Por Paloma Barraza
“Los hombres, ya sabes.
Creen que un ‘no’ es un ‘sí’ y que ‘lárgate’ significa ‘tómame, soy tuya’.”
Megara
Después de la creación, la tierra era un caos total. Un mundo mitológico sumido en el desorden, a la espera de armonía entre las deidades, la humanidad y todo lo intermedio. Pero incluso en los mitos y películas, la paz jamás ha sido simple.
«Pocas palabras son tan frecuentemente usadas y abusadas como la palabra paz», escribió Galtung, ese viejo titán de los conflictos humanos. Y, sin embargo, seguimos nombrándola. Porque a pesar del desgaste, de su tono de discurso diplomático, de su romantización institucional, la paz sigue siendo un ideal vivo. Pero una advertencia en este cuento: la paz que no piensa en las mujeres, no es paz. Es silencio.
Como las tierras en disputa del Olimpo, los cuerpos de las mujeres también son territorios políticos. Como los campos de batalla, sus vidas están cruzadas por peligrosas minas. La brecha salarial, la precarización del cuidado, la exclusión de los espacios de poder, las violencias en razón de género, son sólo algunos ejemplos. Y, sin embargo, se les exige la paz y la virtud. Se les reclama una armonía que jamás se les ofrece.
En la actualidad, los discursos sobre los derechos humanos deslumbran en los foros internacionales, pero se desvanecen en los hogares, en las prisiones, en las oficinas de gobierno y en las salas de audiencia. El reto no es minúsculo: ¿cómo construir una cultura de paz sin incluir la vida y la voz de las mujeres en cada uno de sus trazos? No es suficiente esa invitación a la escena, como si nos hicieran un favor; no queremos ser damiselas en peligro con la ilusión de que otros decidan rescatarnos. La senda no admite ya la espera ni el permiso. No basta ser fuerte, ni es cosa de suerte. Hay que superarse y crecer.
Las violencias enfrentadas por las mujeres no siempre gritan. A veces hablan bajito. Se disfrazan de norma, de trámite, de omisión. Algunas son visibles como golpes o feminicidios, pero otras son más sigilosas: están en los sueldos dispares, en esas mesas políticas donde no hay mujeres, en la justicia que jamás llega. Galtung hablaba de violencia estructural. Esa que no tiene espada, pero sí daña; que no golpea, pero margina; que no mata, pero deja morir.
¿Y cómo erradicar lo que no siempre se ve? ¿Cómo nombrar lo que no deja cicatriz, pero sí un gran vacío? Para responder estas preguntas, necesitamos ir más allá del lugar común de la paz como “ausencia de guerra”. Necesitamos una mirada feminista para desenmascarar las formas cotidianas, sutiles y sistemáticas en las que se vulneran los derechos de las mujeres bajo un orden presentado como pacífico, pero que es profundamente desigual.
Porque la paz es una promesa. Y una promesa sin mujeres no es un proyecto civilizatorio, es una estrategia de exclusión, la cual lejos de dar seguridad y certeza, infunde pena y pánico. Hay violencias heredadas, aprendidas, normalizadas. La violencia estructural contra las mujeres opera así: no siempre deja marcas visibles, pero sí heridas sociales profundas. Su silencio es corrosivo; se filtra en todas partes hasta volverse parte del paisaje.
Como escribió Galtung, esa violencia aparece cuando nuestras vidas reales quedan muy por debajo de lo que podrían ser. Cuando una niña no puede estudiar porque “debe” cuidar. Cuando una mujer es discriminada por un sistema de justicia que no habla su idioma. Cuando una adolescente sobrevive a la violencia en su hogar, pero no a la burocracia institucional diseñada para negarle protección. La brecha entre lo posible y lo real es un campo de violencia. Y cuando esa brecha es evitable, como tantas veces lo es, entonces no hay excusas, hay responsabilidad.
También es violencia el Estado indiferente, las políticas inactivas, las leyes inútiles, la justicia tardía. Cuando miles de mujeres en una sociedad son violentadas sistemáticamente y la respuesta institucional es ineficaz o indolente, hablamos de una estructura defectuosa y que nunca fue hecha para nosotras. Pero la voz interior, esa que insiste en que sí pertenecemos ahí, se convierte en la forma de seguir. Sin miedo y con valor.
En México las cifras son brutales. Pero los números no dicen todo. Porque no cuentan la historia de las denuncias ignoradas, de las carpetas de investigación dormidas, de los feminicidios mal clasificados. Quizás el dato más atroz no está en la cifra, sino en aquello que permite la existencia de esa cifra: negligencia, impunidad, machismo institucionalizado.
Y todo esto forma parte de un continuum de violencia, como señaló Liz Kelly, donde cada forma de agresión, por más «leve» que parezca, está conectada con las más extremas. No hay jerarquías en el horror. No hay golpes pequeños. Una burla sexista en la oficina y un feminicidio no son hechos desconectados: son puntos dentro de la misma red de opresión. No entenderlo así es perpetuar la fragmentación y diluir la urgencia.
Las estadísticas internacionales son igualmente sombrías. Una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de violencia física o sexual, muchas de ellas desde la infancia. Y aunque sobrevivan, muchas arrastran consecuencias invisibles: ansiedad, depresión, enfermedades, aislamiento, silencios. La violencia no siempre termina cuando cesa el golpe. A veces, recién empieza.
En este sentido, la labor de erradicar la violencia contra las mujeres se asemeja menos a una firma en un tratado y más a la gesta de una figura heroica improbable. Y no hablo de una persona, sino de un movimiento. La epopeya no es solitaria. Ningún héroe o heroína vence sin aliadas, sin redes, sin comunidad. El camino hacia una cultura de paz con justicia de género exige complicidades, estrategias, conocimiento crítico y acción colectiva. Porque la paz que ignoró a las mujeres nunca fue paz, sino un pacto tácito con el silencio; y el trabajo heroico de nuestro tiempo no es vencer monstruos mitológicos, sino desmantelar las estructuras reales que los engendran y les permiten reinar.
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