Por Arcelia Reyes
La historia oficial tiende a ser un ejercicio de amnesia selectiva. En la construcción de la identidad nacional, los altares de la patria se levantan con figuras de bronce, inmaculadas e incuestionables. Entre ellas, la de Doroteo Arango, Pancho Villa, brilla con un misticismo revolucionario innegable: el estratega militar, el «Centauro del Norte», el caudillo del pueblo. Sin embargo, detrás del héroe de la narrativa pública y los libros de texto, se omiten o soslayan realidades que reflejan que la historia, ha sido escrita por y para hombres. Aunque quienes lo glorifican, miren a otro lado, tiene que decirse: Villa fue también un agresor y abusador de mujeres.
¿Cómo es que hoy en día seguimos enalteciendo la memoria de un personaje cuyos registros incluyen raptos, violaciones tumultuarias, tortura y abusos sistemáticos a inocentes? La respuesta es tan cruda como evidente: el relato histórico ha estado monopolizado por una visión patriarcal que valora el poder, la fuerza militar y el caudillismo por encima de la dignidad humana y la vida de las mujeres. Para la historia de bronce, la violencia de género es meramente un «daño colateral» o una nota al pie de página diluida en la «crueldad de la guerra».
Casos como el de Namiquipa, Chihuahua, donde decenas de mujeres fueron violentadas de forma masiva por las tropas villistas, no pueden seguir ocultos bajo el manto de la épica revolucionaria. Enaltecer a Villa sin cuestionar su violencia es validar la idea de que la victoria militar o el peso político de un hombre absuelven sus crímenes. Es perpetuar, desde las instituciones y la cultura popular, la narrativa de que los cuerpos femeninos son territorios de conquista y botines de guerra desechables.
Hacer esta revisión no significa negar el impacto histórico de Villa en la Revolución Mexicana. El verdadero problema radica en la deificación sin perspectiva crítica. Al santificar al caudillo, el Estado y la sociedad no solo honran al estratega, sino que normalizan y minimizan la violencia machista del pasado, tendiendo un puente peligroso de impunidad que resuena con fuerza en nuestro presente.
Revisar la historia con lentes violetas no es «borrar el pasado», sino completarlo, mostrar sus claro oscuros y permitirnos mirar la historia sin justificaciones ni fanatismos. Es dejar de escuchar únicamente a los generales que escribieron los partes de guerra y comenzar a recuperar los testimonios, los diarios y el dolor de las mujeres que sobrevivieron a esos «héroes».
Seguir rindiendo un culto ciego a figuras que abusaron de las mujeres, como en otro contexto a esclavistas inhumanos como Leopoldo II de Bélgica, nos convierte en cómplices de un silencio histórico. La deconstrucción del mito de Pancho Villa es un paso urgente si realmente queremos democratizar la memoria y el espacio público. No podemos construir un futuro justo y libre de violencia de género si seguimos pidiendo a las mujeres que aplaudan a los fantasmas de sus opresores. Es hora de bajar a los santos del altar de la patria y juzgarlos con el rigor de los derechos humanos, porque una historia que oculta y silencia el dolor de las mujeres no es historia, es propaganda patriarcal.
Imagen generada para uso editorial de LCR
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