Por Wendy Figueroa Morelos

 

No sé en qué momento alguien se acostumbra al dolor.

Yo sigo deteniéndome. Y quizás por eso duele tanto habitar un país que muchas veces sigue avanzando como si nada hubiera pasado.

El patriarcado enseña que algunas vidas son sacrificables para sostener entretenimiento, poder, consumo o control. Y cuando dejamos pasar “pequeñas” crueldades, el umbral ético se mueve cada vez más.

La violencia no empieza con el feminicidio.

Empieza cuando aprendemos a mirar el dolor sin que nos incomode demasiado.

Pienso en esos seres sintientes sintiendo miedo antes de morir. Sintiendo hambre. Dolor. Esperando cuidado y encontrando violencia.

Y entonces entiendo que el problema nunca ha sido “solo” contra los animales.

La violencia nunca llega sola.

Vivimos en un país donde también vemos pasar rostros de mujeres desaparecidas entre anuncios, campañas y tendencias. Donde las madres buscan a sus hijas mientras el algoritmo sigue avanzando. Donde las violencias vicarias destruyen la vida de mujeres y de sus hijas e hijos como mecanismos de castigo. Donde cada tres horas asesinan a una mujer y aun así seguimos discutiendo si exageramos.

El peligro más grande no es únicamente la violencia extrema.

Es acostumbrarnos a ella.

Porque la deshumanización funciona así: empieza cuando dejamos de mirar el dolor ajeno como algo intolerable.

Nos dijeron que sentir demasiado era debilidad. Pero estoy convencida de que el verdadero riesgo es dejar de sentir.

Mientras el país se prepara para la fiesta global, seguimos conviviendo con miles de personas víctimas de desaparición forzada, cientos de feminicidios y una violencia estructural que muchas veces incomoda nombrar.

También incomoda reconocer que los eventos deportivos masivos suelen venir acompañados por el aumento de distintas formas de violencia contra las mujeres.

La explotación sexual. La trata. La violencia familiar. La hipersexualización de nuestros cuerpos. La desaparición forzada de niñas y mujeres. El consumo de violencia como espectáculo y la impunidad como protagonista.

No porque el futbol sea el enemigo.

Sino porque los megaeventos amplifican lo que una sociedad ya tolera.

Y una sociedad que aprende a mirar con indiferencia el sufrimiento de cualquier ser vivo corre el riesgo de perder su capacidad colectiva de cuidado.

Ahí empieza todo.

Empieza cuando un perro abandonado o asesinado se vuelve “una noticia más”.

Cuando un hombre es deudor alimenticio y se convierte en “uno más”.

Cuando un gobernador es acusado de abuso sexual y tiene el respaldo de su partido.

Cuando una niña víctima de desaparición forzada solo nos indigna por la coyuntura y después es “una más”.

Cuando una mujer que enfrenta violencia machista tiene que demostrar que merece protección.

Cuando el dolor se jerarquiza.

Cuando decidimos qué vidas importan y cuáles pueden sacrificarse por poder, consumo, entretenimiento o control.

Por eso hablar de una vida libre de violencia no puede fragmentarse.

No se trata de comparar dolores.

Se trata de entender que toda violencia deshumaniza.

Y que cada vez que justificamos la crueldad, el abandono o la indiferencia, algo se rompe colectivamente.

No quiero un Mundial donde solo se hable de seguridad en los estadios.

Quiero un país donde ninguna vida sea tratada como desechable.

Porque el verdadero fracaso de una sociedad no es solo la violencia que ejerce, sino la capacidad de convivir con ella sin indignarse y sin exigir justicia.

No necesitamos ciudades maquilladas para el turismo global.

Necesitamos territorios donde las mujeres, niñas y todos los seres sintientes puedan vivir con dignidad y libres de violencia.

 

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

Imagen generada por IA para uso editorial de LCR

 

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