AMASSURU | MUJERES EN SEGURIDAD
Por Lorena Villavicencio
La Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos, emitida en 2025, no es simplemente un documento programático más dentro del aparato gubernamental. Aunque no tiene carácter legal, constituye la pieza fundacional de toda la arquitectura de planificación estratégica del país, sirviendo como antesala de la Estrategia de Defensa Nacional (NDS) y orientando la conducción de la política exterior, la seguridad y la defensa. En términos prácticos, la ESN funciona como un verdadero mapa de poder, una guía que permite entender cómo Estados Unidos percibe las amenazas, prioriza intereses y articula los medios para alcanzarlos.
Desde una perspectiva de relaciones internacionales marcadamente realista, la estrategia establece una conexión clara entre fines y medios. Define qué quiere Estados Unidos, qué espera del sistema internacional y cómo pretende interactuar con él. Este ejercicio no es menor: implica una lectura estratégica del entorno global, caracterizado por la competencia entre grandes potencias, la fragmentación del orden internacional y la proliferación de amenazas transnacionales.
Uno de los elementos más relevantes de la ESN es su carácter integral. Lejos de limitarse al ámbito estrictamente militar, incorpora dimensiones económicas, tecnológicas y comerciales. El documento enfatiza la importancia de los mercados de capital, la innovación tecnológica y el control de recursos estratégicos, evidenciando que la seguridad nacional está profundamente entrelazada con la economía.
Por otra parte la estrategia se traduce en una priorización clara de temas como la migración, el narcotráfico y la protección de fronteras. La migración deja de ser un fenómeno exclusivamente social o humanitario para convertirse en un asunto de seguridad nacional. De igual forma, el combate al narcotráfico se posiciona como un eje central, no solo por sus implicaciones criminales, sino por su capacidad de desestabilizar Estados, financiar redes ilícitas y erosionar instituciones.
En este contexto, la ESN y la NDS se articulan de manera intrínseca. Lo planteado en la estrategia de seguridad nacional encuentra su materialización en la estrategia de defensa, donde se priorizan amenazas, se asignan recursos y se definen capacidades. De hecho, muchas de las acciones observadas en el hemisferio occidental en los últimos meses responden directamente a lo anticipado en este marco estratégico.
Uno de los cambios más significativos es la creciente centralidad del hemisferio occidental. Históricamente, la región ocupaba un lugar marginal en las estrategias estadounidenses, mencionada de forma tangencial. Sin embargo, en la actualidad se reconoce explícitamente como un espacio estratégico, tanto por su riqueza en recursos como por su relevancia en la seguridad regional. Esto plantea un dilema interesante: durante años se buscó mayor atención de Estados Unidos hacia la región, pero hoy surge la pregunta de si esa prioridad responde a las necesidades de los países o a los intereses estratégicos de Washington.
En este sentido, la cooperación norte-sur adquiere un nuevo significado. Ya no se trata únicamente de asistencia o colaboración, sino de una relación condicionada por quien provee la cooperación. Esto puede debilitar dinámicas de integración regional y desplazar formas tradicionales de cooperación sur-sur, generando dependencias estratégicas que reconfiguran el equilibrio regional.
Otro elemento clave de la estrategia es el énfasis en el dominio marítimo. La Guardia Costera y la Armada adquieren un rol preponderante, reflejando una comprensión clara de que el control de las rutas marítimas es fundamental para la seguridad contemporánea. En este sentido, la geopolítica marítima se posiciona como uno de los ejes centrales de la acción estadounidense.
Asimismo, la estrategia redefine la presencia militar global en cuatro dimensiones fundamentales: el reajuste de fuerzas para responder a amenazas prioritarias, el fortalecimiento del componente marítimo, los despliegues focalizados para combatir organizaciones criminales y la expansión del acceso a ubicaciones estratégicas. Este enfoque refleja una lógica de flexibilidad operativa y adaptación a un entorno dinámico, donde las amenazas no son estáticas ni convencionales.
No obstante, es fundamental reconocer que la estrategia estadounidense, aunque robusta y coherente, no puede ser replicada de manera automática en otros contextos. Cada país enfrenta realidades distintas, con estructuras institucionales, dinámicas sociales y capacidades estatales propias. En el hemisferio occidental, donde coexisten más de treinta realidades nacionales, resulta inviable aplicar un modelo uniforme.
En particular, los problemas de seguridad en la región tienen raíces estructurales: desigualdad, debilidad institucional, economías ilícitas y fragmentación social. La adopción de enfoques centrados exclusivamente en el uso de la fuerza o en la militarización difícilmente generará resultados sostenibles si no se abordan estas causas de fondo.
En última instancia, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos ofrece una lectura clara del momento geopolítico actual y de las prioridades de la principal potencia global. Sin embargo, también constituye un recordatorio de que la seguridad no es únicamente una cuestión de capacidades militares o despliegues estratégicos. Es, sobre todo, el resultado de instituciones sólidas, cohesión social y estabilidad económica.
Para los países de la región, el desafío no es replicar este modelo, sino interpretarlo críticamente, identificar oportunidades de cooperación y, sobre todo, fortalecer sus propias capacidades internas. Porque, en materia de seguridad, es necesario adaptar estrategias a realidades propias.
La opinión de las autoras no compromete la posición institucional de Amassuru
Foto: Generada con Ia por LCR
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