Cosificación en las Fiestas Patrias: un acto de violencia simbólica en Reforma, Chiapas

por Gabriela Cruz Rodriguez

Por Gabriela Cruz Rodríguez

El pasado 15 de septiembre, durante la ceremonia del Grito de Independencia en Reforma, Chiapas, el alcalde Pedro Ramírez Ramos, militante de Movimiento Ciudadano, decidió incluir en el espectáculo oficial a una bailarina que utilizó la bandera nacional como accesorio escénico. Lo que para algunos pudo parecer un simple show festivo, en realidad refleja un problema estructural mucho más profundo: la cosificación de las mujeres y la reproducción de violencia simbólica desde las instituciones públicas.

La socióloga feminista Marcela Lagarde advierte que la cosificación convierte a las mujeres en objetos de uso, donde se las reduce a sus atributos físicos. Este concepto se relaciona con el sexismo, donde se estereotipa a las mujeres y se minimiza su capacidad de desarrollo profesional, personal e intelectual, al valorarlas por su belleza y funcionalidad para los hombres. A su vez, el antropólogo Pierre Bourdieu conceptualizó la violencia simbólica como una forma de dominación que se ejerce de manera sutil e invisible, sin recurrir a la fuerza física, sino a través de la imposición de un poder simbólico que naturaliza las estructuras de poder desiguales.El espectáculo en Reforma reúne ambos elementos: la reducción del cuerpo femenino a objeto de uso y la legitimación de esta práctica desde un evento oficial, revestido de solemnidad nacionalista.

De acuerdo con la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), México tiene la obligación de eliminar toda forma de discriminación contra las mujeres, incluidas las prácticas culturales, sociológicas y olíticas que las relegan a papeles secundarios o meramente decorativos. Sin embargo, el acto encabezado por Ramírez Ramos revela un patrón cultural patriarcal aún vigente en Chiapas, donde estas expresiones se normalizan con mayor frecuencia que en otros estados del país.

Para amplios sectores sociales y colectivas feministas, lo ocurrido constituye un ejemplo de misoginia institucional: un gobierno que convierte el cuerpo de las mujeres en parte del decorado, disfrazando bajo la etiqueta de cultura un acto de cosificación y subordinación.

El gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez Aguilar, no ha emitido hasta ahora una postura firme frente al hecho, pero el silencio estatal frente a este tipo de prácticas envía un mensaje preocupante: que la cosificación de las mujeres en espacios públicos puede ser tolerada. Como muy acertadamente señala la antropóloga Rita Segato, la violencia contra las mujeres es un “mensaje pedagógico” del patriarcado: una manera de mostrar a las demás cuál es su lugar en la jerarquía social. Lo sucedido en Reforma es precisamente eso: una escenificación pública que reafirma la desigualdad de género desde el poder político.

En un estado como Chiapas, donde las mujeres enfrentan altos índices de violencia y exclusión política, este tipo de prácticas no son anécdotas aisladas, sino parte de un patrón cultural patriarcal. 

Pero lo  más indignante no ha sido sólo el escándalo mediático, sino la naturalidad con la que el propio presidente municipal validó que el cuerpo de una mujer formara parte del espectáculo patrio. Lo que se presenta como “cultura” no es más que la perpetuación de un sistema que sigue colocando a las mujeres como accesorios.

La patria, recordada cada septiembre como símbolo de libertad y soberanía, se convierte aquí en el telón de fondo para reforzar la idea de que las mujeres no son protagonistas de la historia, sino parte del escenario.

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

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