Por Paloma Cecilia Barraza Cárdenas
“Una rata en un laberinto es libre de ir a cualquier parte,
siempre y cuando permanezca dentro del laberinto.”
Margaret Atwood
Hay libros que nos obligan a mirar la realidad con una precisión prácticamente insoportable. El cuento de la criada nos perturba décadas después de su publicación, porque se niega a ofrecernos el consuelo de la fantasía. Margaret Atwood escribe sobre seres de carne y hueso. Reúne, una junto a otra, atrocidades bastamente documentadas para entregarnos un espejo literario demasiado nítido para apartar la mirada.
Las prácticas de Gilead han existido ya en diversos puntos del mapa. Nuestro mapa. La ficción es decorativa. De estilo. Y, aunque, nos tranquilice de alguna forma empezar a pensar en distopías cuando aparecen fuerzas armadas, muros, censuras o tribunales de excepción, ello permite suponer la llegada estridente del autoritarismo, la estética reconocible de la violencia política y que sabríamos identificar el instante exacto cuando una democracia deja de serlo.
La conversación pública de estos últimos días ofrece un ejemplo difícil de ignorar. Durante una reunión de liderazgos conservadores en Estados Unidos, algunas participantes defendieron la idea del llamado household vote, un formato donde el voto deja de pertenecer a cada persona, para convertirse en una prerrogativa familiar, ejercida por el marido como representante del hogar. Independientemente de la viabilidad normativa de esta idea, inquieta la naturalidad con la que se pronuncia y encuentra adeptas. Antes de convertirse en prohibiciones, las restricciones a la libertad suelen aparecer como opiniones, nostalgias, romantizaciones o concesiones aparentemente voluntarias. La novela deja de sentirse distante cuando comienza a parecer “razonable” preguntarse si hace falta conservar un derecho tan básico como el sufragio.
Un siglo después de las luchas sufragistas, se presenta la renuncia a un derecho como algo virtuoso. Y yo sólo puedo pensar en mujeres vestidas de verde esmeralda, como las imaginó Atwood, quienes entregan sus libertades convencidas de recuperar el orden, la tradición y la tranquilidad. Así, el triunfo del autoritarismo es convencer a algunas personas de renunciar voluntariamente a sus derechos. Sin embargo, las grandes transformaciones históricas rara vez suceden de esa manera. Los derechos tampoco suelen desvanecerse mediante un decreto único. Antes atraviesan un proceso. Cambian las prioridades, las instituciones y las narrativas. Cambian las palabras.
Contra esa ingenuidad según la cual el lenguaje sirve solamente para describir realidades, la historia del derecho, de la política y de la filosofía demuestra lo contrario. Nombrar constituye uno de los ejercicios de poder más sofisticados de cualquier sociedad. Antes de legislar, clasificamos. Antes de prohibir, definimos. Antes de sancionar, tipificamos. Antes de excluir, cambiamos el vocabulario. Toda maquinaria de poder necesita primero construir una gramática capaz de volver razonable aquello que, nombrado de otra forma, resultaría moralmente insoportable.
En Gilead no es necesario repetir constantemente que las mujeres dejaron de ser libres. Basta con dejar de llamarlas mujeres. June se desdibuja mucho antes de convertirse en Offred. Su identidad comienza a deteriorarse cuando deja de ser considerada una persona para transformarse en una función. Pretenden arrebatar su biografía, memoria, creencias y voluntad, y reducirla a una capacidad reproductiva jurídicamente organizada para satisfacer un proyecto ajeno. Radical. Pues ninguna forma de dominación consigue consolidarse si nombra a todas las personas como humanas.
El poder aspira, tarde o temprano, para bien o para mal, a conquistar el lenguaje. Gobernar mediante la fuerza es costoso e inestable. Mucho más eficiente es modificar el vocabulario de la comunidad para interpretar el mundo. Así, la obediencia deja de sentirse como obediencia y adquiere la apariencia de instinto o sentido común. En tal tesitiura, ciertos debates merecen ser observados con especial cautela. Bajo su ojo. Tanto por el fondo de la cuestión, como por las palabras escogidas para abordarlo.
