Por Guadalupe López García
De la sombra al canto. Disertaciones, de Rosalba Cruz López, es un libro que provoca a la reflexión para sentir el cuerpo, sentir la voz, sentir la vida. Es un buen pretexto para hablar de la escritura de las mujeres en la presentación de esta pequeña obra con el sello editorial de Nosótricas Ediciones.
El diario o la biografía o autobiografía han sido clasificadas como un género literario íntimo, la historia de la vida personal. Ahí se puede plasmar nuestra experiencia como mujeres, con cuerpo de mujeres, con historia de mujeres. Como el Querido Diario, de Marcela Guijosa, quien escribió durante años en la revista fem, la primera publicación feminista en América Latina. Ahí narraba su vida cotidiana, como si fuera una plática entre mujeres, Leer ese querido diario era como estar en una sala, entre comadres, entre amigas, entre cómplices, entre aliadas. Así nomás, como si saliera la plática de la nada: “¿Qué crees que me pasó?”, “¡Qué te cuento!”, “¿A que no sabes a quién me encontré?”, “Aquí entre nos…”, “¿A que no saben qué?”
Marcela no solo plasmó lo que le pasaba, sus reflexiones, lo que la entristecía o la alegraba o cómo era vivir siendo feminista. A través de su vida reflejaba la vida de las demás. Le dio un sentido político a la vida cotidiana, aquella que se compara con la rutina, lo ordinario, lo sencillo. Trasladó (y tradujo) la teoría y los análisis feministas a la vida cotidiana, a esa vida en la que nos movemos las mujeres todos los días, desde su experiencia y la experiencia de las mujeres a las que retrató con palabras. Aunque claro está, ahora muchas lo hacen desde la tribuna y los espacios del poder público, político y económico.
En esos espacios en los que nos desarrollamos, las mujeres escribimos, escribimos mucho, sin atender los cánones literarios, de la “gran literatura”, sino que recreamos aconteceres con nuestra experiencia, con el cuerpo de mujer, con la voz de mujer. No es naturaleza humana. El patriarcado nos ha moldeado en esa cultura de opresión, explotación y subordinación de las mujeres y nos ha arrebatado el tiempo de creación, un bien preciado para las mujeres.
Ya desde antes hablaban de la escritura de mujeres como un subgénero literario. Muchas ya tienen un lugar en esa historia, aunque a algunas les falte esa perspectiva feminista. Quizá a algunas no les ha costado mucho andar por ese camino, pero la mayoría tiene dificultad para publicar. En principio, para escribir como un ejercicio más allá de lo anecdotario.
Pero siempre hay resistencia; siempre hay fisuras por donde nosotras podemos crear, recrear y transformar, a través de las letras o el canto. No es fácil ser feminista ni antes ni ahora. Nos persigue la sombra de la sospecha, desde que vamos al mercado, a un parque, al trabajo o por donde caminamos. Por eso me atreví a escribir una crónica feminista en el portal de Mujeresnet.info. Y Marcela fue mi referente.
En mis crónicas ya he hablado de eso y de cómo las mujeres somos pedacitos de muchas mujeres, muchos escenarios, muchas historias. No somos excepcionales, únicas, pero nuestros escritos son nuestra huella digital. Cada palabra refleja el pensamiento, la lucidez, la locura. Es una cartografía léxica que nos puede llevar por callejones, retornos, laberintos o por vías rectas o con curvas. Caminos intricados o asequibles. Nos llenan de incertidumbre o nos ofrecen oscuridad o claridad, tranquilidad o caos. Son laberintos de palabras con muchas puertas de entrada y de salida.
Ahí están muchos huecos en los que nos quedamos atrapadas o desde los cuales nos impulsamos, como lo que creo que le pasó a la querida Rosalba Cruz López. ¿Cómo la llamaré? Escritora, poeta, compositora, interprete, promotora cultural, vivaracha, abierta, trabajadora sociomusical, terapeuta de la voz cantora. No creo que se pueda definir a una persona con una sola palabra, no lo recomiendo porque nos encasilla.
En un principio, para Rosalba y para muchas, primero fue vivir y sentir el cuerpo, luego la voz y luego el canto y luego las palabras. Bueno, no todo en ese orden. Nuestra vida está llenade comienzos, de finales, de intermedios.
Con su libro, Rosalba nos lleva de la mano, nos invita a escudriñar su pasado y presente —apenas unas pinceladas— por varios laberintos con distintas voces, como las de su linaje de mujeres. Sí, es una historia que duele, pero poco a poco va transformando ese dolor, iluminando esa sombra con palabras que consuelan y curan heridas del alma. Nos dice que al escuchar la voz de nuestro cuerpo escucharemos la memoria que vive en él, y nos marca algunos pasos para adentrarse en la cuerpa a la que ella llama montaña.
Para muchas mujeres, ya sea con la escritura, con la voz, con el canto, con la danza o con la música, han abierto su mundo, han curado muchas heridas. Dice Ross que todas las personas tenemos la capacidad de cantar. Puede ser. Pero, entonces, tenemos la posibilidad de sanar, de rehacernos, de reinventarnos. Yo me reinvento con las palabras escritas. Como correctora de estilo, también soy —digamos— sanadora de textos. Les arreglo la columna, les enderezo las palabras, las voy acomodando.
Así podríamos estar contando y escribiendo acerca de nuestra historia. Retomo a la feminista y filósofa Celia Amorós, quien dice que hay que trascender la anécdota; o sea, las vivencias diarias. Cuando pasan por la reflexión, se convierten en experiencia de vida, y cuando se analizan con datos, con información y se van organizando, se convierten en conocimiento. Así, nuestra historia adquiere relevancia política y científica.
En febrero de 2013 escribí en mi crónica que conocer la historia de mujeres puede cambiar la vida de otras mujeres, pero escribir nuestra historia, como una tarea feminista, puede cambiar la historia de las mujeres.
En algún lado escuché a alguna mujer decir: “No me había dado cuenta de todo lo que soy”. Sí, a veces tardamos en darnos cuenta de que somos tierra, somos agua, somos luz, somos sombra, somos fuego, somos viento… En un trabajo con mujeres rurales, hace unos trece años, se me quedaron grabadas las palabras de una de ellas: “Ya nos dimos cuenta que tenemos alas y que podemos volar”.
Por eso siempre recomiendo que hagamos ese ejercicio: escribamos nuestro diario, de distintas formas, para sí, para las que vienen. Son los espejos que necesitan otras mujeres para verse reflejadas ahí, para darse cuenta de que no son las únicas locas, malas o descontentas, como Marcela, como Rosalba, como yo… Gracias, Rosalba, por iluminar un poco esas sombras que traemos a cuestas.
*Texto leído durante la presentación de De la sombra al canto, de Rosalba Cruz López. Con la participación de la autora, Simón Tavera y Guadalupe López. Ciudad de México, 28 de agosto de 2025.
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