Por Sofía Gamboa
Apenas me enteré, antier, de que había salido el libro de Jacinda Ardern, supe de inmediato que tenía que leerlo. Fue como cuando te obsesionas con una canción que no puedes dejar de escuchar, o con una historia que sientes que te habla directamente al corazón. Sabía que, tratándose de la líder que, en mi opinión, gestionó mejor la crisis sanitaria del COVID, este libro no sería solo una memoria más, sino un manifiesto. Una declaración de principios. Una brújula para todas las mujeres que creemos que el poder no tiene por qué estar ligado a la violencia, el cinismo o el ego.
Jacinda Ardern fue primera ministra de Nueva Zelanda de 2017 a 2023, la más joven en llegar a dicha posición en 150 años. Llegó al poder con 37 años, embarazada, introvertida, y con una voz suave que muchos confundieron con debilidad. Pero lo que hizo fue revolucionario: lideró con empatía, con ternura, con humanidad. Y lo hizo en medio de algunas de las peores crisis que ha vivido su país.
El arte de sostener un país en crisis
Durante su mandato, enfrentó:
El atentado terrorista en Christchurch: Su respuesta fue inmediata y compasiva. Se negó a nombrar al atacante, uso velo en señal de respeto a las víctimas musulmanas, y reformó las leyes de armas en menos de un mes. Su frase “Ellos son nosotros” se volvió símbolo de unidad.
La pandemia de COVID-19: Implementó una estrategia de eliminación del virus, con cierres tempranos, comunicación clara y apoyo social. Nueva Zelanda tuvo una de las tasas de mortalidad más bajas del mundo.
La erupción del volcán Whakaari: Coordinó personalmente la respuesta de emergencia, visitó a los heridos y priorizó el bienestar emocional de las familias afectadas.
El presupuesto del bienestar: En lugar de medir el éxito por el PIB, introdujo un presupuesto centrado en salud mental, equidad y bienestar infantil. Fue el primero de su tipo en el mundo.
La infancia que moldeó una visión
Jacinda creció en Murupara, un pueblo rural con fuerte presencia de comunidades originarias maorí. Su padre era policía y su madre trabajaba en la escuela. Desde pequeña fue observadora, sensible, y profundamente consciente de las injusticias.
Recuerda haber visto a un niño llegar descalzo a clase en pleno invierno. Esa imagen la marcó para siempre, haciéndola profundamente sensible a las desigualdades sociales. Fue ese momento, lo que la hizo voltear la mirada hacia las causas sociales, generándole una vocación por la justicia que más tarde se transformaría en liderazgo político.
Valor que reforzo a los 20 años, al tomar una de las decisiones más difíciles de su vida: dejar la Iglesia Mormona, religión inculcada en su hogar desde la infancia. Lo hizo al no poder conciliar sus convicciones feministas con las enseñanzas de la iglesia, especialmente en lo que respecta a los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBT. Fue un acto de coherencia y valentía, una muestra temprana de la integridad que más tarde definiría su liderazgo.
En ese momento, Jacinda compartía casa con amigos que se identificaban como parte de esa comunidad, y fue precisamente la cercanía con sus historias, sus luchas cotidianas y su dignidad lo que marcó un punto de inflexión. Ver de cerca la injusticia que enfrentaban reforzó su compromiso con la inclusión, la justicia social y la defensa de los derechos humanos.
La introvertida que llegó al poder
En su libro, Jacinda comenta que era tan tímida que evitaba hablar en público. Preferìa escribir y observar. Su timidez era tal que su madre incluso pensaba que jamás podría dedicarse a la política. Y, sin embargo, lo hizo. No porque anhelara el poder, sino porque sentía una necesidad profunda de cambiar las cosas. Y lo hizo sin dejar de ser ella misma, liderando desde la autenticidad, la escucha y la empatía.
Jacinda no fingió ser extrovertida. No le gustaban los reflectores ni los discursos. Pero encontró en la política una forma de canalizar su empatía y su deseo de justicia. Usó su capacidad de escuchar, su sensibilidad y su claridad moral como herramientas de liderazgo. En su libro, habla abiertamente de su síndrome del impostor, de sus dudas, de sus miedos. Pero también de cómo esos “vacíos de confianza” pueden ser útiles: te obligan a prepararte más, a escuchar mejor, a no dar nada por sentado.
Su relación con los maoríes
Ardern, al haber nacido en una comunidad con fuerte presencia del pueblo maorí, fue una aliada genuina de ellos y una de las lideres más comprometidas con la reconciliación histórica con dicho pueblo. Reconoció el Te Reo Māori como lengua oficial, aumentó el presupuesto para salud y educación indígena, y participó activamente en ceremonias tradicionales. No como acto simbólico, sino como muestra de respeto profundo. Apoyo a la soberanía cultural, incluyendo la devolución de tierras y recursos.
Los líderes iwi la describen como “una aliada que escucha, no que impone”, una frase que resume su estilo de liderazgo basado en la escucha activa y la humildad política.
