Por Angélica de la Peña
La visita de Reem Alsalem, relatora especial de la ONU sobre Violencia Contra Mujeres y Niñas, fue como una brisa fina y fresca sobre nuestros rostros.
Escucharla revitaliza el inconmensurable derecho a la libertad de expresión y raciocinio, poder ser escuchadas en nuestras exigencias y decir lo que nos preocupa sin ser vilipendiadas, insultadas, amenazadas y perseguidas.
Porque sexo y género no es lo mismo. Desde el origen del feminismo se pone en el centro la situación de las mujeres que lo somos, porque nacimos mujeres. Somos la otra mitad de la humanidad; la que menstrúa; la que se embaraza, pare y amamanta. La que es cosificada sexualmente también por desgracia; a la que se le impone la fuerza física para mantenerla recatada y sumisa, antes con un cinturón de castidad, hoy con la burka y otras formas.
Por nuestro sexo, las mujeres de todas las edades sufrimos diversas formas de discriminación. Nadie debería sorprenderse que la relatora, en función de su materia, se reúna con las madres que buscan a sus hijas desaparecidas de manera forzada, con víctimas de violencia familiar escondidas en un refugio o con víctimas de la prostitución cuyos estragos son insuperables; con feministas abolicionistas estigmatizadas en listas de corte fascista y suspendidas de sus trabajos.
Estas mujeres le plantearon el abandono, simulación e insuficiencia de acciones a favor de nuestros derechos. Hay muchos obstáculos que impiden la libertad y autonomía de las mujeres para que desde niñas, sean lo que quieran ser porque tienen una alimentación nutritiva, amor y cuidados, hay un sistema educativo eficiente y pueden transitar por las calles con seguridad. Se desmonta el papel “natural” de ser “madres y esposas” que nos endilga el patriarcado y concretan su proyecto de vida por los mismos derechos que los niños.
Nuestra diferencia sexual y reproductiva respecto a la otra mitad de la humanidad debe dejar de ser una desventaja y argumento para la cosificación sexual. No ha desaparecido el peligro inminente de casar a niñas con hombres adultos, a pesar de la prohibición del matrimonio infantil. El embarazo a temprana edad sólo constata la violación sexual sufrida y en México las cifras evidencian la falta de políticas para su prevención.
Hoy, con la igualdad sustantiva en la ley, no tendría porqué haber mujeres que, por su pobreza, ofrecen sus úteros para un embarazo cuyo producto será vendido y nunca más sabrá, ni ella ni nadie, cuál fue la suerte de esa criatura. Esto debe prohibirse.
En esta visita la relatora Alsalem escuchó a víctimas de la trata con fines de explotación sexual. Mujeres pobres, indígenas, migrantes, muchas menores de edad, y reafirma: la prostitución no es trabajo sexual, es violencia.
En México debe analizarse las consecuencias de tratamientos irreversibles, como lo es la hormonización cruzada a niñas y niños, el uso de bloqueadores de la pubertad y la mutilación de sus órganos sexuales y reproductivos antes de la mayoría de edad. Es necesario prevenir casos como el de la clínica Tavistock, de Londres, con más de mil denuncias por daños irreversibles causados a niñas y niños con disforia de género o autismo.
Ante las reacciones por la visita de la relatora, es necesario poner énfasis en que la exigibilidad de un derecho no puede invocarse o imponerse por encima de otros; todos los derechos son interdependientes
Defensora de derechos humanos
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.
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