LaCostillaRota. 23 de marzo, 2026.- Hay nombres que no se pueden pronunciar sin que se sienta una sacudida en la historia de las libertades en este país. El de Nancy Cárdenas es uno de ellos. Años después de su partida, su figura no solo se mantiene vigente, sino que se siente más necesaria que nunca en un tiempo donde las mujeres lesbianas siguen peleando por no ser una nota al pie en las agendas políticas.
Nancy no fue una mujer de medias tintas. En 1973, cuando México todavía se persignaba ante cualquier asomo de diversidad, ella se plantó frente a las cámaras de televisión —en el horario estelar de Jacobo Zabludovsky— y se nombró a sí misma: lesbiana. Con valentía y contundencia aquella declaración fue un hachazo al muro del silencio. Fue la primera vez que una mujer en este país le arrebataba al patriarcado el derecho de etiquetarla y decidía definirse bajo sus propios términos.
Su trinchera fue el teatro y la palabra. Como dramaturga y directora, Nancy entendió que el arte es el espejo donde la sociedad se ve obligada a reconocer sus propias fobias. Al llevar a escena temas que entonces eran tabú, no solo buscaba entretener, sino abrir grietas en la «heterosexualidad obligatoria». Para ella, el escenario era un espacio de libertad absoluta donde las mujeres podían ser dueñas de su deseo y de su destino.
Pero más allá de las marquesinas, Nancy Cárdenas fue una estratega del activismo. Si bien participó en la fundación del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, su mirada siempre tuvo un matiz profundamente feminista. Sabía que las lesbianas enfrentaban una doble opresión: por ser mujeres en una cultura misógina y por desobedecer el mandato sexual masculino. Su lucha sentó las bases de lo que hoy conocemos como lesbofeminismo, impulsando la idea de que la liberación de las mujeres está incompleta si se ignora la autonomía de sus cuerpos y sus afectos.
Recordar a Nancy Cárdenas hoy, en medio de debates sobre el «borrado de las mujeres» y la invisibilidad institucional de las lesbianas, es volver a la raíz de la resistencia. Nancy no pedía permiso ni buscaba una tolerancia condescendiente; ella exigía justicia y un reconocimiento político pleno. Su vida fue la prueba de que lo personal es irremediablemente político y de que el gesto más subversivo que puede tener una mujer es, simplemente, negarse a ser invisible.
Su legado sigue vivo en cada colectiva que hoy levanta la voz para decir que las lesbianas existen, que su historia importa y que, tal como Nancy nos enseñó, la dignidad de las mujeres no es negociable.
Imagen generada para uso editorial por LCR
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