Amor entre mujeres ¿Mito o utopía?

Para los hombres y los señores que escribieron la historia, es necesario crear la eterna narrativa de que las mujeres nos herimos peor que cualquier hombre

por Silvana Ornelas

Hace muchos años las mujeres éramos consideradas diosas, las civilizaciones estaban establecidas por grupos donde la figura femenina intervenía directamente en la toma de desiciones colectivas.

La historia es como la pizza en la piña, hay a quien le gusta y a quien no. A mí en lo personal me gustan la historia y la pizza, la historia me ayuda a comprender a la sociedad actual porque mi personalidad sensible siempre está en busca de respuestas para no atormentarme a mí misma. Hace algunos años mi vida descubrió el feminismo y eso, me ha dado las mejores y las más amargas experiencias.
En la historia encontramos claros ejemplos de rivalidades entre mujeres. Histórica y telenovelezcamente: «el peor enemigo de una mujer es otra mujer». Crecemos y vivimos pensando eso en un país donde 12 mujeres son asesinadas al día y cientos más son desaparecidas a manos de hombres que actúan cobijados por la impunidad.
La primera vez que me cuestione este pensamiento, fue al leer en textos griegos el mito de Medusa, aquel ser mitológico con cabellos de serpiente que convierte a los hombres en piedra con solo una mirada.
La historia contada por los señores, la convierte en un monstruo, castigada por una «ofensa», pero la más antigua cuenta que era una sacerdotisa víctima de violación a manos de Poseidon dentro de uno de los templos de Atenea, quien al enterarse -¿enfurece?- y decide convertirla en ese ser mitológico que vive en una cueva lejos de los hombres y solo aquellos que se acercan demasiado quedan convertidos en piedra.
Fue cuando decidí embarcarme en mi propia investigación acerca del mito de medusa pues no entendí la rabia de Atenea y el castigo si fue Medusa quien habia sido agredida.
Después de muchos textos sin sustento, descubrí algunos escritos por mujeres que eran más amorosos y donde explicaban que Atenea no la maldijo, al enterarse que fue violada para tratar de aliviar su sufrimiento, le entrego esos dones para que ningun hombre pudiese lastimarla de nuevo. Desmontar esos mitos es también romper nuestras propias creencias y narrativas.
Para los hombres y los señores que escribieron la historia, es necesario crear la eterna narrativa de que las mujeres nos herimos peor que cualquier hombre. Claro, es más rentable. Nos han hecho creer que la amistad entre mujeres es algo impensable.
Mientras escribo estas líneas, reflexiono desde el corazón que este año, 3 mujeres que tenía en alta estima me rompieron el corazón y ese dolor se coronó como la máxima experiencia de resistencia vivida hasta ahora. Aún hoy, me siento a mitad de ese salto cuántico que da el alma cuando decide cambiar todos los parámetros y tomar un nuevo rumbo, cuando termina el ciclo y todo vuelve a comenzar.
Desde que me asumí Feminista comencé a desmenuzar mi propia historia y me prometí no lastimar a ninguna mujer concientemente. Pero en esa búsqueda de una mejor amiga, compañera y cómplice, me fui al extremo de entregarme sin reparo y terminé con la espada desenvainada al elegir no responder a una afrenta donde los chismes y las mentiras son la principal arma.
Pienso en Atenea y elijo creer que al recibir a Medusa envuelta en lagrimas, las limpió y amorosamente le prometió venganza, aquella que llegaría con cientos de serpientes que en todas las culturas poseen la simbología de la sabiduría, de la fortaleza, del renacimiento y la inmortalidad. Las serpientes son adoradas en muchas culturas, no solo en Egipto y en Mesopotamia las mujeres y la fertilidad eran consideradas diosas.
Pienso en las señales que dieron aquellas mujeres de que me lastimarian, y si las hubo es que no las supe ver, y es que una nunca espera que las personas que amas te dañen a placer. Y me invade la culpa, la tristeza y la decepción; me queda en la garganta lo amargo de la traición. Cierro los ojos y pienso…
Pienso en todas las mujeres que he conocido, y que esas 3 historias fueron la excepción. No me voy a referir a ellas como amigas porque ahora se que nunca lo fueron.
Pero ellas son eso que necesitaba para reventar la burbuja de idealizar a las mujeres, de romantizar los vínculos, para cuestionarme y repensar cómo es el amor.
