La intimidad homoerótica del machismo

por Arely Huerta Maqueda

Por Arely Huerta Maqueda

En el imaginario colectivo, los hombres suelen decir que eligen a sus parejas por «amor», «deseo» o «compatibilidad». Pero, cuando miramos con lupa las dinámicas sociales, emerge otra verdad: muchas veces, las mujeres con las que los hombres se relacionan no son elegidas por lo que ellas son, sino por el papel que cumplen dentro de la narrativa masculina. Y esa narrativa, curiosamente, no nace de la autonomía afectiva, sino de la mirada de otros hombres.

Los varones se construyen en diálogo constante con sus pares: se miden, se validan, se exhiben. La pareja femenina, en ese tablero, se convierte en una ficha simbólica. Una extensión de su hombría, un reflejo de cómo desean ser vistos por otros hombres. «¿Qué pensará mi grupo de amigos de ella?», «¿cómo me coloca en la escala de la masculinidad?». No es casual que, al hablar de conquistas, las narrativas masculinas estén plagadas de competitividad y comparaciones: menos erotismo íntimo, más trofeo colectivo.

El machismo, en este sentido, es un ritual profundamente homoerótico. Los hombres, sobre todo los más tradicionales, orbitan alrededor del deseo de ser reconocidos, deseados o al menos validados por otros hombres. Sus parejas, sus modelos de feminidad, sus formas de «amar», son mediadas por el varón al que admiran. El futbolista, el líder político, el amigo alfa del grupo: todos son espejos que dictan qué tipo de mujer “vale la pena” tener a su lado.

El investigador Mauricio Zabalgoitia (UNAM) ha abordado la dificultad de los hombres especialmente los que se adscriben a modelos tradicionales de masculinidad para expresar vulnerabilidad o autocuidado, evidenciando una «impermeabilidad emocional» profundamente marcada por presiones culturales.

Un estudio realizado en la Ciudad de México por Claudia Ivonne Hernández Ramírez e Ignacio Lozano Verduzco, con hombres entre 30 y 40 años en contextos institucionales, muestra cómo normas de la masculinidad hegemónica se internalizan desde el ámbito cotidiano, estructurando identidades masculinas rígidas e intersubjetivas.

En Baja California Sur, una etnografía dirigida por Sergio Gallardo (CIESAS) explora cómo los hombres en entornos mineros desarrollan formas de vinculación homosocial cultivar la masculinidad mediante pactos y demostraciones entre pares bajo la institucionalidad de la heterosexualidad.

Las mujeres quedan así atrapadas en una red simbólica que las despersonaliza. No son sujetos deseados por sí mismas, sino objetos de intercambio y de estatus. La validación del deseo masculino no pasa por el goce individual, sino por el brillo que la pareja otorga en los ojos de los demás. Una lógica profundamente patriarcal que convierte el amor en performance.

El feminismo nos empuja a desnudar estas dinámicas: ¿qué tan libres son realmente los hombres de desear?, ¿qué tan suyas son sus elecciones?, ¿no será que su supuesto «hetero-deseo» está atravesado por la aprobación masculina, cargada de un trasfondo homoerótico que nunca reconocen?

Nombrar esto incomoda, pero es urgente. Porque mientras los hombres construyen sus vínculos afectivos desde la competencia y la mirada de otros hombres, las mujeres siguen siendo reducidas a medallas. Y aquí la exigencia es clara: nos negamos a seguir siendo espejos para la hombría ajena. Queremos relaciones donde la mirada femenina sea el centro, no el adorno; vínculos que no se definan por el estatus ni por la validación entre pares, sino por la igualdad, el reconocimiento y la libertad real de elegirnos.

El amor no puede seguir siendo un ring entre varones ni un escenario de homoerotismo encubierto: debe convertirse en un espacio de emancipación, respeto y deseo libre. La tarea es colectiva: desmontar el teatro del machismo y reclamar el derecho a relaciones que no nos usen como trofeos, sino que nos reconozcan como lo que somos: sujetas plenas, autónomas y libres

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

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