Por Sofía Gamboa
Mientras la mayoría seguíamos con nuestra agenda cotidiana, una mujer orbitó la Luna. No metafóricamente. Literalmente. Christina Koch, ingeniera eléctrica de 47 años, se convirtió en la primera mujer en viajar más allá de la órbita terrestre desde que existe la exploración espacial. La misión Artemis II, lanzada a inicios de abril de 2026, alcanzó el punto más lejano que ser humano alguno ha alcanzado desde la Tierra. Más lejos que el Apolo 13 en 1970. Más lejos que cualquier misión tripulada en más de medio siglo. Y Koch estaba ahí.
¿Lo celebramos suficiente? Yo creo que no.
Porque si lo hubiéramos celebrado de verdad, ya sabríamos su nombre de la misma forma que sabemos el de Neil Armstrong. Ya hablaríamos de ella en las escuelas, en los consejos de administración, en las conversaciones de sobremesa. Pero no. El algoritmo le dedicó un par de días y siguió. Y eso, paradójicamente, es parte de la historia que quiero contar.
El récord que nadie aplaudió suficiente
Antes de Artemis II, Koch ya había establecido el récord del vuelo espacial individual más largo realizado por una mujer: 328 días consecutivos en la Estación Espacial Internacional entre 2019 y 2020. No fue un vuelo turístico ni una misión de visibilidad. Fue trabajo científico de alto nivel, en condiciones extremas, durante casi un año fuera de la Tierra. Además, junto a Jessica Meir, protagonizó la primera caminata espacial exclusivamente femenina de la historia, siete horas y diecisiete minutos en el exterior de la estación, reemplazando una unidad crítica del sistema de baterías.
Dos hechos históricos en una sola carrera. Y, sin embargo, pregúntales a diez personas en tu círculo si conocen su nombre. Te apuesto a que ni la mitad o más sabrán quién es ella.
Ese olvido no es accidental. Es estructural. El mundo sigue construyendo pedestales para ciertos cuerpos y ciertos perfiles, y el de una mujer que hace ciencia en silencio, que se formó en entornos extremos como la Antártida y Alaska antes de siquiera llegar a la NASA, que acumula récord tras récord sin escándalo ni drama, no siempre encaja en el molde de lo que el sistema decide amplificar. Lo que no genera polémica ni espectáculo, rara vez genera portada.
Y hay algo que dijo Koch que no puedo dejar de pensar: “Siempre le digo a la gente: haz lo que te dé miedo.” No como consejo motivacional vacío. Como filosofía de vida operativa, probada en la Antártida, en la estación espacial, y ahora orbitando la Luna más cerca de lo que ninguna mujer había estado jamás en la historia de la humanidad.
Y aquí es donde la historia deja de ser inspiradora y se vuelve incómoda…
Un cuerpo que el sistema no diseñó para esto
Hay algo más que me parece urgente decir, y tiene que ver con todas nosotras: Christina Koch fue al espacio profundo con un cuerpo que la ciencia no había estudiado suficiente para ese entorno. No es retórica. Es un hecho documentado y perturbador.
Durante décadas, la medicina espacial construyó sus datos a partir de cuerpos masculinos. Los trajes, las sillas, las manijas, los protocolos médicos, los límites de exposición a la radiación — todo diseñado con el hombre como referencia. Cuando llegaron las mujeres, el sistema no se replanteó: ellas se adaptaron. E imagínate el nivel de preparación institucional: en 1983, cuando Sally Ride se alistaba para ser la primera mujer estadounidense en el espacio, los ingenieros de la NASA le preguntaron si cien tampones serían suficientes para una misión de una semana. Una semana, cien tampones. Alguien hizo esa cuenta, la presentó en una junta, y nadie la detuvo.
Las implicaciones son concretas y no menores. Las astronautas tienen hasta un 20% más de riesgo de desarrollar cáncer por radiación en comparación con sus colegas varones, precisamente porque el cuerpo femenino responde de forma diferente a la exposición cósmica fuera de la magnetosfera terrestre. También enfrentan mayor riesgo de desmayos al regresar a la Tierra, porque las venas de sus piernas tienen más dificultades para compensar los cambios de presión arterial, mayor pérdida de plasma, aumento de frecuencia cardíaca y mayor riesgo de infecciones urinarias. Sin mencionar que la microgravedad redistribuye fluidos hacia la cabeza, generando presión en el nervio óptico y visión borrosa, el llamado Síndrome Neuro-Ocular Asociado al Vuelo Espacial (SANS), que afecta de forma diferenciada a hombres y mujeres.
Y luego están las preguntas que la ciencia simplemente no ha podido responder porque nunca las hizo con rigor: cómo afecta el espacio al ciclo hormonal femenino, a la fertilidad, a la salud reproductiva en misiones de larga duración. Artemis II es, entre muchas otras cosas, la primera misión que obtendrá datos reales del cuerpo femenino en espacio profundo, fuera del campo magnético que protege la Tierra. Es decir: en 2026, todavía estamos en el primer capítulo de entender qué le pasa a una mujer ahí afuera.
Y, sin embargo, Koch fue. Con toda esa incertidumbre acumulada sobre su propio cuerpo, fue. Eso también es valentía, aunque nadie la nombre así.
Paradoja interesante: algunos estudios muestran que las mujeres se adaptan mejor al estrés de los vuelos espaciales a nivel celular, su expresión genética se altera menos y se recuperan más rápido que sus colegas masculinos. El cuerpo femenino, que el sistema espacial nunca diseñó para esto, resulta que en algunos aspectos está mejor preparado para sobrevivirlo. Quizás el problema nunca fue el cuerpo. Fue quién decidía diseñar el sistema.
Las que nunca despegan
Pero esta columna no puede quedarse solo en Koch, porque ella es la excepción que confirma lo que me preocupa de verdad: cuántas Christinas Koch hay en México, en América Latina, en el mundo, que nunca despegan porque el sistema no las ve.
No me refiero solo al espacio. Me refiero a los consejos de administración donde las mujeres siguen siendo minoría, no por falta de preparación sino por falta de acceso. A las carreras de ingeniería y ciencias que las expulsan en los primeros semestres con culturas hostiles y sin redes de apoyo. A los laboratorios donde los datos se construyen sobre cuerpos masculinos, en medicina, en farmacología, en fisiología, y las mujeres simplemente se adaptan, muchas veces pagando ese costo con su salud. A las reuniones donde la mujer más preparada del cuarto tiene que demostrar el doble para que la escuchen la mitad.
El problema no es la falta de talento. Nunca lo ha sido. El problema es un sistema que sigue midiendo, diseñando y aplaudiendo en masculino, y que convierte en extraordinaria a quien simplemente debería tener las mismas condiciones que todos los demás.
Koch lo superó. Llegó a la Luna. Batió récords que el mundo no memorizó. Viajó con un cuerpo que la ciencia no había preparado para ese viaje. Y, aun así, fue la que más lejos llegó.
Pero no debería hacer falta ser extraordinaria para que el sistema te vea. Eso, en el fondo, es lo que me quedo pensando esta semana mientras la Tierra le da la vuelta y ella regresa a casa.
Haz lo que te dé miedo. Pero también: construyamos sistemas donde el miedo no sea el único camino.
@GamboaSofia
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