LaCostillaRota. 09 de febrero, 2026.-Durante siglos, la historia de la ciencia se escribió en masculino. No porque las mujeres no investigaran, descubrieran o innovaran, sino porque sus nombres fueron borrados, minimizados o atribuidos a colegas hombres. Hoy sabemos que el progreso científico no puede entenderse sin ellas, pero también que su participación sigue marcada por desigualdades profundas.
Desde Rosalind Franklin, cuya contribución fue decisiva para descifrar la estructura del ADN, hasta la mexicana Julieta Fierro en la divulgación astronómica, o la matemática Katherine Johnson en la NASA, las mujeres han estado en el corazón de descubrimientos que cambiaron el rumbo de la humanidad. Y, aun así, siguen siendo minoría en muchas áreas estratégicas de la ciencia y la tecnología.
En las últimas décadas, más mujeres han ingresado a carreras científicas. Las aulas universitarias muestran una mayor paridad, especialmente en ciencias biológicas y de la salud. Sin embargo, al avanzar en la carrera académica y de investigación, la presencia femenina disminuye de forma notable.
Este fenómeno, conocido como tubería con fugas (leaky pipeline), describe cómo muchas mujeres abandonan el camino científico debido a múltiples factores: falta de reconocimiento, precariedad laboral, ausencia de redes de apoyo, dobles jornadas de cuidado y entornos laborales poco incluyentes.
En campos como la física, la ingeniería, la computación y la inteligencia artificial, la brecha es todavía más marcada. No se trata de falta de capacidad o interés, sino de barreras culturales y estructurales que desalientan su permanencia.
La ciencia no ocurre en el vacío. Las investigadoras también enfrentan los mismos micromachismos y desigualdades que atraviesan otros espacios laborales: interrupciones constantes en reuniones, apropiación de ideas, menor acceso a financiamiento, menor visibilidad en publicaciones y congresos, y exigencias adicionales no escritas.
A esto se suma una realidad poco discutida: la maternidad y las tareas de cuidado siguen recayendo desproporcionadamente en ellas. Mientras la carrera científica exige productividad continua, publicaciones constantes y movilidad internacional, muchas mujeres deben conciliar estas demandas con responsabilidades familiares que el sistema no contempla.
Los datos históricos de premios científicos, direcciones de institutos y rectorías universitarias muestran una clara disparidad. Aunque las mujeres producen investigación de alta calidad, su trabajo es citado menos, reciben menos financiamiento y ocupan menos puestos de toma de decisiones.
Esto tiene consecuencias más allá de lo individual: limita la diversidad de perspectivas en la investigación científica y reduce el potencial de innovación. Numerosos estudios han demostrado que los equipos diversos generan soluciones más creativas y eficaces.
Científicas que cambiaron el rumbo del conocimiento
La historia de la ciencia está llena de nombres de mujeres que, a pesar de los obstáculos, transformaron para siempre el conocimiento humano.
En la Antigüedad, Hipatia de Alejandría ya enseñaba matemáticas, astronomía y filosofía en el siglo IV, convirtiéndose en uno de los primeros referentes femeninos del pensamiento científico.
En el siglo XIX, Ada Lovelace sentó las bases de la programación informática al desarrollar el primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina. Su trabajo es considerado precursor de la computación moderna.
En el siglo XX, figuras como Marie Curie, pionera en el estudio de la radiactividad y única persona en ganar dos Premios Nobel en distintas disciplinas científicas, marcaron un antes y un después. A su lado, aunque por años invisibilizada, Rosalind Franklin fue clave para comprender la estructura del ADN.
La química Lise Meitner participó en el descubrimiento de la fisión nuclear, aunque el Nobel fue otorgado sólo a su colega masculino. Barbara McClintock revolucionó la genética con el descubrimiento de los “genes saltarines”. Chien-Shiung Wu cambió la física moderna con experimentos que desafiaron teorías establecidas.
En la carrera espacial, Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson realizaron los cálculos matemáticos que hicieron posibles las misiones de la NASA, durante una época marcada por el racismo y el sexismo institucional.
En medicina, Françoise Barré-Sinoussi fue codescubridora del VIH. Tu Youyou, científica china, desarrolló un tratamiento clave contra la malaria que ha salvado millones de vidas. Rita Levi-Montalcini descubrió el factor de crecimiento nervioso, fundamental para la neurociencia moderna.
En América Latina, destacan nombres como la matemática argentina Alicia Dickenstein, la física brasileña Marília Chaves Peixoto, la bióloga mexicana Esther Orozco, la astrónoma Silvia Torres-Peimbert, la científica ambiental Julia Carabias, y la divulgadora científica Julieta Fierro.
En la actualidad, mujeres como Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna revolucionaron la biología con la técnica de edición genética CRISPR. Katalin Karikó fue clave para el desarrollo de las vacunas de ARN mensajero que permitieron enfrentar la pandemia de COVID-19.
Cada una de ellas no sólo aportó conocimiento, sino que abrió camino para que otras mujeres pudieran imaginarse dentro de los laboratorios, observatorios, hospitales, centros de cómputo y universidades del mundo.
A pesar de los obstáculos, cada vez más científicas destacan en ámbitos internacionales. En México, investigadoras en biotecnología, astronomía, medicina, matemáticas y ciencias ambientales lideran proyectos de gran impacto. Su presencia no sólo transforma la ciencia, sino también el imaginario social sobre quién puede ser científica.
Las niñas necesitan ver científicas. Necesitan saber que ese espacio también les pertenece.
Hablar de mujeres en la ciencia no es un gesto simbólico, sino una necesidad estructural. Incorporar perspectiva de género en la investigación permite formular mejores preguntas, diseñar estudios más completos y atender problemáticas históricamente ignoradas.
Desde medicamentos probados sólo en cuerpos masculinos hasta tecnologías diseñadas sin considerar las necesidades de las mujeres, la ausencia femenina en la ciencia ha tenido costos reales.
La conversación ya no gira en torno a si las mujeres pueden hacer ciencia, sino a por qué el sistema científico aún no garantiza condiciones equitativas para que puedan desarrollarse plenamente.
Políticas de conciliación, financiamiento equitativo, protocolos contra la discriminación y el acoso, redes de mentoría y visibilización del trabajo femenino son medidas urgentes para cerrar la brecha.
Porque la ciencia no pierde cuando una mujer abandona el laboratorio. Pierde la sociedad entera.
Reconocer, impulsar y sostener la presencia de las mujeres en la ciencia no es una cuestión de cuotas, sino de justicia, eficiencia e inteligencia colectiva. La historia científica del futuro dependerá de cuán capaces seamos hoy de abrir, sin restricciones, las puertas del conocimiento a todas.
Imagen generada para uso editorial por LCR
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