Por Mag Mantilla
Que el orden socialmente establecido se transforme para el bienestar común es la subversión social. Un evento canónico de entretenimiento global para el control de las masas jamás subvertirá el orden establecido.
Muchas personas disfrutan el Super Bowl más allá del deporte por el espectáculo de medio tiempo, siendo este el más famoso del mundo al presentar cantantes de fama mundial.
Este 2026 el show estuvo a cargo de Bad Bunny. Es innegable lo conmovedor que puede ser ver representada parte de la cultura latina en un evento tradicionalmente hegemónico y aún más con la coyuntura racista actual que vive nuestro mundo.
Dicha conmoción no se demerita, nuestro sentir de las entrañas es raíz de vida.
Sin embargo, ya que la perspectiva feminista nos dota de cuestionarlo todo y por lo tanto de avispar nuestra genuina capacidad curiosa, como mujeres concientes del patriarcado no cabe hacernos de la vista gorda y es de suma importancia cuestionar este evento que durante años ha servido, sí para el disfrute, pero también para control de las masas.
Si bien, existió una representatividad latinoamericana, esta sucedió desde el sesgo dominante romantizando aspectos de la desigualdad estructural como la pobreza. En ese sentido no debemos dejar de matizar este espectáculo, saber que no es un acto revolucionario, es un show performativo no politizado desde la conciencia social, sino desde el mercado y el discurso políticamente correcto acorde a la cultura norteamericana progresista. Una presentación que ni siquiera suscitó la valentía de nombrar con todas sus letras las miserias patriarcales del actual gobierno de Donald Trump.
Este show impacta en lo superficial, en lo efímero de las redes sociales y sólo para la temporada de Super Bowl. También, impacta hondamente en la carrera artística de Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, que después de la final del SúperTazón 2026, pasará a ser conocido ya no solo como reguetonero decolonial, sino como figura de activismo contra el odio racial. Pero el activismo es hueco si solo se queda en lo narrativo y no pasa a la acción para el cambio social de raíz.
El activismo es solo performance si no hay comprensión política honda de las condiciones sociales en que se viven, si no hay nombramiento de las injusticias y violencias que vivimos las personas de a pie.
En época de represión, acoso y asesinato por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. (ICE) hacia las personas en general —no solamente latinas sino también estadounidenses— no nombrar dicho órgano gubernamental de represión es ocultamiento de la verdad y apaciguamiento de las masas. Lo mismo ante la revelación de más de dos millones de archivos en el caso Espstein.
Pero claro, no se le piden peras al olmo, este escrito desea exponer la importancia de no confundir resistencia política y actos de subversión con show y performance que generan ganancias para las élites fascistas, racistas, misóginas, caníbales, pedofilas, incestuosas, capitalistas, en resumen: patriarcales.
El acto político —la transformación radical que genera bienestar común— no la suscita ningún reguetonero, figura en voga, ni discurso pop. Lo suscitamos las personas de a pie bien informadas, organizadas y creando comunalidad.
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