Nuestras ancestras: entre el amor que heredamos y el que queremos construir

por Amor Sin Dolores

Por Amores sin dolores / Daniela Razo

 

De las mujeres de mi genealogía aprendí las primeras formas de amar, que el amor podía encontrarse en los cuidados cotidianos, en las conversaciones compartidas, en la complicidad entre mujeres. Pero al crecer comencé a reconocer otras cosas: que el amor podía confundirse con sacrificio, que para “sostener” una familia, las mujeres podían terminar dejando sus  sueños en segundo plano.

Con el tiempo entendí que no todas esas enseñanzas eran decisiones individuales, muchas respondían a una manera de entender el amor que había atravesado a distintas generaciones de mujeres, incluso antes de que nosotras pudiéramos cuestionarla.

De nuestras ancestras no solo heredamos apellidos, rasgos físicos o recetas familiares. Heredamos formas de relacionarnos, maneras de expresar afecto, silencios que parecían normales y expectativas sobre lo que significaba ser una buena pareja, esposa o madre.

Y aunque hoy contamos con otras herramientas para cuestionar esas enseñanzas, reconocerlas no significa que automáticamente podamos desprendernos de ellas.

Somos parte de una generación que habla de responsabilidad afectiva, autonomía, límites y relaciones igualitarias. Hemos aprendido a nombrar violencias que antes se escondían detrás de frases como “así son los hombres” o “hay que luchar por la familia”.

No creo que estemos destinadas a repetir las historias de nuestras ancestras, sin embargo, desaprender esas formas de amar implica reconocer que el patriarcado no desaparece de nuestras vidas solo porque hemos aprendido a cuestionarlo.

Durante generaciones, para muchas mujeres el matrimonio no representó únicamente una elección amorosa, sino una posibilidad de estabilidad económica, reconocimiento social e incluso supervivencia. La dependencia económica, la desigualdad en el acceso a la educación limitaron su capacidad de decidir sobre sus propias vidas.

Por eso, cuando hablamos de nuestras ancestras, necesitamos hacerlo desde una mirada que reconozca las estructuras que condicionaron sus decisiones, pero sin olvidar sus resistencias.

Sería injusto reducir sus historias únicamente al sacrificio o al sufrimiento. Nuestras madres, abuelas y bisabuelas encontraron maneras de rebelarse, algunas visibles y otras silenciosas. Hubo quienes decidieron trabajar, estudiar, separarse, criar de manera distinta a sus hijas o cuestionar mandatos sociales.

Quizá muchas de sus rebeldías no se parecían a las que hoy imaginamos desde el feminismo, pero eso no significa que fueran menos importantes.

Tal vez nuestras madres no pudieron romper con todos los mandatos que atravesaron sus vidas, pero algunas lograron transformar cosas para que nosotras tuviéramos otras oportunidades.

Transformar nuestras herencias amorosas no es una tarea individual, sino colectiva, necesitamos condiciones sociales que nos permitan ejercer nuestra autonomía, compartir las responsabilidades de cuidado, construir independencia económica y vivir relaciones libres de violencia.

De poco sirve hablar de nuevas formas de amar si seguimos habitando una sociedad que exige a las mujeres sostener emocionalmente a los demás, responsabilizarse de los cuidados y sacrificar su bienestar en nombre del amor.

De nuestras ancestras heredamos su ternura, sus afectos, sus complicidades y sus rebeldías. Sus historias forman parte de nosotras, pero no tienen por qué convertirse en nuestro destino.

 

Imagen generada para uso editorial de LCR

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

 

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