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Por Sandra M. Luna
La explotación sexual en la era digital es un fenómeno complejo y multifacético que ganó relevancia en la última década, impulsada por la globalización y el vertiginoso avance de las tecnologías de la información. A su vez, la proliferación de plataformas digitales facilita el intercambio de servicios sexuales por dinero u otro beneficio, creando un entorno en el que la explotación sexual se volvió más accesible, invisible y, por lo tanto, difícil de regular. A medida que el comercio sexual se adapta a la era digital, las fronteras geográficas y las barreras tradicionales se desdibujan, permitiendo que esta práctica se extienda a una escala global, ampliando su alcance y profundizando sus efectos sobre las personas involucradas.
La peligrosidad de estas redes radica en su capacidad para operar den la sombra, utilizando los vacíos legales y las limitaciones de la vigilancia digital para su beneficio. Estas redes se aprovechan de la vulnerabilidad de las personas involucradas, la mayoría de las veces mujeres y grupos vulnerables como menores de edad o personas en situaciones de pobreza extrema o exclusión social, quienes son coaccionadas o engañadas para ingresar a estas redes, generalmente mediante tácticas de manipulación emocional, el chantaje o falsas promesas de mejores oportunidades. La conectividad digital amplía significativamente el alcance de los explotadores, permitiéndoles captar víctimas de cualquier parte del mundo con facilidad y rapidez. Esta capacidad transnacional no solo aumenta la vulnerabilidad de las víctimas, sino que también dificulta los esfuerzos para controlarlas y regularlas a nivel local e internacional.
Uno de los actores clave en este esquema son los proxenetas, quienes han adaptado sus métodos tradicionales al entorno digital, aprovechando las ventajas que ofrece este nuevo escenario. A través de plataformas digitales, mensajerías, aplicaciones de citas y redes sociales, estos proxenetas gestionan la explotación sexual de las víctimas sin necesidad de contacto físico directo. El anonimato que ofrece el entorno digital les proporciona una capa adicional de protección, lo que les permite operar con mayor impunidad y menor exposición.
El rol de los consumidores en la perpetuación de este fenómeno es crucial, son el motor económico que mantiene estas redes en funcionamiento, en el contexto digital, tienen acceso a una oferta masiva, variada y, muchas veces, personalizada de servicios sexuales sin necesidad de exponerse a riesgos físicos o legales. Esta accesibilidad y anonimato refuerzan la idea de que el sexo es una mercancía que puede ser comprada y consumida con facilidad, contribuyendo a la mercantilización de los cuerpos y a la explotación de personas vulnerables. Esta demanda sostenida es el eje sobre el cual se construyen y expanden estas redes de explotación sexual, convirtiendo a los consumidores en cómplices activos de la perpetuación de estas dinámicas de violencia y explotación.
Existen, no obstante, diversas concepciones de sentido común acerca de la explotación digital. Para algunos, esta práctica se percibe como una forma de empoderamiento para las personas involucradas, quienes, bajo esta lógica, tendrían mayor control sobre su cuerpo y sus finanzas, gracias a la autonomía que proporciona el entorno digital. Otras visiones más liberales tienden a minimizar la gravedad de la explotación digital, considerándola menos perjudicial que la tradicional debido a la ausencia de contacto físico directo entre las víctimas y los consumidores.
Sin embargo, estas percepciones ignoran los graves riesgos asociados con estas prácticas. Las amenazas, engaños, chantajes y múltiples formas de violencias que pueden enfrentar las personas involucradas, especialmente mujeres y menores de edad, son significativos.
La explotación sexual digital no conoce fronteras. Se practica en todo el mundo, aprovechando la conectividad global y el acceso universal a plataformas digitales. El carácter internacional de estas redes permite acceder a un mercado global sin las restricciones geográficas tradicionales.
Esta característica transnacional no solo facilita la expansión de la explotación sexual, sino que también complica los esfuerzos para regular y controlar estas actividades a nivel local e internacional. Las barreras geográficas se desdibujan, lo que expone a las personas involucradas a una vulnerabilidad aún mayor.
La explotación sexual en la era digital es un problema global complejo, amplificado por la globalización y las tecnologías digitales, las plataformas en línea facilitan la expansión de estas prácticas, haciendo que la explotación sea más accesible y difícil de regular.
A pesar de algunas percepciones erróneas que minimizan la gravedad de la explotación digital, el riesgo y la violencia que enfrentan las víctimas, especialmente mujeres y menores, son significativos. Para abordar este fenómeno, es esencial una cooperación global, una regulación más estricta y un enfoque integral con políticas publicas sostenibles, que priorice los derechos humanos y el apoyo a las víctimas.
Fuentes:
– Campo Martín L. La prostitución en el seno de los sistemas de poder: patriarcado, capitalismo neoliberal y colonialismo en el nuevo contexto global
Foto Nzewi Confidence de Nzewi Confidence’s Images y nito100 de Getty Images en Composición de LCR
La opinión de las autoras no compromete la posición institucional de Amassuru
Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad exclusiva de su autora y no necesariamente representan la postura de La Costilla Rota.
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