Por Daniela Razo
Nos dijeron que cuando las mujeres llegáramos al poder, todo cambiaría. Que el mundo sería más justo, más empático, más humano, que bastaba con ocupar espacios para transformar las estructuras.
Pero la realidad, la que se vive en los trabajos en México, es incómoda, porque no todo liderazgo de mujeres es feminista.
He conocido liderazgos de mujeres profundamente generosos, que abren camino, que enseñan, que acompañan sin miedo a ser desplazadas. Liderazgos que entienden el poder como algo que se comparte, que se construye en colectivo.
Pero también he conocido lo otro…
En mi vida laboral, me he encontrado con liderazgos de mujeres que oprimen, que ejercen violencia, replican dinámicas machistas y jerárquicas como si fueran la única forma posible de dirigir.
Espacios donde se castiga el error, donde se controla desde el miedo, donde se espera obediencia y no pensamiento crítico. En donde el liderazgo no construye: desgasta.
Esas experiencias no solo dañan a quienes las viven, también construyen una narrativa peligrosa: la idea de que las mujeres en el poder no generan ningún cambio en la vida laboral social y política del país.
Pero no es que no exista otra forma de liderar, es que el sistema en el que crecimos nos enseñó que el poder tiene una sola forma: vertical, autoritaria, individualista, y muchas veces, para sobrevivir en él, nos adaptamos.
Porque ocupar el espacio no es lo mismo que transformarlo, no basta con llegar, no es suficiente que haya mujeres en el poder si el poder se sigue ejerciendo desde la violencia, el control y la exclusión.
Podemos hablar de paridad, de representación, de números históricos, pero si no cambiamos la forma en la que se ejerce el liderazgo, lo que cambia es solo la cara, no la estructura.
Por eso es importante decirlo con claridad: ser mujer no garantiza una mirada feminista, ni un compromiso con los derechos humanos.
El liderazgo que necesitamos no es solo paritario, también es ético. Es un liderazgo que se construye desde la entraña, desde lo que somos, desde lo que nos duele, desde lo que queremos cambiar.
Un liderazgo que no le teme a la ternura ni a la firmeza, que sabe negociar, que pone límites sin replicar violencia y que no acumula poder, sino que lo distribuye.
Porque sí, hay otros liderazgos posibles. Existen en lo cotidiano: en las mujeres que organizan en sus barrios, en las que cuidan y también deciden, en las que enseñan sin competir, en las que nombran lo que incomoda.
Sabemos que es importante llegar a espacios de poder (que históricamente nos fueron negados). Pero hay que decirlo con honestidad: llegar no es suficiente.
Podemos ocupar espacios de liderazgo, tomar decisiones, estar al frente… y aun así, no transformar nada.
Porque lo verdaderamente revolucionario no es solo estar ahí, sino cambiar la forma en la que se ejerce el poder, construir liderazgos feministas.
Ahí está la revolución
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
Imagen generada para uso editorial de LCR
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