Por Sofía Gamboa
Treinta años después de la histórica Conferencia de Beijing, la igualdad de género sigue siendo una promesa a medio cumplir. Pero si algo ha cambiado radicalmente desde 1995 es el terreno donde se disputa esa promesa: la economía digital. Hoy, hablar de derechos de las mujeres implica hablar de finanzas descentralizadas, inteligencia artificial, brechas tecnológicas, soberanía económica y gobernanza algorítmica. Y en ese nuevo tablero, las reglas siguen sin estar escritas por nosotras.
La reunión de alto nivel de la ONU para conmemorar el 30º aniversario de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer se celebró el 22 de septiembre de 2025 en Nueva York. Más que una celebración, fue un ejercicio de memoria, pero también de frustración. Sí, hay avances: más niñas en la escuela, más mujeres en parlamentos, más leyes contra la violencia. Pero también hay retrocesos: menos acceso a financiamiento, más precariedad digital, más vigilancia sobre nuestros cuerpos. Y lo más preocupante: una narrativa de progreso que no se traduce en redistribución real de poder.
La brecha que no cierra: mujeres y dinero
Uno de los temas más urgentes que emergieron en Beijing+30 fue el de la autonomía económica. En América Latina, solo el 47% de las mujeres participa en el mercado laboral, muchas en condiciones informales, sin acceso a crédito, ahorro o inversión. En México, menos del 30% accede a financiamiento formal, y aún menos en sectores como tecnología, emprendimiento o inversión de riesgo.
La paradoja es brutal: las mujeres sostienen la economía con su trabajo de cuidados no remunerado, pero siguen excluidas de los circuitos formales de acumulación de capital. Y cuando acceden, lo hacen en condiciones de mayor riesgo, menor rentabilidad y con menos redes de apoyo. Sin autonomía económica, no hay libertad. Sin acceso a capital, las mujeres no pueden emprender, innovar, ni escapar de relaciones violentas. Sin inclusión financiera, la igualdad es solo un discurso.
Tecnología: ¿nueva frontera o nuevo muro?
La otra gran conversación en Beijing+30 fue sobre tecnología e inteligencia artificial. Las mujeres representan apenas el 22% de quienes trabajan en inteligencia artificial a nivel global. En América Latina, la cifra es aún menor. Y cuando no estamos en la mesa donde se diseñan los algoritmos, estos terminan replicando las violencias que ya enfrentamos: exclusión laboral, invisibilización en los datos y exposición a agresiones digitales sin consecuencias
Los sesgos algorítmicos no son errores de código, son reflejo de estructuras de poder. Por ejemplo, los sistemas de scoring crediticio basados en inteligencia artificial tienden a penalizar a mujeres por historiales financieros fragmentados (producto de interrupciones laborales por maternidad o cuidados no remunerados), mientras que premian trayectorias lineales típicamente masculinas. En plataformas de reclutamiento automatizado, los algoritmos han aprendido a descartar currículums con nombres femeninos o con referencias a liderazgo comunitario. En redes sociales, los sistemas de moderación castigan más severamente el lenguaje feminista que el discurso de odio misógino, porque no entienden el contexto, pero sí replican los prejuicios de quienes los entrenaron.
Todo esto ocurre mientras las grandes tecnológicas siguen hablando de “inclusión” en sus campañas de marketing, pero mantienen equipos de desarrollo homogéneos, masculinos y mayoritariamente blancos. La contradicción entre el discurso y la práctica es evidente: se promueve la diversidad como valor corporativo, pero se excluye sistemáticamente a quienes no encajan en el molde dominante. Y no es solo un problema de género o raza: también es un problema de clase y de lenguaje.
En México, más del 20% de la población ha sido discriminada por su forma de hablar o por su acento, según el INEGI. Se privilegia el español “neutral” o “internacional”, ese que suena a presentador de noticiero o a influencer de Ciudad de México, mientras se ridiculiza o excluye a quienes hablan con acento rural, indígena o regional. Esta exclusión lingüística restringe el acceso a espacios de decisión.
En el mundo corporativo y tecnológico, esta glotofobia se traduce en una jerarquía no escrita donde un acento argentino o español puede ser percibido como “cosmopolita”, mientras que un acento del México rural es visto como “poco preparado”. Esta discriminación reproduce una lógica colonial en la que el conocimiento válido es el que viene de fuera, y la voz autorizada es la que suena como en Madrid o Buenos Aires.
