Por Amores sin dolores /Daniela Razo
Crecimos pensando que había una receta para el amor, una serie de pasos que debíamos seguir para poder acceder a él. Que si hacíamos las cosas correctamente, si nos comportábamos de cierta manera, si cumplíamos determinadas expectativas, entonces tarde o temprano alguien nos elegiría.
Hace poco, platicando con amigas, recordábamos que muchas de nosotras pensamos durante la adolescencia que el amor era para otras: para las bonitas, las delgadas, las populares. Aquellas mujeres que parecían encajar perfectamente en los estándares de belleza que veíamos en las películas, las telenovelas y las revistas.
Nosotras, en cambio, sentíamos que teníamos que conformarnos con ser elegidas y que, si alguien llegaba a querernos, debíamos sentirnos agradecidas.
Lo más doloroso es que esa sensación no se quedaba únicamente en el terreno romántico. Terminaba impactando nuestro autoconcepto, nuestra autoestima y la forma en que aprendemos a relacionarnos con otras personas.
La sociedad nos enseñó que teníamos que esforzarnos para ser elegidas y que ser amadas dependía de qué tan atractivas, agradables o deseables resultáramos para alguien más.
Incluso en casa nos enseñaron que el amor estaba condicionado: que había que portarse bien, sacar buenas calificaciones, cumplir expectativas y ser “buenas niñas”. Poco a poco fuimos asociando el amor con el mérito, con el esfuerzo y con la aprobación de otras personas. Dejamos de intentar ser las mejores alumnas y comenzamos a intentar ser las mejores parejas, las mejores hijas, las mejores amigas o las mejores cuidadoras.
Tal vez ahí está una de las trampas más grandes del amor romántico. Convencernos de que el amor se gana. De que algunas personas son más merecedoras que otras. Pero ¿qué pasaría si dejamos de mirar el amor como una recompensa y comenzamos a pensarlo desde otro lugar?
Marcela Lagarde lo expresa con claridad cuando afirma que ser protagonistas de nuestra vida significa entender que tenemos derecho al amor. Derecho a un amor que no nos enajene, que no nos haga ajenas al sentido de nuestra propia vida, que no nos expropie de nosotras mismas y que nos beneficie.
Pensar el amor como un derecho cambia por completo la conversación y rompe el mito del amor romántico, destroza la idea de que debemos transformarnos para encajar en las expectativas de alguien más y ser amadas.
Quizá por eso vale la pena preguntarnos cuántas de las cosas que creemos sobre el amor son realmente nuestras y cuántas forman parte de esa vieja receta que nos enseñaron desde niñas. Esa que nos hizo creer que había una forma correcta de amar, un ABC del amor, una serie de pasos que debíamos seguir para ser elegidas.
Sin embargo, romper ese hechizo implica algo más que cuestionar los mitos del amor romántico. Implica volver la mirada hacia nosotras mismas. Conocernos, reconocer nuestras necesidades, límites, deseos y el tipo de vínculos que queremos construir.
Cuando no sabemos cuál es el amor que necesitamos, nos resulta más fácil buscar el amor romántico, es decir, volvemos a sus mitos porque ofrecen algo que muchas veces anhelamos.
Pero algo cambia cuando comenzamos a conocernos mejor, cuando fortalecemos nuestro autoconcepto y construimos una relación más amorosa con nosotras mismas. Dejamos de buscar desesperadamente que alguien nos elija y empezamos a preguntarnos cómo queremos vivir el amor
Nos dijeron que existía una receta para el amor… Lo que nunca nos dijeron es que el amor no debería exigirnos transformarnos para merecerlo.
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Imagen generada para uso editorial de LCR
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