Por Amores sin dolores / Daniela Razo
Los casi algo tienen una capacidad muy particular para hacernos sentir confundidas, intensas y agotadas
Porque, ¿cómo explicas que llevas semanas, o incluso meses, llorando por alguien con quien, en teoría, nunca tuviste nada? ¿Cómo le cuentas a una amiga que sigues pensando en esa persona si ni siquiera llegaron a ser pareja? Pareciera que, si no hubo una relación «formal», tampoco existe el derecho a vivir un duelo.
Pero los casi algo no duelen porque «nos clavamos de más», duelen porque ponen sobre la mesa muchas de las formas en las que aprendimos a amar. Es decir, los casi algo no se sostienen solo por lo que pasa entre dos personas; se sostienen por todo lo que imaginamos mientras esperamos. La incertidumbre deja espacio para la fantasía y es fácil idealizar a la otra persona, ponerla en un pedestal y enamorarnos más de la posibilidad que de la realidad.
Pero ¡ojo! La idealización tampoco es un acto individual; esa fantasía no surge por generación espontánea, la construimos a partir de todo lo que nos enseñaron sobre el amor.
Nos enseñaron a esperar a ser elegidas, a reprimir nuestras necesidades afectivas por miedo a parecer histéricas o intensas, a creer que pedir claridad podía espantar a la otra persona y poner demasiada presión sobre un vínculo que debe «fluir».
En lugar de nombrar lo que necesitábamos, estiramos la liga; permanecimos en vínculos tibios, sosteniéndonos de la incertidumbre y de la esperanza de que algún día… ese casi algo terminará convirtiéndose en un noviazgo.
Y yo estiré esa liga muchas veces. Tengo 32 años y pasé buena parte de esos años soltera, pero eso no significa que no haya tenido historias de amor ¡Al contrario! tuve tantos casi algo que probablemente ya perdí la cuenta. Algunos duraron meses, otros se alargaron mucho más de lo que hoy quisiera admitir y durante mucho tiempo no dimensioné cuánto espacio ocupaban en mi vida, precisamente porque «no eran nada».
Hoy, cuando miro hacia atrás, creo que una de las cosas que más me pesó de esos vínculos fue sentir que mi vida afectiva se quedaba en pausa, la incertidumbre. No estaba en una relación, pero tampoco terminaba de cerrar la puerta. Esperaba, idealizaba, imaginaba todo lo que podía pasar mientras dejaba de mirar lo que realmente estaba sucediendo: ¡vínculos tibios, confusos y con poca reciprocidad! Y en esa espera no solo dejé pasar la posibilidad de conocer a otras personas (y a mi misma); empecé a mirarme distinto, me sentí insuficiente e insegura.
Así que es de sorprender que después de “un casi algo” siempre llegue la misma pregunta: ¿qué hice mal? Quizá fui demasiado intensa, debí ser más paciente, más divertida, más comprensiva, más relajada. Como si el problema fuera una versión incompleta de nosotras y no la falta de claridad, de reciprocidad.
Pocas veces nos detenemos a pensar si la otra persona realmente quería construir un vínculo con nosotras. La realidad es que crecimos aprendiendo a responsabilizarnos de cosas que nunca dependen únicamente de nosotras ¡Toda la responsabilidad cae sobre nuestros hombros!
Necesitamos saber que la falta de reciprocidad en un vínculo no es un fracaso personal, la sociedad nos ha hecho creer que si “alguien no nos elige” es porque no somos suficientes y nos falta hacer algo más para ser dignas de amor.
Los casi algo seguirán existiendo y quizá la verdadera revolución no está en conseguir que un casi algo se convierta en una historia de amor, sino en dejar de creer que necesitamos ser elegidas para que nuestra historia valga la pena.
Imagen generada para uso editorial de LCR
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