Y si eso pasa con el lenguaje, imagina lo que ocurre con los datos, los algoritmos y las decisiones automatizadas. La brecha no es solo de acceso, es de diseño, de gobernanza y de beneficio. Porque si las mujeres no estamos en el diseño de los sistemas, tampoco estaremos en la distribución de sus beneficios.
DeFi, blockchain y el espejismo de la descentralización
Desde mi trinchera en el mundo de las finanzas descentralizadas (DeFi), veo con claridad las oportunidades y los riesgos. La tokenización de activos, el acceso a stablecoins, los protocolos de préstamo sin bancos podrían democratizar el acceso al capital. Pero también pueden convertirse en un nuevo club exclusivo si no se diseñan con perspectiva de género.
Hoy, menos del 10% de quienes invierten en criptoactivos son mujeres. Aunque existen iniciativas como SheFi o DAOs lideradas por mujeres, la narrativa dominante sigue siendo masculina, tecnocrática y excluyente. Si no intervenimos ahora, corremos el riesgo de que la Web3 repita los errores de la Web2: concentración de poder, extractivismo de datos y exclusión de las mayorías.
Además, la tan repetida promesa de “descentralización” en el mundo Web3 y blockchain muchas veces es solo eso: una promesa. Porque si los nodos de validación, los fondos de inversión, los equipos técnicos y las decisiones de gobernanza siguen en manos de los mismos de siempre, no hay descentralización que valga.
La arquitectura puede ser distribuida, pero sin inclusión, la descentralización es solo una simulación de cambio. Y eso tiene implicaciones profundas: ¿Quién decide qué protocolos se actualizan? ¿Quién tiene voz en las DAOs? ¿Quién puede pagar el gas fee para participar? ¿Quién tiene tiempo, conocimiento y recursos para auditar contratos inteligentes?
¿Qué nos toca hacer?
Beijing+30 no es solo una efeméride. Es una oportunidad para repolitizar la conversación sobre tecnología y finanzas desde el feminismo. Para exigir que los algoritmos sean auditables, que los datos se desagreguen por género, que las plataformas digitales rindan cuentas por la violencia que permiten. Para que las mujeres no solo sean usuarias de tecnología, sino también creadoras, inversionistas, diseñadoras de sistemas.
También es momento de redefinir qué entendemos por empoderamiento económico. No basta con dar microcréditos o enseñar a “emprender”. Necesitamos políticas públicas que reconozcan el trabajo de cuidados como motor económico, que garanticen acceso a capital sin sesgos de género, que promuevan la participación de mujeres en la economía digital desde la educación básica hasta el capital de riesgo.
Hablar de transformación implica construir una infraestructura financiera feminista: wallets con enfoque de privacidad y seguridad para mujeres, protocolos de inversión colectiva con impacto social y ambiental, fondos de capital de riesgo con perspectiva de género, y modelos de gobernanza digital que reconozcan el valor del trabajo de cuidados.
No se trata de pedir permiso para reescribir el código. Se trata de convocar más voces, más saberes, más experiencias. De hackear el sistema, sí, pero también de diseñar uno nuevo, más justo, más plural, más humano.
Desde la academia, urge formar talento con perspectiva crítica, que cuestione los sesgos de los sistemas y proponga alternativas. Desde el activismo, necesitamos alianzas entre tecnólogas, economistas, diseñadoras y cuidadoras para imaginar juntas una economía digital que no excluya. Y desde las políticas públicas, es momento de exigir marcos regulatorios que protejan a las mujeres en entornos digitales, que promuevan la transparencia algorítmica y que reconozcan el valor del trabajo no remunerado.
Es tiempo de pasar del diagnóstico a la acción. De la crítica al diseño. De la resistencia a la creación. No basta con señalar las brechas: necesitamos construir puentes.
El futuro no se hereda, se diseña
Desde México, urge una política feminista que entienda que la igualdad no se logra solo con escaños o campañas, sino con redistribución real de recursos, datos y decisiones. Que entienda que la soberanía digital también es soberanía corporal. Que sepa que el futuro no se hereda: se diseña, se programa, se financia.
Beijing+30 no es un cierre de ciclo. Es un checkpoint. Una oportunidad para repensar el modelo económico desde el cuidado, la equidad y la innovación.
Porque si no estamos en el código, no estamos en el poder. Y si no estamos en el poder, no estamos en el futuro.
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