Por Paloma Barraza Cárdenas
“La literatura es un gran fanfic”
Anne sin filtros
Pocas personas terminan de leer una novela y se preguntan por la necesidad o pertinencia de un protagonista cisgénero o heteronormado. Tampoco solemos cerrar un libro desconcertadas porque la heterosexualidad de un personaje fue incapaz de producir consecuencias decisivas para la trama. Algunas identidades pueden atravesar cientos de páginas sin explicar su existencia. Aman, fracasan, desean, traicionan, envejecen y mueren sin la exigencia de demostrar aportación a la arquitectura narrativa. Otras llegan acompañadas de la siguiente interrogante: ¿era necesario?
Necesario para qué, sería la primera respuesta. Para el avance de la trama. Para comprender al personaje. Para transmitir determinado mensaje. La exigencia resulta curiosa porque convierte algunas identidades en elementos narrativos destinados a justificar su utilidad. Lo cis, lo heterosexual, puede simplemente estar. La diferencia, en cambio, entra bajo sospecha. La diferencia debe aportar, explicar, significar. Debe ganarse el espacio. Pensé en ello al leer Anne sin filtros, de Iria Parente y Selene Pascual, una novela ligera con un artefacto bien interesante bajo la manga. Una ficción cruzada por quien escribe ficción a partir de otras ficciones. Fanfiction dentro de la literatura; personajes incapaces de comportarse como destinatarios obedientes de sus historias favoritas y que deciden intervenirlas. La operación puede describirse mediante categorías conocidas, como metaficción, intertextualidad o escritura transformativa, pero antes de vestirla de teoría conviene reparar en su pequeño desacato. La lectora lee, interpreta, corrige, prolonga, contradice, empareja a quienes nunca pudieron estar juntas, salva a quienes debían morir, cambia un cuerpo, desplaza un deseo. El fanfic comienza con un guiño elemental y potencialmente atrevido. Yo habría contado esto de otra manera.
La literatura, por supuesto, lleva siglos haciendo exactamente eso. Las leyendas artúricas, pronunciadas como si hubieran llegado intactas desde alguna bóveda medieval, son una multitud de versiones, incorporaciones y contradicciones superpuestas. Las distintas épocas recibieron materiales anteriores, movieron algunas piezas y volvieron a repartir. L. Frank Baum escribió El maravilloso mago de Oz; décadas después, Gregory Maguire desplazó con Wicked la mirada hacia aquella mujer a quien conocíamos como la Bruja Mala del Oeste. La obra de Broadway volvió a intervenir a Maguire y otras adaptaciones, como la de Chu, han intervenido todas las anteriores. La posterioridad tiene una táctica irreverente de ejercer la autoría.
Por eso la frontera entre fanfiction, adaptación, revisionismo y literatura, resulta menos estable de lo aparente. En ella participan la industria editorial, el mercado, los derechos de autoría, los circuitos de circulación y esa criatura menos inocente llamada prestigio cultural. Algunas reescrituras reciben ISBN; otras username. Algunas ingresan al canon por haber transformado materiales anteriores, otras permanecen culturalmente subordinadas porque su lugar de producción y circulación sigue asociado con prácticas consideradas inferiores. La operación creativa puede parecerse bastante. La diferencia está en la legitimidad y la equidad de la distribución.
El fanfic añade, además, otra insolencia. Quienes durante mucho tiempo estuvieron al margen de determinadas historias, descubrieron otro portal para regresar a ellas. Comunidades históricamente subrepresentadas comenzaron a interceptar universos conocidos para imaginar otras corporalidades, identidades, deseos y formas de relación. Tampoco se trata de romantizar el proceso para convertir al fanfiction automáticamente en una práctica subversiva o volver emancipadora cualquier reescritura, eso sería ingenuo. Su ingeniería participativa, sin embargo, facilita algo políticamente relevante. Impugnar la distribución de lo imaginable. Ahí donde el canon mandaba, alguien desobedeció.
Entonces Lancelot puede ser trans. Y la pregunta sobre la necesidad puede volver a aparecer. Y tal vez lo problemática sea la pregunta misma. ¿Exigir una función narrativa específica a una identidad supone la existencia de otra identidad sin desempeño de función alguna? O bien, ¿qué aporta narrativamente un personaje cis?, ¿por qué tenía que ser heterosexual? Raramente formulamos estas interrogantes porque ciertas posiciones identitarias han adquirido el privilegio cultural de parecer ausencia de posición. No necesitan nombre porque durante mucho tiempo fungieron como medida desde la cual se nombraba todo lo demás.
Nada de esto significa exentar a las representaciones de la crítica. Un personaje trans puede estar mal escrito, una relación queer puede narrarse de manera superficial, la diversidad puede utilizarse como ornamento y una obra puede confundir inclusión con complejidad. Efectivamente. Por eso conviene distinguir dos cuestionamientos tendentes a mezclarse. ¿Está bien construido el personaje? y ¿qué necesidad que fuera trans? La primera interroga las decisiones de la obra. La segunda puede revelar las condiciones desde las cuales leemos. El privilegio narrativo tiene la posibilidad de existir dentro de cualquier relato sin que se pregunte para qué.
Asimismo, perdura una dimensión generacional en este extrañamiento. Las generaciones aprenden sus propias morfologías para reconocer el amor, el deseo, el género, la pareja, la familia. Después llegan otras capaces de hablar con una sintaxis afectiva distinta y descubrimos la fecha de caducidad de algo llamado sentido común. Tampoco se trata de convertir instantáneamente el desconcierto en prejuicio. No. Pero una de las oportunidades más interesantes de la lectura consiste en visibilizar el lugar desde el cual leemos. En este sentido, un fanfiction puede funcionar como práctica creativa y del desacato.
Más allá de un respiro entre lecturas de mayor densidad, me gustó Anne sin filtros por sus preguntas abiertas. Su tenuidad narrativa, sus limitaciones estilísticas y la relativa sencillez de su construcción literaria resultan insuficientes para reconocerle la capacidad de conducirnos hacia discusiones capaces de desbordar considerablemente sus páginas. ¿Quién tuvo el privilegio de cambiar las historias y llamar tradición al resultado?, ¿quién puede habitar una historia sin solicitar audiencia, presentar credenciales y demostrar utilidad narrativa?
Tal vez algún día lleguemos a ese momento donde la representación haya avanzado lo suficiente para que ciertos personajes dejen de cargar con la obligación de encarnar a todo un colectivo, justificar una agenda o impartir una lección. Que tengan derecho a la contradicción, a la irrelevancia, incluso a la mediocridad. Que puedan protagonizar historias donde su identidad importe mucho, poco o nada. Porque también existe una forma de desigualdad en la exigencia permanente de excepcionalidad. Probablemente la conquista llegue cuando la diferencia deje de comparecer ante el tribunal de la necesidad.
Imagen generada para uso editorial de LCR
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
![]()
