Por Paloma Barraza Cárdenas
“Deja que el amor guíe tus acciones…
y un día pondrás tu marca junto a todos tus ancestros”
Tanana
Toda mirada tiene un punto de partida. También un punto de ausencia. Aquello oculto por nuestra posición. Miramos el mundo desde nuestra historia, nuestras verdades y normalizaciones. Por ello, conocer es tanto descubrir lo ignorado, como desplazarse lo suficiente para volver a mirar. Comprender exige, en ese sentido, cierta disposición a sospechar de la evidencia, pues ninguna mirada agota por sí sola la realidad.
Quienes hemos hecho de la academia una parte importante de nuestra vida investigamos para producir conocimiento, comprender fenómenos complejos, formular nuevas preguntas, construir categorías, cuestionar explicaciones insuficientes y, en el mejor de los casos, aportar alguna pieza a este rompecabezas colectivo, interminable y fascinante llamado ciencia. Publicamos artículos y libros. Participamos en congresos, construimos redes académicas, discutimos nuestros hallazgos y todo ello es indispensable. Pero cuando investigamos desde una universidad pública debemos preguntarnos también, ¿qué hacemos con el conocimiento una vez producido?
La producción del conocimiento es una parte de nuestra responsabilidad. También importa cómo lo hacemos transitar, con quienes somos capaces de ponerlo en conversación, y, sobre todo, cómo conseguimos el regreso de lo investigado a nuestra comunidad. Investigar implica socializar. Desde el Instituto de Investigaciones Jurídicas (IIJ) de la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED), hemos asumido esta tarea como parte de nuestra encomienda universitaria. Un instituto de investigación debe producir conocimiento especializado, riguroso y pertinente. Pero su labor no puede agotarse en los circuitos académicos donde fue producido.
Un edificio se ocupa. Una institución de administra. Un espacio se habita cuando nuestra presencia modifica algo de él, y, al mismo tiempo, ese lugar deja algo en nosotras. Durante años hemos construido herramientas extraordinariamente sofisticadas para mirar hacia afuera. Estudiamos el Estado, al poder, las desigualdades, la discriminación, las violencias. Nos preguntamos qué ocurre cuando las instituciones fallan, cuando una diferencia se convierte en discriminación o cómo puede el derecho proteger a quien se encuentra en una relación asimétrica de poder. Y la universidad también está hecha de todo eso. Aunque entramos a la universidad pensando, razonablemente, en el aprendizaje de una profesión como objetivo, también deberíamos aspirar a poder mirar el mundo desde más lugares que el propio.
Hay una película de Disney sobre esta idea. Tierra de Osos cuenta la historia de quien consigue comprender algo que antes juzgaba cuando la vida lo obliga, literalmente, a mirar desde otro lugar. La travesía de descubrir el cambio de posición para modificar aquello que somos capaces de ver. En otros términos, educación. Porque la universidad debe impedir la observación del mundo desde un único lugar.
En la película, cada quien recibe un tótem, una orientación en su tránsito por la vida. Un principio desde el cual aprender a caminar. Las instituciones necesitan algo semejante. Una idea capaz de orientarlas cuando las respuestas dejan de ser evidentes. En una universidad, esa brújula debe ser la dignidad. Un criterio cotidiano para decidir cómo enseñamos, investigamos y convivimos. Y probablemente, una de las exigencias más difíciles para una institución dedicada al conocimiento, sea volver sobre sí misma las preguntas con las que interroga al mundo.
Una de las posibilidades del conocimiento es usar las herramientas de observación del mundo para atrevernos a mirarnos a nosotras mismas. Hace unos días tuve la oportunidad de hacerlo. Desde el IIJ unimos esfuerzos con la Facultad de Lenguas de las UJED para conversar con el estudiantado y el cuerpo docente sobre derechos humanos, perspectiva de género y prevención de las violencias. Y no siempre es fácil llevar palabras tan monumentales a esos espacios. Decir dignidad humana en una ponencia temática resulta relativamente fácil. Explicar qué tiene que ver la dignidad con un meme o una “broma” exige un poquito más.