En torno a los llamados “vientres de alquiler”, por ejemplo, la conversación rápido migra hacia un universo extraordinariamente técnico donde proliferan expresiones cuidadosamente esterilizadas. Gestación por sustitución, subrogación, material genético, padres de intención, autonomía reproductiva, compensación económica. Dichos conceptos parecen responder a un legítimo esfuerzo por alcanzar precisión normativa. No obstante, conviene hacer una pausa. Porque el lenguaje está cargado de ideología.
El derecho es perfectamente capaz de construir una regulación lo suficientemente elaborada para administrar estos acuerdos y la tecnología permite hacerlos posibles. Pero, ¿qué ocurre cuando los cuerpos de las mujeres son pensados como recurso? Los desplazamientos conceptuales son discretos. Sin embargo, basta alterar el lugar desde donde miramos para cambiar de perspectiva. Donde antes había una vida atravesada por afectos, incertidumbres, vínculos y recuerdos, aparece una capacidad biológica susceptible de organizarse jurídicamente. Las mujeres no desaparecen. Desaparece la capacidad de verlas completas. La cautelosa reorganización del lenguaje vuelve imaginable lo innombrable. Antes de aceptar la mercantilización, se acepta un léxico donde esa mercantilización deja de parecer mercantilización.
Las palabras no llegan desnudas al debate público. Arrastran historias. Derrotas. Victorias. Iluminan determinados aspectos de la realidad mientras condenan a otros a la penumbra. ¿Hablar de compensación o hablar de pago? ¿Hablar de sustitución o hablar de alquiler? ¿Hablar de autonomía o de condiciones materiales bajo las cuales pretende ejercerse? La inocencia de las palabras, ausente. La atención moral se distribuye con alevosía y ventaja. Nombrar implica escoger entre lo visible y lo oculto. Por eso a las grandes estructuras de poder les basta con modificar el modo de describir los entornos. La violencia cambia de nombre. Y casi siempre mejora su reputación. Se convierte en trámite. Protocolo. contrato. Prestación de servicios. Innovación tecnológica. Libertad.
Existe una diferencia abismal entre resolver un problema y administrarlo. El lenguaje normativo suele poseer una gran capacidad para lo segundo. Ordena, ramifica, distingue, establece requisitos, distribuye competencias. Todo ello resulta indispensable para la vida institucional. Y ninguna sofisticación normativa responde por sí sola a una interrogante ética previa. ¿Existen dimensiones de la experiencia humana que dejan de ser plenamente humanas cuando comienzan a formularse como prestaciones? Todo puede regularse. Pero no todo debe convertirse en objeto de regulación.
El vocabulario gana pulcritud cuando la experiencia humana pierde espesor. Ahí donde antes estaba una mujer llena de historias, miedos, necesidades, contradicciones y vulnerabilidades, aparece ahora una categoría administrativa excepcionalmente eficiente. El relato se vuelve expediente. El cuerpo, en infraestructura. La maternidad, en prestación. La desigualdad, en cifra. Y el mayor triunfo de la artimaña está en el lenguaje. En su invisibilidad. ¿Aceptaríamos con tanta facilidad la abierta mercantilización de la dignidad humana? Es más fácil acostumbrarse lentamente a un diccionario distinto. Bendito sea el fruto.
Las distopías también se escriben en las oficinas. Y tienen sus impecables fundamentos. Clasifican. Ordenan. Protocolizan. Administran. Simbolizan. El totalitarismo tiene uniforme; la burocracia, membrete. La violencia abierta puede producir resistencia inmediata. La burocracia, en cambio, tiene el don de diluir la responsabilidad moral con sus formatos, conceptos y decisiones aparentemente impersonales. Gilead no está hecho de puro miedo. Se sostiene porque reorganiza el significado de las palabras. Se moldea la aceptabilidad. Y de pronto, lo excepcional parece inevitable. Lo injustificable se vuelve habitual. Lo impensable encuentra alojamiento en el imaginario colectivo.
Las palabras a veces son ventanas. Otras cortinas. La literatura conserva una tarea insustituible por esa razón. Le devuelve la densidad a las palabras cuando el poder intenta vaciarlas de significado. Detrás de las categorías jurídicas hay cuerpos. Detrás de los archivos, historias. Detrás de la supuesta neutralidad, relaciones de poder que ningún tecnicismo consigue abolir. ¿En qué momento dejamos de reconocer la violencia porque aprendimos a justificarla y llamarla de otra manera?
Imagen generada para uso editorial de LCR
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