Gobernar en el sexenio más difícil (y siendo mujer)

Cuando alguien diga que no le gusta la forma de gobernar de la presidenta, vale la pena hacer dos preguntas clave:

por Anabel Abarca

Por Anabel Abarca

En las últimas semanas, tanto en reuniones familiares como con amistades, ha surgido de manera recurrente la misma pregunta: si nos gusta o no la forma de gobernar de la presidenta Claudia Sheinbaum.

En mi círculo más cercano, particularmente el núcleo familiar, es difícil encontrar a alguien que responda que sí. Como he comentado en otras ocasiones, crecí en un ambiente mayoritariamente conservador, donde durante muchos años absorbí y defendí ideas preconcebidas que parecían incuestionables. Desprenderme de ellas no fue sencillo. Sin embargo, por razones de vida, y en muchos momentos de sobrevivencia, tuve que confrontar esas certezas. La realidad me llevó a experimentar situaciones que desbordaron por completo la visión del mundo que me habían enseñado, empezando por el proceso de asumir mi propia orientación sexual.

Cuando hoy me hacen esa pregunta, mi respuesta no es automática ni acrítica. Reconozco, sin rodeos, que existen múltiples cuestionamientos legítimos al partido en el poder: una soberbia que en algunos momentos se hace evidente, perfiles francamente indefendibles que han erosionado la credibilidad del proyecto y decisiones que han generado costos institucionales importantes.

Aun así, mi respuesta es sí. Y no porque ignore el contexto, sino precisamente porque lo tengo presente.

La presidenta Sheinbaum gobierna en el sexenio más complejo de la historia reciente del país. Le ha tocado enfrentar auténticos terremotos políticos desde su propio movimiento; una crisis de seguridad que exhibe la fragilidad del Estado mexicano frente al crimen organizado; y escenarios de cogobernabilidad en diversos territorios donde ya no puede afirmarse, con honestidad, que el control sea exclusivo de las autoridades. A ello se suman las consecuencias del debilitamiento institucional heredado, producto de una austeridad mal diseñada, particularmente en áreas sensibles como la salud, cuyo impacto más doloroso ha sido el desabasto de medicamentos.

En 2024 había tres rutas posibles para el país. La que hoy vivimos. Un eventual triunfo de Xóchitl Gálvez sin mayoría en el Congreso ni control territorial. O el de Jorge Álvarez Máynez, en condiciones prácticamente idénticas. Vale la pena hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué escenario estaríamos viviendo hoy, con un presidente tan poderoso y disruptivo como Donald Trump, frente a un gobierno mexicano sin capacidad operativa, sin control político ni territorial real?

Con toda honestidad, el resultado habría sido aún más adverso.

Pero mi respuesta afirmativa no se explica sólo desde la comparación de escenarios. También tiene que ver con lo que he observado en el ejercicio cotidiano del poder. Sheinbaum ha mostrado resiliencia, capacidad técnica y una templanza poco común, incluso en circunstancias límite. Y aquí es donde la perspectiva de género se vuelve indispensable.

Una parte significativa de las críticas que recibe no se explican únicamente por sus decisiones, sino por el hecho de ser mujer. Persiste la narrativa de que gobierna a la sombra de su antecesor, como si careciera de agencia propia, de pensamiento autónomo, de voluntad política. Como si una mujer no pudiera decidir, disentir, ejecutar y gobernar sin tutela masculina. Esa lectura no sólo es simplista: es profundamente misógina.

Quien sostiene esa idea, en realidad, no está observando con atención lo que ocurre. El sello “claudista” es evidente: un gobierno más técnico, más orientado a la administración que al discurso político; integrado por perfiles que priorizan la gestión y entienden que no todas las decisiones serán populares. Un estilo que incomoda, precisamente, porque rompe con la lógica tradicional del liderazgo masculino carismático y confrontacional.

Esto no significa que todo me parezca acertado. Hay decisiones que considero francamente preocupantes, como la reforma al amparo, que limita el acceso a la justicia y afecta de manera directa a grupos históricamente vulnerables. Reconocer esto también es parte de un análisis honesto.

Por eso, cuando alguien diga que no le gusta la forma de gobernar de la presidenta, vale la pena hacer dos preguntas clave:
primero, si realmente cree que, dadas las condiciones actuales del país y del sistema político, existiría hoy un escenario objetivamente mejor;
y segundo, si detrás de ese “no” no se esconde, aunque sea de manera inconsciente una, carga de misoginia que condiciona su juicio.

Porque criticar es necesario. Pero hacerlo sin cuestionar nuestros propios sesgos, no es análisis: es prejuicio.

 

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

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