Por María Elena Esparza Guevara
Sonó la campana… pero para el regreso a clases. ¿Quienes están detrás de esa enorme organización de arranque de ciclo escolar? En el hogar y en la escuela, son mayormente mujeres.
De acuerdo con cifras del Inegi y el Consejo Nacional de Población (Conapo), en la educación básica mexicana el 69.9% de la planilla docente son mujeres. La proporción no es, valga la palabra en el contexto escolar, uniforme: en preescolar, la participación femenina llega al 98%, mientras que en secundaria baja a 65%. Es decir, entre más pequeños son los alumnos, más se espera —cultural y laboralmente— que sea una mujer quien esté al frente del salón.
En el sistema educativo completo, incluidos media superior y superior, la tendencia se mantiene: el personal docente en México está compuesto por 63.7% de mujeres y 36.3% de hombres, de acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP). No es un fenómeno exclusivamente mexicano ni se queda solo en el salón, pues el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo 2024-2025 halló que, aunque las mujeres dominan la docencia a nivel global, la proporción de directoras de escuela es, en promedio, 20% menor que la de profesoras. Es decir, muchas enseñan, pocas dirigen.
La concentración de maestras se debe a que la docencia, sobre todo en los primeros niveles, se ha entendido históricamente como una extensión del trabajo de cuidado: paciencia, contención emocional, atención al detalle de cada niño. Son las mismas tareas que, dentro del hogar, se asignan casi automáticamente a las mujeres. Cuando esas tareas se trasladan al salón de clases, el reconocimiento social no siempre las acompaña con el mismo sueldo.
Pese a que las mujeres son mayoría absoluta en las aulas, el CIEP documentó una brecha salarial docente de 2,992.2 pesos mensuales en promedio a favor de los hombres, y señaló que esa brecha se amplía conforme avanza el nivel educativo: mientras más alto el puesto o el grado que se imparte, menos mujeres lo ocupan y más se abre la diferencia de ingreso.
Este patrón es conocido en otros sectores feminizados —enfermería, trabajo social, cuidado de personas mayores—, que entre más se le asocia una profesión al cuidado de otros, más se le presume como “vocación” que como trabajo, y más difícil resulta que ese trabajo se traduzca en salario, prestigio o ascenso equivalentes.
A esto se suma que buena parte de la jornada docente ocurre fuera del salón y sin remuneración: revisar tareas en casa, preparar material didáctico, atender a madres y padres, mediar conflictos entre alumnos. Ese trabajo adicional, invisible en cualquier recibo de nómina, recae también de forma desproporcionada sobre las maestras, en particular sobre quienes además sostienen labores de cuidado en su propio hogar al llegar del trabajo.
En este regreso a clases, mientras las familias organizan horarios y compramos material escolar, vale la pena voltear también hacia quienes van a sostener, un día tras otro, la formación de nuestras niñas y niños: en su mayoría, maestras que enseñan a leer, a sumar, a convivir, y que lo hacen dentro de un sistema que todavía no termina de valorar el trabajo que realizan.
@MaElenaEsparza
Imagen generada para uso editorial de LCR
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