La élite y sus políticas natalistas: poder, abuso y control reproductivo

Por  Adriana Leonel de Cervantes Ascencio

El patrón inquietante: poder, abuso y control reproductivo

Existe un patrón perturbador que debemos nombrar sin rodeos: muchos de los hombres en posiciones de poder que abogan fervientemente por políticas natalistas, que presionan para restringir el acceso al aborto y que insisten en que las mujeres deben tener más hijos, son los mismos que han sido acusados de abuso sexual infantil, tráfico de menores o han mantenido vínculos con redes de explotación.

Esta no es una coincidencia. Es un sistema. Cuando analizamos los casos de figuras políticas, empresariales y religiosas que impulsan agendas antiderechos reproductivos, encontramos historias de Jeffrey Epstein, casos en instituciones religiosas, escándalos en élites políticas y empresariales. La pregunta no es retórica: ¿por qué quienes más daño han causado a las infancias son quienes más insisten en que nazcan más?

Más niños, más vulnerabilidad: la lógica perversa del abuso

La respuesta es escalofriante pero clara: más niños significan más víctimas potenciales. Cuando se presiona a las mujeres para que tengan hijos que no desean o que no pueden cuidar adecuadamente, se crean condiciones de vulnerabilidad sistemática. Las familias sobrecargadas, empobrecidas y sin recursos son terreno fértil para la explotación.

Los abusadores lo saben. Los traficantes lo saben. Saben que los niños en situaciones de precariedad económica, con madres agotadas y sin apoyo institucional, con padres ausentes o violentos, son más fáciles de manipular, captar y explotar. Saben que en contextos donde las mujeres no tienen autonomía reproductiva, donde están atrapadas en ciclos de maternidad forzada, los niños quedan más desprotegidos.

El natalismo agresivo no es una postura «pro vida». Es una política de producción de vulnerabilidad infantil. Cada niño no deseado, cada embarazo forzado, cada madre sin recursos, es una puerta que se abre a la explotación. Y quienes perpetúan estas violencias lo saben perfectamente. Por eso insisten en cerrar clínicas de aborto mientras mantienen abiertas las puertas de sus círculos de abuso.

El control de los cuerpos de las mujeres como estrategia de dominación

El objetivo no es «proteger la vida». El objetivo es controlar a las mujeres. Mantenerlas exhaustas, pobres, dependientes. Una mujer con cinco hijos que no planeó, sin recursos económicos, sin apoyo institucional, es una mujer que no puede organizarse políticamente, que no puede denunciar, que no tiene tiempo ni energía para exigir justicia cuando sus hijos son abusados.

Este es el diseño. No el error. La restricción de derechos reproductivos es una herramienta deliberada de dominación patriarcal que sirve directamente a los intereses de quienes perpetúan violencias sexuales. Cuando las mujeres no controlan su fertilidad, no controlan sus vidas. Y cuando las mujeres no controlan sus vidas, sus hijos están más expuestos.

Los casos que no podemos ignorar

Jeffrey Epstein, traficante sexual de menores convicto, se relacionaba con élites empresariales y políticas que públicamente promovían políticas restrictivas sobre derechos reproductivos. Casos en la Iglesia Católica, institución que históricamente se ha opuesto al control natal y al aborto, revelan décadas de abuso sexual infantil sistemático y encubrimiento institucional.

Políticos conservadores que impulsan leyes antiaborto han sido acusados repetidamente de conductas sexuales inapropiadas con menores. Empresarios que financian campañas contra la educación sexual integral y el acceso a anticonceptivos aparecen vinculados a escándalos de explotación. El patrón se repite una y otra vez, en distintos países, distintos contextos, distintas instituciones.

No estamos hablando de casos aislados. Estamos hablando de una estructura en donde el control reproductivo de las mujeres y el abuso sexual infantil son dos caras de la misma moneda de poder patriarcal. Una estructura donde quienes más predican sobre «valores familiares» son quienes más destruyen a las familias desde dentro.

Y cuando estas figuras son expuestas, sus aliados los protegen, minimizan, desvían la atención. Atacan a las víctimas. Utilizan su poder económico y político para evadir consecuencias. Mientras tanto, siguen presionando por más restricciones a los derechos de las mujeres, por más embarazos forzados, por más niños vulnerables.