A Different Kind of Power: más que un libr
Este libro no es una autobiografía política. Es una memoria íntima, escrita con honestidad y sin adornos. Jacinda lo llama “terapia con fecha de entrega” 1. En él:
Jacinda Ardern describe su infancia no como extraordinaria, sino como la de una niña común en una comunidad conservadora y mormona. Se presenta a sí misma como una estudiante aplicada, aunque no sobresaliente, con una sensibilidad emocional muy marcada.
Su relato está lleno de momentos cotidianos, pero también de una conciencia temprana sobre la desigualdad y la necesidad de cuidar a los demás, lo que más tarde se convertiría en el núcleo de su estilo de liderazgo. Relata que no parecía destinada al poder, y que su camino hacia la política fue gradual, impulsado más por su pasión por la justicia social que por una ambición personal.
Cuando asumió el liderazgo del Partido Laborista en 2017, Jacinda tenía apenas 37 años y estaba en las primeras semanas de embarazo. Lo mantuvo en secreto durante las intensas negociaciones de coalición que la llevarían a convertirse en primera ministra. En su libro, relata con franqueza cómo vivió ese momento: entre náuseas, reuniones maratónicas y la presión de demostrar que podía liderar un país.
Su embarazo no fue un obstáculo, sino una reafirmación de que la política debía abrir espacio a todas las realidades personales. Fue la segunda mujer en la historia en dar a luz mientras ocupaba el cargo de jefa de gobierno, después de Benazir Bhutto en Pakistán, y lo hizo sin pedir disculpas, sin esconderse y sin dejar de ejercer el poder con firmeza y ternura.
Uno de los momentos más simbólicos de su mandato fue cuando llevó a su hija Neve, de apenas tres meses, a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su pareja, Clarke Gayford, la acompañó como cuidador principal. La imagen de Jacinda con su bebé en brazos, en uno de los foros más importantes del mundo, dio la vuelta al planeta. No fue un acto de marketing político, sino una declaración de principios: que la maternidad y el liderazgo no son excluyentes. Que una mujer puede hablar de paz, cambio climático y derechos humanos mientras amamanta a su hija. Que el poder también puede tener rostro de madre.
Jacinda Ardern relata un susto de cáncer que vivió en 2022, cuando los médicos detectaron un bulto en su pecho. Aunque finalmente no fue maligno, la experiencia la confrontó con su propia vulnerabilidad y la llevó a considerar seriamente su renuncia como primera ministra. Este episodio reforzó su convicción de que el liderazgo no debe ejercerse a costa del bienestar personal, y que reconocer los propios límites también es una forma de ejercer el poder con integridad.
Describe que fue confrontada violentamente por un hombre en un baño público. El encuentro fue tan intimidante que, por primera vez en su vida política, temió por su seguridad física. Este momento la marcó profundamente, no solo como líder, sino como mujer, y la llevó a reflexionar sobre la violencia de género, el costo emocional del poder y la necesidad urgente de proteger a las mujeres en todos los espacios, incluso aquellos que deberían ser seguros por definición.
En A Different Kind of Power, Jacinda Ardern reflexiona con honestidad sobre las tensiones entre el poder, la maternidad, la compasión y la renuncia. Habla de lo que significa liderar un país mientras se cría a una hija pequeña, y de cómo reconocer los propios límites puede ser un acto de valentía. Su decisión de renunciar no fue una huida, sino una afirmación de que el poder no debe ejercerse a costa del bienestar personal. Para ella, liderar también implica reconocer el momento adecuado para hacerse a un lado y permitir que nuevas voces continúen la tarea.
Jacinda no solo fue una primera ministra joven y madre en funciones. Fue una mujer introvertida, criada en un pueblo pobre, que decidió que la política no tenía que ser un juego de máscaras. Que se podía liderar desde la ternura, desde la escucha, desde la compasión.
Un legado para todas las mujeres
Este libro no es solo una memoria política. Es una guía para liderar sin perder el alma. Una invitación a imaginar otro tipo de liderazgo: uno donde la empatía no es debilidad, sino estrategia; donde la maternidad no es un obstáculo, sino una fuente de sabiduría; donde el poder no se ejerce desde el miedo, sino desde la conexión.
Ardern nos propone repensar el liderazgo desde lo humano, desde lo ético, desde lo compasivo. No tiene por qué ser agresivo ni autoritario. Puede ser compasivo, reflexivo y profundamente ético. Nos recuerda que podemos cambiar el mundo sin pedir permiso. Que no debemos corrompernos para sobrevivir en el poder, sino transformar el poder para que sobreviva lo mejor de nosotras.
Este libro es asombroso. Un manifiesto. Es un texto que toda mujer debería leer, no solo como inspiración, sino como brújula. Y yo lo recibo como una promesa: la de que otro poder es posible. Y ese nuevo modo de ejercer el poder, más humano, más justo, más nuestro, ya ha comenzado a abrirse camino.
@GamboaSofia
Foto Capturas desde X. Composición LCR
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