Por Yndira Sandoval
Hablar de la ciudadanía de las mujeres es hablar de una conquista. Pero también de una deuda histórica que todavía no terminamos de saldar.
Durante siglos, las mujeres fuimos excluidas de las decisiones públicas. Se nos negó el derecho a votar, a ser electas y, en muchos sentidos, a decidir sobre nuestra propia vida. La política, el Estado y los espacios de poder fueron construidos desde una visión que consideraba a las mujeres sujetas de protección, pero no sujetas plenas de derechos.
Por eso, el reconocimiento de la ciudadanía y el voto de las mujeres no fueron una concesión. Son logros producto de una lucha histórica y colectiva.
Cada derecho que hoy ejercemos ha sido resultado de las luchas de muchas mujeres que se atrevieron a cuestionar el orden establecido, incluso cuando hacerlo implicaba enfrentarse a las instituciones, a las costumbres y a una cultura profundamente patriarcal.
Pero la historia nos ha enseñado algo fundamental: no basta con que las mujeres lleguemos al poder.
Durante décadas luchamos por abrir las puertas de la participación política. Después, luchamos por cuotas y acciones afirmativas. Hoy, gracias a la lucha de millones de mujeres, hablamos de paridad. Y la paridad ha transformado la composición de los espacios públicos y políticos.
Eso es una victoria.
Sin embargo, ocupar un espacio no es lo mismo que ejercer el poder para transformar la realidad.
Ser mujer no garantiza, por sí mismo, una visión comprometida con los derechos de las mujeres, con la igualdad o con la transformación de las estructuras que históricamente nos han excluido. La llegada de las mujeres al poder debe significar mucho más que ocupar las mismas sillas desde las que durante años se reprodujeron prácticas autoritarias, patriarcales y excluyentes.
Necesitamos mujeres con visión, con conocimiento, con conciencia histórica y con capacidad de Estado.
Mujeres que comprendan que ejercer el poder no consiste en imitar las viejas prácticas que durante tanto tiempo nos excluyeron. Por el contrario, nuestra presencia debe abrir la posibilidad de desmontar esas prácticas añejas y construir nuevas formas de hacer política.
Porque las mujeres no llegamos a la vida pública para administrar el patriarcado.
Llegamos para cuestionarlo.
Llegamos para transformar las prioridades, para poner en el centro la vida, la dignidad, los derechos humanos y las realidades de quienes históricamente han quedado fuera de las decisiones.
La ciudadanía plena de las mujeres también exige preguntarnos quiénes ocupan el poder y desde dónde lo ejercen.
Por ello toma relevancia la llegada de la #3de3VsViolencia ya que no puede haber democracia plena mientras los agresores, violentadores o deudores alimentarios utilicen los espacios de representación y de poder como refugio para mantener privilegios o garantizar impunidad.
Quien ejerce violencia contra las mujeres no puede representar a la ciudadanía.
Esta no es una discusión menor ni una exigencia exclusiva de las mujeres. Es una condición mínima para construir instituciones democráticas y una vida pública congruente con los derechos humanos.
El voto nos abrió una puerta.
La paridad nos permitió avanzar hacia la igualdad en la representación.
Y la #3de3VsViolencia nos recuerda que no basta con contar cuántas mujeres llegan al poder; también debemos preguntarnos qué tipo de poder estamos construyendo y para quiénes.
Después de años de lucha, estoy convencida de que el desafío de nuestra generación es mayor.
Nos toca pasar de la presencia a la transformación real.
De ocupar espacios a la toma efectiva de las decisiones.
De romper techos de cristal a desmontar las estructuras que los construyeron.
La participación política de las mujeres debe tener una visión de altura, una mirada estratégica y la capacidad de pensar más allá de los cargos y las coyunturas. Necesitamos mujeres que hagan política con visión de futuro, que comprendan su responsabilidad histórica y que se atrevan a ejercer el poder de una manera distinta.
Porque el verdadero significado de la ciudadanía plena no es solamente tener derecho a participar.
Es tener la posibilidad real de decidir.
Y cuando las mujeres decidimos, participamos y gobernamos con conciencia de nuestra historia, no solamente cambia quién ocupa el poder.
Cambia la manera en que entendemos y ejercemos el poder.
Ese es, quizá, el gran desafío de nuestro tiempo: que el arribo de las mujeres a la vida pública no sea una excepción ni una cuota que se tolera, sino una fuerza capaz de transformar profundamente la democracia.
Porque no queremos simplemente más mujeres en el poder.
Queremos más poder para transformar la vida de las mujeres y de nuestras comunidades.
Y esa, para mí, es la verdadera ciudadanía de las mujeres: el derecho a estar, a participar, a decidir y, sobre todo, a transformar
#YndiraSandoval #LaDelSombrero #DándoleFuerzaATuVoz #3de3VsViolencia
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
Imagen generada para uso editorial de LCR
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