Por Flor Aydeé Rodríguez Campos

 

Hay casos que nos indignan por la brutalidad de lo ocurrido. Pero hay otros que, además, deberían obligarnos a preguntarnos por todo lo que sucede alrededor como el caso de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, donde una exestudiante presentó una demanda civil en la que acusa a siete alumnos, entonces integrantes de una fraternidad de haberla agredido sexualmente en octubre de 2024. Después de que inicialmente no se presentaran cargos penales, en septiembre de 2026 la Fiscalía del condado de Tompkins reabrió la investigación y anunció que presentaría evidencia ante un gran jurado.

Y  el caso resulta fundamental porque existe una discusión que no necesita esperar una sentencia: ¿Por qué seguimos sin entender qué significa el consentimiento?. Lo pregunto como abogada, como activista, como feminista y como una mujer que ha trabajado en la prevención de la violencia sexual. Porque cuanto más escuchamos los testimonios de niñas, adolescentes y mujeres, más evidente resulta que hemos construido un modelo de prevención profundamente equivocado, en donde durante generaciones hemos enseñado a las mujeres cómo evitar ser violentadas, pero hemos dedicado muchísimo menos esfuerzo a enseñar a la sociedad a no violentar.

Desde niñas aprendemos reglas que nunca aparecen escritas en ningún manual como: No camines sola. No regreses demasiado tarde. No aceptes bebidas de desconocidos. Cuida tu vaso. Manda tu ubicación. Avísame cuando llegues. No tomes demasiado. No te quedes sola en una fiesta. Ten cuidado. Siempre ten cuidado.

Las mujeres hemos desarrollado una especie de protocolo informal de supervivencia. Compartimos nuestra ubicación, mandamos la placa del taxi, acompañamos a nuestras amigas al baño, vigilamos sus bebidas y esperamos el mensaje que dice “ya llegué”. Y sí, muchas de esas estrategias responden a la realidad que vivimos.

Pero pocas veces hacemos la pregunta verdaderamente incómoda: ¿por qué hemos dedicado tanta energía a enseñar a las mujeres cómo evitar una agresión y tan poca a enseñar a los hombres cómo no ejercerla?

Consentimiento no significa ausencia de resistencia. Una mujer no tiene que gritar, empujar, pelear o demostrar posteriormente que hizo todo lo posible para evitar una agresión para que sus límites sean válidos. El consentimiento debe ser libre, explicito,  específico y mantenerse durante la interacción. Y puede retirarse.

La situación de la Universidad de Cornell no es para nada ajena ni lejana. En México llevamos años escuchando testimonios de estudiantes que denuncian acoso, hostigamiento y distintas formas de violencia sexual dentro de espacios educativos.

Hemos visto tendederos de denuncia aparecer en universidades y escuelas. Hemos visto alumnas organizarse porque sienten que los mecanismos institucionales no funcionan. Hemos escuchado historias que involucran a compañeros, docentes y autoridades. Y también hemos conocido una respuesta que se repite demasiado: el silencio.

Los silencios más comunes son: Estamos investigando, se activó el protocolo, se dará seguimiento, es un asunto interno y después pasan semanas, meses e incluso años. La estudiante se gradúa o cambia de escuela, la comunidad olvida, la institución y la impunidad continúa.

 Las instituciones educativas tienen que ser capaces de garantizar derechos, investigar y, al mismo tiempo, generar condiciones para que una estudiante no tenga que abandonar su escuela para sentirse segura. Y es que en la mayoria de las ocasiones importa más el prestigio de la institución que la seguridad de las estudiantes.

La respuesta siempre es la misma, ya tenemos un protocolo, si, pero no es suficiente. Podrán tener el protocolo más sofisticado guardado en una página de internet y continuar teniendo una comunidad incapaz de comprender el consentimiento, pues nada de eso sustituye una política permanente de prevención.

La prevención ocurre todos los días: en las aulas, en las fiestas, en los chats, en las relaciones entre docentes y estudiantes, en las dinámicas de poder y también en la manera en que reaccionamos cuando alguien cruza un límite.

Yo no quiero una sociedad que simplemente prepare mejor a las mujeres para sobrevivir a la violencia, quiero hombres que cuestionen a otros hombres, quiero escuelas y universidades que protejan a sus estudiantes antes que a su prestigio.

Tal vez llegó el momento de cambiar definitivamente la pregunta: ¿qué estamos haciendo como sociedad para enseñar a no violentar?

Porque el consentimiento no es un tema de mujeres. Es una responsabilidad colectiva. Y mientras sigamos prefiriendo el silencio para evitar conversaciones incómodas, la violencia seguirá encontrando espacios donde esconderse. Pues lo que se silencia no desaparece, lo que se silencia encuentra espacio para repetirse.

 

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

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