El factor M

por Azucena Cháidez

Por Azucena Cháidez Montenegro

El tiempo no se detiene. Suena trillado, pero es una realidad de la que no hay escapatoria. No importa cuánto temor genere llegar a cierta edad, a un momento o a una etapa de vida. Eventualmente, llega. Así, el paso del tiempo, inevitable como es, sigue siendo poco aceptado en las narrativas dominantes. La eterna juventud se nos muestra en publicidad y productos, en series de televisión, películas y por supuesto: en redes sociales. La mayor parte de la conversación pública gira entorno y se dirige a la juventud. Desde revistas y libros para acompañar el café hasta artículos académicos abordan la infancia, el duro paso por la adolescencia y la entrada en la vida adulta. La serie de cambios físicos asociados a la maternidad están por todos lados. Incluso las famosas crisis de la mitad de la vida – especialmente en el caso masculino- son temas fáciles de encontrar en múltiples fuentes de información formal, académica e informal incluyendo revistas del corazón o de estilo de vida.

Sin embargo, la etapa asociada a la vida adulta de la mujer donde su cuerpo también sufre cambios drásticos, como es la menopausia, asociada a la vejez, es mucho menos visible en el imaginario colectivo, en la conversación pública y en medios de comunicación de cualquier tipo. Pensémoslo así: desde que entramos a la adolescencia nos explican en las escuelas todo el proceso de maduración de los órganos reproductivos femeninos y masculinos. Nos explican hasta el cansancio el proceso de la menstruación, del embarazo, de la maternidad. Pero no recuerdo una sola clase donde ni por no dejar, nos mencionaran el proceso por el que dejan de funcionar ovarios, óvulos y todo lo relacionado a su función.

La dinámica social habla mucho de cómo somos madres. Pero no de cómo cambia el cuerpo cuando todo el sistema reproductivo termina su función.  Hablar de menopausia, para muchas, significa hablar de envejecer. Y envejecer no es taquillero. Para la narrativa social, es el equivalente a perder valor. Sin embargo, en una sociedad que tiene una esperanza de vida promedio de 74 años, llegar a los 45 o 50 años…indica aún un largo camino por recorrer. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en 2021, las mujeres de edad igual o superior a 50 años representaban cerca del 30% de toda la población femenina mundial, mientras que diez años antes esta proporción solo alcanzaba el 22%. Además, actualmente la vida de las mujeres se ha alargado. A nivel mundial, en 2019 una mujer de 60 años podría esperar vivir, en promedio, 21 años más. ¡Qué importante es entonces, nombrar lo que nos pasa en ese periodo!

La menopausia está definida por la interrupción definitiva de la menstruación. A decir de varios centros médicos, se “diagnostica” al cumplir un año después de que ésta se haya suspendido. Lo esperado es que se presente entre los 45 y los 55 años y está marcada por cambios físicos significativos: desde los famosos bochornos, hasta problemas del sueño, cambios de estado de ánimo, sudoraciones nocturnas, o incluso afectaciones cardiacas, de la memoria, problemas dentales y problemas de desempeño cognitivo. Los cambios hormonales de las mujeres tienen implicaciones que van incluso correlacionadas con un aumento en la probabilidad de desarrollar afectaciones graves como el Alzheimer. No sólo se reduce a los bochornos con los que frecuentemente se caricaturiza en televisión esta etapa de la vida.

Diversos estudios y movimientos recientes en torno al tema destacan la importancia de una atención integral: es una etapa de la vida de las mujeres de la que se habla poco y en torno a la que se han generado dinámicas de silencio e incluso tabúes y estigmas. Nadie habla de los bochornos salvo que sean insoportables. Nadie habla de los problemas de concentración o de sueño salvo que sean aislados y sin vincularlos a la vejez. El silencio que ronda a la madurez tardía acompañado de los mil y un remedios para evitar que el paso del tiempo se note, parecieran indicar que podemos ser jóvenes eternamente o que no hay orgullo en el paso del tiempo. Sin embargo, es indiscutible que los síntomas de la perimenopausia (periodo previo a la menopausia) y de la propia menopausia existen y pueden durar varios años. Cada mujer lo experimenta de manera diferente, no hay duda.

De acuerdo con el National Institute on Aging (NIA), los síntomas de este periodo pueden durar entre dos y ocho años. No es un periodo corto. ¿Por qué tendríamos que pasar hasta ocho años sin atendernos adecuadamente, entender a cabalidad el proceso que atravesamos sin pretender ocultar lo que nos sucede? Este mismo instituto (NIA) indica que, durante este periodo, el cuerpo utiliza la energía de forma diferente por lo que la distribución de grasa en el cuerpo se modifica, pueden presentarse cambios en la densidad ósea y la salud del corazón.

Llama la atención que las recomendaciones que dan los sitios médicos, ya que se enfocan en “alimentación saludable, mantenerse activa y tomar vitaminas como calcio o vitamina D.” Por supuesto que estas recomendaciones son ideales para cualquier etapa de la vida. Sin embargo, es raro encontrar información o directrices enfocadas, por ejemplo, a las terapias de reemplazo hormonal, que tuvieron mala fama en sus inicios y que se ha demostrado su evolución como opciones seguras para una buena parte de la población femenina. En general, se observa una tendencia a un cuidado fragmentado de la menopausia, que atiende sus síntomas por separado: si hay incontinencia, vea a un urólogo; si hay cansancio, depresión o problemas de concentración, vaya con un profesional de la salud mental; si hay palpitaciones o sofocos, acuda a un cardiólogo. Como si la atención a la menopausia en realidad fuera sólo la atención fragmentada de los síntomas y no de una etapa de vida integral que requiere atención unificada. Me hace pensar en un COVID donde sólo se controla la fiebre, sin antibiótico para atender la causa real del malestar.

Quizás falta información, investigación o una visión unificada de la edad adulta. Dudo que quienes me leen –incluida yo- consideren que a los 45 años somos ancianos. Si bien nuestro desempeño físico no es el mismo que el de hace 20 años. Simplemente hemos llegado a otra etapa de la vida, hemos concluido un ciclo reproductivo. Pero estoy cierta que estamos en un momento muy activo de la vida. Con familias, trabajos y sueños que atender. Con muchos planes por ejecutar, y lejos de sentirnos obsoletas y cerca del retiro.

Objetivamente, la expectativa de vida de hombres y mujeres en estos tiempos deja a los 45 años a la mitad del camino. Y la menopausia debiera entenderse como eso: un paso más en el trayecto y no el final de éste.

¿Debemos entonces ocultarla? ¿Dejar de hablar de ella? ¿Negarla pensando que la falta de sueño, el cansancio o las taquicardias, son siempre producto del estrés? Hace falta hablar de cómo evolucionamos. Aceptarnos y entendernos. Estudiarnos más. Hacen falta especialistas que integren los síntomas y nos ayuden a comprender y abrazar mejor el proceso. Mientras la ciencia estudia mejor cómo es, cambia y se modifica el cuerpo de las mujeres en este momento de vida, nos toca a nosotras mismas conocernos, escucharnos y buscar estar en el mejor estado posible. Una vía es iniciar por reconocer los cambios. Y aceptar que no hay más que orgullo y entusiasmo por llegar al inicio de un nuevo ciclo de vida.

 

 

Foto pixel shot, desde Canva Equipos. Composición LCR

 

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

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