Nacer no es garantía de derechos

por Wendy Figueroa Morales

Por Wendy Figueroa Morales

 

En un país donde la violencia contra niñas y niños persiste, el Día de la Niña y el Niño no puede limitarse a celebrar: debe obligarnos a cuestionar qué estamos fallando en proteger.

Si una vida puede llegar a volverse inhabitable, es porque hubo muchas fallas antes. Y esas fallas empiezan en la infancia, no en abstracto, no en teoría. En la vida concreta de niñas y niños que no fueron protegidos.

En México, la violencia contra las niñas y los niños no solo vulnera derechos: arrebata vidas. El caso de Lupita (Estado de México, 2017), que ya había evidenciado fallas graves en la protección infantil, y el reciente caso de Eitan (Ciudad Juárez, 2026), son muestra de ello.

Niñas y niños asesinados en contextos donde hubo señales previas, omisiones institucionales y ausencia de protección efectiva. Han pasado años. Lo que no ha pasado es el cambio necesario.

No es que no sepamos, es que no estamos haciendo lo necesario.

En estos casos, la violencia no apareció de un día a otro, hubo señales, hubo omisiones, hubo instituciones que no respondieron. Pero también hubo algo más: normalización.

La violencia que se repite deja de sorprender, se vuelve parte del entorno. Se justifica, se minimiza o se ignora. Cuando la violencia se normaliza, deja de generar urgencia, la protección deja de llegar.

Niñas y niños que, incluso antes de ser protegidos, no eran plenamente reconocidos por el propio Estado: Infancias sin registro, sin seguimiento, sin acceso real a servicios de salud o educación. Infancias invisibles para el Estado. Y cuando una vida es invisible, también lo es su riesgo.

A esto se suma la falta de actuación ante alertas claras: denuncias que no se atienden, entornos de violencia que no se intervienen e instituciones que no se coordinan.

La falta de escucha a las infancias tampoco es un hecho aislado ni exclusivo de un país.

Recientemente, en Argentina, el caso de un niño de 5 años quien había expresado su rechazo a regresar con su madre -en el marco de un proceso de restitución adultocentrista sin escucha activa- terminó en un desenlace fatal.

Mas allá de los detalles particulares, lo que este caso evidencia es una constante: cuando la voz de niñas y niños no es tomada en serio, cuando no se les considera como sujetos de derechos, el sistema deja de protegerles.

Escuchar no es un gesto simbólico, es una obligación.

La violencia escala cuando no se detiene a tiempo. Y cuando no se detiene, puede terminar en lo más grave: la pérdida de la vida.

Y aun así, muchas veces, la respuesta llega tarde. Y lo hace dentro de ciclos que el Estado tampoco logra romper.

Eso también es violencia institucional. Porque cuando el Estado no protege a niñas y niños, no solo falla en el presente. Permite que la violencia avance hasta arrebatar la vida.

Pero la violencia no termina ahí, también deja a otras infancias en el abandono.

Niñas y niños que pierden a sus madres por feminicidio y que enfrentan la orfandad sin acompañamiento, sin reparación y, en muchos casos, sin una respuesta institucional que garantice su bienestar.

La violencia no termina con el feminicidio, se extiende a sus hijas e hijos. Niñas y niños que enfrentan la orfandad sin acompañamiento, sin reparación y, en muchos casos, sin una respuesta institucional que garantice su bienestar.

Frente a este contexto, la respuesta no puede limitarse a nuevas leyes o reformas. El problema no es la ausencia de normas. Es su incumplimiento.

Las leyes existen, los protocolos existen, las obligaciones están claramente establecidas, lo que falta es que se apliquen.

Hablar de derechos de la niñez no puede quedarse en el discurso. Implica garantizar condiciones reales de cuidado, protección y seguimiento desde el inicio de la vida.

Implica sistemas que detecten, actúen y acompañen de forma continua.

Porque el derecho a una infancia digna, plena y libre de violencia no puede seguir siendo una promesa. Tiene que ser una realidad garantizada

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres

 

Imagen generada para uso editorial de LCR

 

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