Por Angélica de la Peña
Imagen generada para uso editorial de LCR
La tortura, según Voltaire, es una “invención de caníbales”. Él identificó y puso nombre a las prácticas de daño físico y psicológico contra un padre acusado de haber asesinado a su hijo, a partir de las acusaciones de vecinos que difundieron la versión de que lo había ahorcado porque había cambiado de religión, cuando en realidad se trató de un suicidio.
Se acusó al padre con base únicamente en rumores y, para hacerlo confesar, le practicaron la “tortura de la rueda”: le dieron a beber litros de agua hasta reventarle el vientre, le rompieron cada miembro con golpes de barras y, después de agonizar, murió diciendo que moría siendo inocente.
Voltaire concretó su investigación sobre el caso en su Tratado sobre la tolerancia y evidenció los horrores de la tortura como forma de obtener una confesión. Esta práctica violentaba el derecho más elemental de un hombre, concluyó. “Que los hombres se acuerden que son humanos”, dijo en 1763.
Desde ahí comenzó la ruta hacia la configuración del reconocimiento de que las personas tienen derechos porque son personas. El hombre no puede actuar como bestia contra otro hombre. Los derechos de todas las personas, mujeres y hombres, emanan de la dignidad inherente a su condición humana. Esta interpretación forma parte de la base de la libertad, la justicia y la paz en el mundo; la ley debe aplicarse con base en su prevención y sanción legal.
Cada 26 de junio, Día Internacional contra la Tortura, se nos recuerda que la tortura causa dolor y sufrimiento grave. Quizá a veces no deje cicatrices físicas, pero sí deja inestabilidad emocional permanente, minusvalía, depresión, miedo e inseguridad. Por desgracia, se practica de manera sistemática en muchos países; en algunos solo han cambiado los métodos respecto al siglo XVIII.
Sin embargo, sigue cobrando víctimas que pugnan por una condena sobre un delito que no cometieron, pero a quienes se les obtiene una “confesión” mediante métodos cada vez más sofisticados para evitar dejar huellas físicas en países donde, de comprobarse quiénes la practican, serían sancionados.
Hay países donde la tortura es lo normal bajo la justificación de la seguridad nacional, o en regímenes religiosos donde se argumenta que Dios la mandata.
En México está prohibida desde la Constitución y, hoy, si se comprueba que una confesión es resultado de la tortura, el caso que se persigue simplemente se cae y las autoridades policiales o judiciales que la perpetraron terminan en la cárcel acusadas del delito de tortura.
Este delito está detrás de la desaparición forzada. Los policías de cualquier orden, o elementos de las fuerzas armadas, cuando “se les pasa la mano” —o no— y matan a quienes detienen, los desaparecen para evitar ser sancionados o denunciados.
La tortura, como señalaba Voltaire, da información falsa. La Declaración Universal de los Derechos Humanos también recuerda a este filósofo y abogado francés de la Ilustración al retomar una de sus frases: es mejor absolver a un culpable que condenar a un inocente.
Debemos recordar que esta práctica ilegal es una grave violación a los derechos humanos porque somos parte de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes. Hemos aprobado la Ley General contra esta nefasta práctica en 2017, hoy vigente en todo el país. Sin embargo, ni las comisiones de derechos humanos, ni las corporaciones policiales, ni las fiscalías se han comprometido de manera seria a prevenir, sancionar y erradicar este delito.
Defensora de derechos humanos
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