El silencio también es complicidad: los casos que revelan la urgencia de romper el pacto patriarcal

Casos en EE. UU., Francia, Austria y México revelan una constante: hombres sin trastornos mentales que violentan ante la mirada y el silencio de redes enteras.

por La Costilla Rota

LaCostillaRota. México, 05 de octubre 2026.— En los últimos meses, una serie de investigaciones judiciales e informes periodísticos a nivel internacional han puesto sobre la mesa una discusión tan incómoda como urgente: la responsabilidad colectiva y el papel del silencio en la comisión de agresiones sexuales sistemáticas. Frente al argumento recurrente de que la violencia machista es ejercida únicamente por «individuos aislados» o «enfermos», la evidencia demuestra la existencia de dinámicas grupales, chats masivos y espacios de impunidad donde decenas e incluso cientos de personas atestiguan, comparten o participan en crímenes sin que nadie active una alerta.

Frente a estas revelaciones, suele emerger de inmediato la retórica defensiva del «no todos los hombres». Sin embargo, los datos oficiales colocan el problema en su justa dimensión estructural: en México, el 96% de los agresores sexuales infantiles son hombres. Más allá de la cifra, la psiquiatría forense y los análisis criminológicos señalan que la inmensa mayoría de estos agresores no presentan rasgos de psicopatía ni padecen trastornos mentales diagnósticos. No son «monstruos» fuera de la norma, sino varones socializados en un sistema patriarcal que aprovechan la oportunidad, la cercanía y el poder para violentar, respaldados por la impunidad y la falta de cuestionamiento entre pares.

Esta lógica se replica en diversos contextos y geografías. Uno de los casos recientes en el ámbito académico internacional ocurrió en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos. De acuerdo con la demanda civil presentada por una exestudiante y las investigaciones de la Fiscalía del Condado de Tompkins, más de 50 jóvenes pertenecientes a una fraternidad universitaria integraban un chat masivo de Snapchat donde se leía explícitamente cómo compañeros habían sedado a una mujer e invitaban a otros a agredirla sexualmente. Mientras la víctima sufría agresiones por parte de siete de ellos durante horas, ninguno de los integrantes de la conversación intervino ni acudió a las autoridades.

El patrón de pasividad no se limita al entorno universitario. En Francia, el histórico juicio por el caso Pelicot expuso cómo un hombre sedó a su esposa durante cerca de una década para ofrecerla en foros de internet a más de 70 hombres que participaron en las agresiones; 50 de ellos fueron llevados a juicio y ninguno de los usuarios del foro acudió a la policía para alertar sobre los hechos. Un caso de características drásticamente similares fue documentado en Austria, donde una mujer falleció tras ser sometida durante años a la misma dinámica de sumisión química y agresiones organizadas en la red por su pareja, sin que ningún integrante de las plataformas digitales realizara una denuncia.

A nivel digital, las redes de complicidad han alcanzado dimensiones industriales. Investigaciones policiales recientes han detectado comunidades en internet integradas por más de 1,000 hombres que comparten guías y métodos sobre cómo sedar y agredir sexualmente a mujeres de su entorno cercano. De igual forma, plataformas como Telegram albergan grupos clandestinos donde se comercializa e intercambia contenido de agresiones sexuales mediante lenguajes cifrados.

El avance de la agenda de derechos de las mujeres resulta insuficiente si la sociedad mantiene intactos los mecanismos que perpetúan la agresión. Si los hombres no asumen la tarea urgente de cuestionar las dinámicas de poder que ejercen y desmantelar los pactos de silencio que protegen a los agresores, el problema de fondo permanecerá sin atender.

La acción pública debe abandonar las estrategias defensivas o asistenciales para colocar la responsabilidad en el origen del problema: quienes ejercen y encubren la violencia. Esto exige instituciones capaces de implementar programas transversales orientados a transformar la socialización masculina, fiscalizar con rigor los entornos digitales e incentivar la denuncia comunitaria. Garantizar una vida libre de violencia es una obligación del Estado y un compromiso ético ineludible para los hombres.

Nota hecha con información de las Brujas del Mar

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