Mujer, trabajo y feminismo

Este día del trabajo, te invito a pensarlo como categoría social compleja y necesaria para el sostén de la vida, partiendo de un enfoque feminista, ese que prioriza a las mujeres, sus experiencias y epistemologías.

por Mag Mantilla

Por Mag Mantilla

Este 1º de mayo, día del trabajo, te invito a pensarlo como categoría social compleja y necesaria para el sostén de la vida, partiendo de un enfoque feminista, ese que prioriza a las mujeres, sus experiencias y epistemologías.

Desde el feminismo comprendemos el trabajo profundamente, no solo como lo reduce el capitalismo: un intercambio mercantil. Marx, destacado filósofo alemán, aportó que el trabajo existe gracias a la fuerza del obrero, que llama “fuerza de trabajo”, entendida como la mercancía que se compra/vende por un salario. Desde ahí, el capitalismo convierte el trabajo en mercancía. 

Pero teóricas destacadas como Silvia Federici ya advirtieron que «el capitalismo se construyó sobre el trabajo no pagado de las mujeres» (2004), y Arlie Hochschild sumó que cuidar también es «trabajo emocional»: gestionar sentimientos propios y ajenos para sostener la vida (1983). Marx reconoce a través de la “plusvalía” la explotación obrera; sin embargo, son las autoras materialistas del feminismo quienes reconocen una explotación anterior: la de las mujeres a través del trabajo reproductivo y de cuidados, los cuales implican trabajo doméstico y trabajo afectivo. Si sumamos estas labores encontraremos el trabajo socialmente necesario para el sostén de la vida, mismo que podemos integrar en la definición de trabajo reproductivo.

Comprender y nombrar el trabajo que sostiene la vida como la conocemos hasta nuestros días aporta reconocimiento social para alcanzar condiciones dignas para todas las mujeres que lo efectúan y también para que se deje de naturalizar como “lo propio de las mujeres”, pues tanto hombres como mujeres pueden realizar labores domésticas y de cuidados, aunque socioculturalmente nos han sido introyectadas y asignadas especialmente a las mujeres.

En esta columna me interesa desmenuzar cada categoría del trabajo socialmente necesario para la existencia humana.

Trabajo doméstico: se refiere a todas las actividades que se realizan en el espacio doméstico y van desde la compra de insumos, su elaboración para ser consumidos, hasta la prestación de toda una serie de servicios de limpieza, transporte, administración, etc., que por lo general están a cargo de las mujeres.

Trabajo de cuidados: sucede con las actividades y relaciones que se entablan para satisfacer las necesidades materiales, físicas, psicológicas y emocionales de personas dependientes o independientes.

Trabajo afectivo: implica conectar con las personas para alcanzar sus metas y objetivos, tal como sucede en la crianza, el cuidado de personas mayores, de enfermos, o en la enseñanza. 

En el trabajo afectivo hay querencia y tiende a ser motivado intrínsecamente, más allá del dinero, pues implica compromiso y afecto por quien se cuida. Esto garantiza altos estándares de calidad y entrega de tiempo propio que generosamente brinda la cuidadora. Las bases del trabajo afectivo las encontramos en el trabajo de cuidados.

 Trabajo reproductivo: podemos englobar en él todas las categorizaciones anteriores. No obstante, para una comprensión minuciosa se requiere distinguir una por una. Tampoco debemos perder de vista que el trabajo reproductivo es complejo y altamente estratificado, pues las tareas se realizan de manera diferenciada según el sector socioeconómico de las mujeres que lo desempeñan. También se entiende como toda labor necesaria para la gestación y desarrollo de la vida humana: embarazo, parto, puerperio, lactancia, crianza, etcétera.

Es importante señalar que esta categorización sobre el trabajo no reconocido e impago, y que es socialmente necesario para el sostén del mundo, es una propuesta del feminismo materialista. Puede ser muy reveladora para entender el funcionamiento de la sociedad en torno al trabajo. Para mí ha significado el reconocimiento de actividades desconsideradas y que, aún hoy, con más hombres involucrados en la corresponsabilidad del hogar y los cuidados, persiste el sesgo de que el trabajo reproductivo es inferior al trabajo “productivo” en el capitalismo.

Asimismo, la reactivación y reciente boom en cierto sector de hombres jóvenes de las ideas que se gestan en la machosfera prometen perpetuar la confinación de la mujer a la cocina, lo cual implica un grave retroceso.

Para finalizar, deseo dejar transparente mi postura como feminista. Pensar la categoría trabajo más allá del patriarcado, desde epistemologías no androcéntricas, revela que eso que muchas veces se llama trabajo es más que trabajo: son prácticas de cuidado, reciprocidad, ternura, toma de conciencia y pleno amor. Entender el trabajo fuera de la lógica capitalista también nos posibilita comprendernos fuera de la norma social establecida, lo cual es un acto de transformación para el bienestar no solo de las mujeres, sino de todas las personas.

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