La Trilogía del feminismo

por Paloma Cecilia Barraza Cárdenas

Por Paloma Barraza 

 

“El cine no es como un libro;

no es en absoluto el ‘bebé’ de quien escribe.

Tanta gente ha puesto su talento en él,

que una se siente agradecida por lo que han hecho

y no siente posesión alguna al respecto”.

Ruth Prawer Jhabval

 

Hay historias que no caben en una sola voz. El feminismo es una de ellas. Su naturaleza compleja, atrevida y cambiante exige relevos narrativos, nuevos lenguajes y distintas formas de acercamiento. Hace unos meses una convocatoria editorial llamó poderosamente mi atención. Se trataba de redactar un capítulo para un libro de divulgación con perspectiva de género dirigido a juventudes. Como no podía ser de otra manera, me sumé a la aventura. El proyecto me pareció fascinante, pues se trataba de una obra donde diversas voces podían dialogar sobre feminismos y familias. Sin embargo, representaba también el gran reto de escribir para nuevas generaciones.

El primer desafío fue des-academizarme. Quienes trabajamos en investigación conocemos bien la dificultad de salir de la jaula del lenguaje técnico. Pero, si quería potencia en mi mensaje, era necesario olvidarse de las interminables citas y definiciones, y encontrar un lenguaje atractivo y común. Opté por usar referencias cinematográficas y televisivas, pues, a mi juicio, son una especie de limbo intergeneracional. Así nació Los fantasmas del feminismo. Pasado, presente y futuro, un capítulo pensado como una trilogía donde el movimiento feminista aparece como una gran película dividida en tres actos.

La precuela nos remite a los Siglos XVIII y XIX, con nombres muy conocidos como Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft. Ellas encendieron la llama al reclamar ciudadanía y derechos en sociedades donde se nos negaba humanidad. Esa genealogía es innegable, pero aquí aparece uno de los fantasmas del pasado. Los antecedentes suelen escribirse desde los centros de poder, y la historia más contada del feminismo está profundamente marcada por un sesgo eurocéntrico y “occidental”.

Al centrarse en el “Norte global”, esta narrativa deja en penumbra las luchas de mujeres obreras, campesinas, indígenas o afrodescendientes, quienes también resistieron, muchas veces al enfrentar simultáneamente el patriarcado, el colonialismo, el capitalismo y otros espectros de la opresión. Reconocer esa omisión no es restar mérito a las pioneras europeas y norteamericanas; es recordar que el feminismo es múltiple, heterogéneo y diverso, y sus raíces se nutren también de historias filmadas en otras latitudes.

La película en cartelera es nuestro presente. Y como en todo guion de suspenso, hay contradicciones. Por un lado, celebramos conquistas tal vez impensables para nuestras antecesoras. Las mujeres votan, legislan, juzgan, gobiernan y crean redes de sororidad global. Por otro, enfrentamos violencia brutal. Feminicidios, desapariciones, violaciones y desigualdades estructurales por todas partes. El patriarcado, como un villano de terror, siempre regresa. Cambia de máscara. Sin embargo, el presente también nos regala un feminismo más diverso: interseccional, digital, comunitario, queer, afro, indígena, etc. Un feminismo que no pide permiso para ocupar la escena pública y se atreve a interpelar a instituciones, Estados, religiones e imperios. Un feminismo que ha encontrado en su pluralidad una fuente de potencia política.

Y aquí llega la tercera parte de la saga, próxima a estrenarse. El porvenir del feminismo no puede ser una secuela hollywoodense ni un libreto importado. Para mí, el futuro debe ser decolonial. Esto significa reconocer que la opresión no se reduce al patriarcado. También en la producción se atraviesan el racismo, el clasismo, la homofobia o la colonialidad. Y esas estructuras no se desmontan con respuestas parciales. Se necesita un feminismo capaz de escribir sus propios guiones desde Abya Yala, desde nuestros territorios, desde México, con nuestras palabras, nuestras historias y nuestras heridas. Un feminismo que, sin negar la importancia de las genealogías foráneas, se atreva a colocar en el centro las luchas locales y comunitarias.

Al escribir este capítulo confirmé algo que siempre he creído: hablar de feminismo no debe ser un lujo intelectual, es una necesidad histórica. Conocer su pasado, sus luchas y sus contradicciones nos permite entender por qué gozamos de ciertos derechos hoy, pero también por qué tantas desigualdades persisten. Saber de feminismo es reconocernos en una genealogía de mujeres y disidencias, quienes no se resignaron al silencio. Es entender el presente con mayor lucidez y, sobre todo, dotarnos de herramientas críticas para transformar el futuro.

Pero más allá del libro, hoy quiero subrayar algo igual de valioso. La importancia de multiplicar espacios de divulgación. El texto académico se abre en forma de libro y el libro se amplifica en medios como esta periódica digital. Es, si se me permite la expresión, divulgación de la divulgación. Porque escribir para quien quiere leer es abrir la puerta a preguntas fundamentales. Una manera de tender más puentes, de abrir ventanas, de asegurarnos de que las reflexiones feministas lleguen a más oídos, pantallas y conciencias.

En esa sintonía, resulta realmente alentadora la promoción de proyectos editoriales desde la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED), los cuales reúnen tantas voces, estilos y disciplinas. Desde la ópera hasta la historia local, desde la filosofía hasta el derecho, las letras de esta obra amplían el mapa del pensamiento feminista para recordarnos que la igualdad se escribe en plural. El Instituto de Investigaciones Jurídicas y la Editorial UJED han apostado por la accesibilidad del conocimiento al ofrecer estas obras de manera gratuita y en línea. Una estrategia para convertir la palabra en patrimonio común y reafirmar el compromiso de la universidad pública con la educación, la cultura y la justicia social.

El feminismo no es una película terminada. Es una historia en construcción. En esa trama, los fantasmas del pasado nos atormentan, los dilemas del presente nos desafían y los futuros posibles nos llaman a la imaginación política. Mi deseo, al final, es que quienes lean estas líneas, especialmente las juventudes, no se conformen con mirar desde la butaca. Que sepan que el feminismo se hereda como valentía. La valentía de imaginar lo imposible y hacerlo realidad.

 

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

Imagen hecha con IA por LCR

Loading

Comenta con Facebook

También te podría interesar

Ir al contenido