Pienso en los ojos de mis amigas. En su cabello. Sus chistes. Lo rico que huelen sus perfumes, lo ordenadas y obsesivas que pueden llegar a ser.  Recuerdo los momentos, la contención y cómo son ellas; las que le dan tanta fuerza a la palabra amistad. Sé que existe la amistad y el amor entre mujeres porque ellas me lo demuestran. Creo en el amor por que yo lo siento. Creo en la lealtad porque es lo que vivo, y también sé que no todas las almas saben serlo y eso no es personal porque no lo saben ser ni a ellas mismas. Creo firmemente que no todas las personas tienen la oportunidad de tener, vivir y construir esos vínculos porque su intensidad llega a abrumar. Además, la reciprocidad debe existir hasta en la amistad. Pienso en la suavidad de su piel al abrazarlas, pienso en el sonido de su risa y mi corazón siente un fuego que recorre cada latido.
Sé que el amor entre mujeres puede parecer un mito, que hemos crecido con ese chip de que el amor solo es para una pareja, que la intensidad solo puede ser liberada en una relación o en el sexo. Nos dicen desde niñas que el amor todo lo puede, que el amor todo lo soporta, que es incondicional y temperamental.
Nos inyectan desde niñas ese chip En el  que es más fácil amar a un agresor que amar a una amiga.
Que las amigas son malas, envidiosas y te pueden odiar tanto que hasta te transforman tu cabello en miles de serpientes. Durante la época de la inquisición, las mujeres que andaban juntas eran acusadas de brujas y eran enviadas a la hoguera.
Llevamos siglos soportando esos mitos que buscan separar a las mujeres, romper alianzas porque cuando éstas se juntan, se mueve el mundo: se arman las revoluciones y se consiguen nuevos derechos. La evidencia empírica donde los grupos de mujeres toman el mando y construyen mejores sociedades existe, y sin embargo seguimos siento presas de las mentiras donde resulta que, esos que crecen con un sistema protegiéndolos, con el cerebro lleno de pornografía, sin responsabilidad afectiva, que inyectan inseguridades inexistentes, son inofensivos y nuestra pareja ideal. Nos convencen que nuestro sueño y máxima realización es jugar ese volado entre encontrar un «buen hombre» o uno de esos que prefieren ser asesinos antes que convertirse en padres. Eso sí, mientras las relaciones tóxicas encuentran justificación social, los pleitos entre amigas son producto hasta de escarnio público.
Nos han enseñado que las mujeres que se abrazan son lesbianas, que amar a una amiga la hace «tu novia», nos quieren vender la idea de que el lenguaje y sentimiento es igual.
Los hombres son lujuriosos y libidinosos, y cuando mantienen amistades con mujeres casi siempre es por que tienen un interés sexual. No lo digo yo, lo dicen ellos mismos cuando se vuelven celosos y posesivos, escudados en el «yo sé cómo pensamos los hombres», aunque luego se enojan si les decimos que son todos iguales; «no generalicen», imponen.
Entonces, si estamos tirando todas las estructuras y las vamos a volver a crear, también es urgente y necesario escribir nuestras propias historias para darle nuestros nuevos y propios significados a la palabra amor.
Porque es un término tan manoseado, que parece que no merece tratarlo con cuidado y hasta responsabilidad.
Yo no quiero amar a mis amigas como alguna vez creí que era el amor, porque ellas se merecen más. Creo que la verdadera revolución es la ternura y la alegría en un mundo que nos quiere apagadas, tristes y muertas.
Yo no quiero amar a mis amigas como me amaron mis ex, pero tampoco quiero que me amen como aman los hombres. A veces pienso que esas 3 mujeres me amaron en esa frecuencia del amor y por eso se empeñaron en hacerme tanto daño, o a lo mejor no me quisieron ni tantito y sus motivaciones siempre vinieron del odio. Ya no sé que es peor.

Cierro los ojos.
Pienso en estos días.
En la risa de las mujeres que conforman mi aquelarre
En la magia del sabor de la comida que preparan con sus manos
En sus palabras para recordar qué me trajo aquí, y ahora.
En la manera que me inspiran fortaleza
En sus ojos cuando hablan de las cosas que les apasionan
En su mirada cuando confiesan su vulnerabilidad
En lo auténtico de los lazos
Abro los ojos.
Creo en el amor porque ahora sé que es lo que nosotras construimos. Creo en el amor porque veo nuestra colectividad y aunque no se a donde voy, no tengo miedo porque ahora estamos juntas todas las costillas rotas y algún día nuestra utopía será realidad. La era de las mujeres ha llegado y sigue caminando, las desiciones que tomemos nos irán acercando o alejando a ella. Tenemos una responsabilidad enorme en nuestras manos, porque nuestra principal congruencia debe ser con una misma; descubrir y describir el amor entre mujeres para que el movimiento feminista se construya fuera de la visión patriarcal.

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