Hablar de igualdad sustantiva entre pares es territorio conocido. Preguntarnos por qué dos estudiantes sometidas formalmente a las mismas reglas pueden no encontrarse en las mismas condiciones, obliga a cambiar el lenguaje. Y traducir conceptos difíciles a palabras sencillas corre el riesgo de reducir la difusión del conocimiento a un ejercicio de diccionario. Socializar implica poner en marcha las ideas y que lo sepa el mundo. Sacarlas del artículo, del libro, del congreso y del cubículo para comprobar qué ocurre cuando se encuentran con las auroras de la vida.
La universidad debe exponernos a ideas capaces de contradecir las nuestras. Enseñarnos a argumentar, cuestionar, defender y, llegado el caso, reconocer una equivocación. Una universidad incapaz de tolerar el desacuerdo iría como salmón contracorriente. La libertad de expresión y la pluralidad son indispensables para la vida universitaria. También lo son la igualdad, la no discriminación y el derecho a una vida libre de violencias. Y no deberíamos necesitar sacrificar una para proteger las otras. No debemos elegir entre una universidad libre y una segura. Necesitamos construir una universidad lo suficientemente libre para permitir el desacuerdo y lo suficientemente humana para impedir la deshumanización.
Aprender a mirar desde el lugar de otra persona no implica pensar como ella. Exige algo mucho más elemental y, paradójicamente, más difícil. Exige reconocer su experiencia como distinta, sin ser por ello menos real. Y eso me regresa a la palabra habitar. Habitar una universidad significa qué dejamos detrás cuando habitamos sus espacios. Quienes somos docentes tenemos una enorme responsabilidad. Una frase pronunciada desde una posición de autoridad puede permanecer en una persona mucho más tiempo que una definición aprendida para un examen.
Quienes investigamos dejamos preguntas, categorías y maneras de mirar. Quienes ocupamos compromisos institucionales dejamos decisiones. El poder, también ese poder cotidiano de una oficina, aula, calificación o firma, deja huellas. Por eso resulta indispensable pensar la ética universitaria desde los pequeños gestos. Escuchar, respetar, tolerar, reconocer un error, preguntarnos quién falta de tomar la palabra, recordar a la persona detrás del expediente, entender la ocupación de un espacio de poder como multiplicador de responsabilidad.
Desde que asumí la dirección del IIJ-UJED, he pensado mucho en esa última idea. Dirigir una institución dedicada a estudiar el derecho obliga, inevitablemente, a preguntarse qué hacemos con nuestros conocimientos sobre derechos, instituciones y poder. No tengo una respuesta definitiva, pero sí una convicción. El conocimiento, sea jurídico o feminista, debe regresar a casa. Circular por las facultades, escuelas e institutos. Encontrarse con otras disciplinas. Conversar con quienes no estudian derecho. Permitir a las investigaciones sobre género, derechos humanos, democracia, justicia o violencia abandonen sus cuevas especializadas y entren en conversación con la comunidad universitaria.
Cuando el conocimiento sale de nuestros textos, las preguntas cambian. Las personas lo confrontan con sus propias experiencias. Nuestras creencias se ponen a prueba. Y la socialización deja de ser una ruta de una sola dirección, para devolver interrogantes a quienes investigamos. También el conocimiento debe emprender su propio viaje para regresar transformado.
Entonces, ¿qué universidad queremos habitar? Una capaz de mirarse críticamente sin dejar de quererse; suficientemente plural para alojar diferencias y suficientemente responsable para reconocer sus desigualdades; una universidad donde investigar no nos aleje de la realidad y nos brinde mejores herramientas para volver a ella. Un lugar donde se puedan discutir ferozmente las ideas, mientras se cuida, radicalmente, la dignidad de todas las personas.
Después de todo, los títulos se guardan, los cargos terminan y muchas cosas aparentemente urgentes, eventualmente dejan de serlo. Probablemente, lo destinado a permanecer sea lo modificado durante el camino. Las certezas interrogadas, las realidades advertidas, la humanidad reconocida, las diferencias entendidas, entre muchos otros aprendizajes. Recorrer la universidad puede llenarnos de conocimientos. Habitarla debería transformarnos. Y el viaje habrá valido totalmente la pena.
Imagen generada para uso editorial de LCR
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