era un caleidoscopio

de espejos desordenados,

donde todo podía ocurrir.”

Isabel Allende

 

En algunas familias se heredan los ojos. El humor. La forma de torcer la boca. El dominio del escenario. Los libros. Los juegos. Las muñecas de porcelana. El intelecto. Los lenguajes del amor. La empatía. El orgullo. Los miedos. La sobremesa. Algunas enfermedades. Los traumas. Los gustos musicales. Esa receta insuperable cuyo toque especial falleció junto a la abuela.

La familia Trueba heredó una guerra. Una que tardó varias generaciones en estallar. Aunque La Casa de los Espíritus parece, al principio, una historia familiar, termina siendo algo brutal. Una especie de indagación sobre la imposibilidad del tiempo para clausurar ciertos acontecimientos. Esos destinados a permanecer agazapados durante décadas, al buscar un cuerpo futuro para completar su recorrido.

Esteban tarda demasiado en descubrirlo. En las Tres Marías ejerce poder con la naturalidad de quien jamás se ha preguntado de dónde viene. La tierra es suya. También las decisiones y, lamentablemente, los cuerpos de las campesinas. Viola, engendra, abandona. Y, así como si nada, continúa con su vida. El sistema suele conceder esa ilusión a quienes ocupan ciertos lugares en el mundo. Creer en la capacidad de una acción de desaparecer cuando deja de producir consecuencias visibles para quien la cometió. Pero nada desaparece. Años después, la violencia encuentra otro apellido. El mismo, en realidad. Esteban García llevará en el nombre una genealogía escondida. Y cuando su historia alcanza a Alba, los crímenes de la hacienda regresan convertidos en la peor de las pesadillas.

Del otro lado de la familia, las mujeres también tienen derecho a heredar. Antes de Alba, estuvo Blanca. Antes, Clara. Antes todavía, Nívea. Nívea quería el voto de las mujeres y acompañaba las ambiciones parlamentarias de su marido con la esperanza de que, una vez instalado en el Congreso, pudiera abrir desde dentro una puerta cerrada para ella. La contradicción es casi perfecta. Para convertirse en ciudadanas, las mujeres necesitaban convencer a quienes ya tenían la ciudadanía. Durante mucho tiempo la política de las mujeres tuvo esa rara arquitectura. Ejercer poder sin poseerlo formalmente. Organizarse desde las habitaciones contiguas al lugar donde se tomaban decisiones. Aprender a romper puertas cuya cerradura había sido diseñada desde otro lado.

¿Las mujeres empezaron a hacer política cuando conquistaron los derechos políticos, o los conquistaron, en gran medida, porque ya estaban haciendo política? Me disculpo por lo retórica que es mi pregunta. Pero ninguna emancipación nace terminada. Nívea y sus amigas privilegiadas hablan de igualdad frente a trabajadoras con las manos destrozadas. Unas llevan abrigos de piel, las otras, delantales de trabajo. El párrafo dura poco, pero alcanza a perturbar un siglo entero. La palabra mujer parece contenernos a todas. La vida, no.

Aquellas primeras luchas reflejaron que compartir una forma de opresión no nos coloca necesariamente en el mismo lugar frente al sistema. Hasta la ropa entra en disputa. Las sufragistas discuten la inutilidad de estudiar o conseguir la participación política mientras las mujeres no se corten el pelo, las faldas y los refajos. Lo ferozmente lúcido de comprender la necesidad de la libertad de un cuerpo capaz de ocupar espacio. Y el peligro en determinar cómo debe lucir ese cuerpo. Una falda larga puede ser mandato. La corta también, si se convierte en el uniforme obligatorio de la liberación.

Las leyes pueden cambiar antes que nuestra imaginación. Podemos conquistar una posibilidad y sentir todavía, durante generaciones, la invasión del territorio ajeno cuando intentamos ejercerla. Pero la emancipación tampoco debería exigir una estética, una contraseña u otra jaula confeccionada, ahora sí, con la ropa correcta. Ojalá llegue el día en que sea imposible deducir de nuestra apariencia, cuánto nos pertenece la vida.

Luego está Clara. Ella habla con espíritus, mueve cosas, anticipa acontecimientos y escribe. Una novela llena de situaciones extraordinarias, con la fortísima idea de llevar registro. En un fragmento de la narración, Esteban vuelve a las andadas de la violencia y el adulterio. Y piensa que, si Clara lo supiera, no se escandalizaría por la infidelidad, sino por el maltrato infligido a la otra mujer. La brújula cambia de centro. Es posible estar en una historia sin ser quien más sufre dentro de ella. Y hay una habilidad particular en hacerse a un lado lo suficiente para contemplar el cuadro completo. En resistir esa pulsión de medir la gravedad de los acontecimientos por la distancia que guardan respecto de nuestra propia piel. Aunque descentrarse tampoco debe significar desaparecer. La conciencia puede descansar en la proporción. Reconocer la propia herida sin convertirla en medida universal del dolor.

Esteban, mientras tanto, cree amar a Clara con una intensidad geológica. Su amor es descrito como el sentimiento más poderoso de su vida. Y, sin embargo, querer mucho nunca ha sido garantía de querer bien. Existen amores enormes incapaces de cuidar a quien aman. Esteban pasa la vida creyendo en el poder y en el amor como posesión. Tierra, autoridad, obediencia, cuerpos. Finalmente golpea a Clara. Y termina descubriendo la existencia de algo sobre lo cual ninguna forma de dominio concede soberanía. Que otra persona nos ame.

Mientras la familia envejece, también lo hace el país. Y un día, la política se cuela por las ventanas. La historia avanza reconocible. Las tensiones sociales, la esperanza del cambio, el temor de las élites, la polarización, el golpe. Después, la dictadura. Entonces, llega la metamorfosis. Quienes habían imaginado convocar la violencia para restaurar el orden, descubren que la violencia no acostumbra regresar obediente a su caja.

La historia conserva demasiados cadáveres en la ingenuidad de creer que es posible abrirle la puerta al autoritarismo y explicarle después hasta dónde puede entrar. Antes de la aparición de los tanques en el rompimiento de la democracia, se debió considerar intolerable la existencia política del adversario. La preferencia de cualquier desenlace sobre el gobierno de los otros. La confusión del orden con la eliminación del conflicto. Al final, el problema con quienes llegan a “poner las cosas en su sitio”, es que suelen decidir también cuál es nuestro sitio.

Y al final quedaba Alba, quien recibe los cuadernos de vida de Clara, los recuerdos de Esteban, las historias familiares, la violencia política, las deudas de otros hombres, los dolores de otras mujeres. Y después, la crueldad. Es difícil reducir a unas líneas el sufrimiento de Alba. Desborda las palabras. El horror deja de ser historia familiar o convulsión política y encuentra su escala más atroz. Alba sobrevive. Recibe incluso el odio. Y tiene razones de sobra para conservarlo. Pudo ofrecer el perdón como una especie de detergente moral capaz de limpiar retrospectivamente el horror. No lo hace. Entiende que negarse a continuar una cadena no equivale a declarar inocentes a quienes la construyeron. Entonces escribe. Porque comprende que el olvido es una forma de poder.

 

Imagen generada para uso editorial de LCR

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

 

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