La producción sistemática de víctimas

Este es el sistema en acción. Cada paso refuerza al siguiente. Y en cada paso, hay hombres poderosos beneficiándose: legisladores que reciben financiamiento de lobbies conservadores, líderes religiosos que mantienen control sobre comunidades enteras, empresarios que explotan trabajo infantil, redes de tráfico que operan con impunidad.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿quién se beneficia realmente cuando las mujeres no pueden controlar su reproducción? No son las mujeres. No son los niños. Son quienes sostienen su poder mediante la explotación de ambos.

El discurso de la «demografía» como pantalla

Lo que dicen:

  • «Necesitamos aumentar la tasa de natalidad por el futuro de la nación»
  • «La caída demográfica es una crisis existencial»
  • «Las mujeres deben cumplir su rol natural de madres»

Pero detrás del lenguaje sobre «crisis demográfica» y «futuro de la nación» se esconde una agenda de control. Cuando Elon Musk, quien ha enfrentado múltiples acusaciones de conducta sexual inapropiada, habla obsesivamente sobre la «crisis de natalidad», no está preocupado por el bienestar de los niños. Está preocupado por mantener estructuras de poder.

El discurso natalista de las élites nunca viene acompañado de propuestas reales para apoyar a las familias: guarderías gratuitas, permisos parentales pagados, vivienda digna, educación accesible. Solo viene con restricciones a la autonomía de las mujeres. Eso lo dice todo.

Lo que los datos revelan: países con autonomía reproductiva vs. países restrictivos

Los datos son contundentes. En países donde las mujeres tienen acceso pleno a derechos reproductivos, anticoncepción y aborto seguro, las tasas de abuso infantil reportado son menores, la explotación sexual infantil está más perseguida, y los niños tienen mejores indicadores de bienestar general. En estos contextos, las mujeres pueden planificar sus embarazos, tener los hijos que desean cuando están preparadas, y dedicar recursos adecuados a su cuidado.

Por el contrario, en países con leyes restrictivas sobre aborto y anticoncepción, encontramos tasas más altas de mortalidad infantil, más abandono, más niños en situación de calle, más vulnerabilidad a redes de tráfico. También encontramos más impunidad para abusadores, especialmente cuando estos ocupan posiciones de poder en instituciones religiosas o políticas que promueven precisamente esas restricciones.

Cuando las mujeres tienen autonomía reproductiva, los niños están más protegidos. Cuando las mujeres son forzadas a la maternidad, los niños están más expuestos. Es así de simple y así de brutal. Y quienes promueven políticas restrictivas lo saben perfectamente. Por eso insisten en ellas.

La verdad incómoda que debemos decir en voz alta

La élite que viola y trafica con infancias quiere que las mujeres tengan más hijos porque más niños vulnerables significan más víctimas disponibles para sus sistemas de explotación.

Quieren que las mujeres estén exhaustas, empobrecidas, sin autonomía, porque así no pueden proteger a sus hijos ni denunciar abusos. Quieren familias en crisis porque en el caos prosperan los depredadores. Están en contra del derecho al aborto no por «amor a la vida» sino porque cada embarazo forzado es una mujer más atrapada y un niño más expuesto.

Esta es la verdad que incomoda a muchos. Que ofende sensibilidades. Que será tachada de «exageración» o «teoría conspirativa» por quienes se benefician del sistema. Pero los datos están ahí. Los casos están ahí. El patrón está ahí, para quien quiera verlo.

Nuestra tarea es nombrarlo. Señalarlo. Resistirlo. Cada vez que defendemos el derecho al aborto, estamos protegiendo infancias. Cada vez que luchamos por la autonomía reproductiva de las mujeres, estamos cerrando puertas a la explotación. Cada vez que exigimos justicia para víctimas de abuso, estamos desmantelando la impunidad de las élites.

La lucha por los derechos reproductivos y la lucha contra la violencia sexual infantil no son luchas separadas. Son la misma batalla contra el mismo enemigo: un sistema de poder patriarcal que necesita controlar los cuerpos de las mujeres y explotar la vulnerabilidad de las infancias para perpetuarse.

Y vamos a ganar. Porque la verdad, cuando se dice en voz alta, es imparable.

 

Imagen generada para uso editorial por LCR

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

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