Por Daniela Razo Martínez
En las últimas semanas no hay forma de abrir TikTok sin escuchar La Perla de Rosalía Yahritza y Su Esencia, mujeres de todas las edades usan el audio, comparten historias, hacen el trend. Y es impresionante: no están hablando del mismo hombre, pero sí del mismo tipo de masculinidad.
¡Ahí está el punto! Lo que nos conecta no es un hombre en específico, sino un patrón colectivo de masculinidad. Lo que Rosalía nombra no es una anécdota personal: es un síntoma social. Y cuando miles de mujeres reconocen su propia experiencia en una misma letra, no es sentimentalismo ni romanticismo: es colectivizar historias de vida atravesadas por el machismo y el desapego.
La Perla funciona como espejo de un mandato de masculinidad que atraviesa generaciones: ese hombre que “debe” ser heterosexual, playboy, insensible, emocionalmente mutilado, económicamente irresponsable y afectivamente ausente. Un hombre que aprende a esconderse, a mentir y a depositar sobre sus parejas lo que él no quiere mirar.
Definitivamente, la masculinidad hegemónica no es un problema privado.
Cuando escuchamos el término “terrorista emocional”, hablamos de violencia psicológica, indiferencia, silencio, gaslighting, minimización. Todo eso que desgasta, confunde y lastima. Y estos comportamientos provienen de un sistema que celebra la desconexión emocional masculina como si fuera virtud, fortaleza o inteligencia afectiva.
Nosotras, en cambio, crecimos escuchando que somos “demasiado sensibles”, “demasiado intensas”, “demasiado todo”.
Y Mona Chollet lo nombra en su libro “Reinventar el amor” con una claridad que incomoda: “se educa a las mujeres para que sean máquinas de dar, y a los hombres para que sean máquinas de recibir”.
Y es ahí donde aparece la frase que sostiene toda la canción y toda la discusión: ¿Acaso el poder emocional de estos personajes no está en lo que dan, sino en el permiso social que tienen para no dar nada?
Por eso es necesario hablar de masculinidades hegemónicas. No para señalar a un individuo, sino para entender que este mandato que celebra la frialdad, la indiferencia y la violencia emocional es una construcción histórica, sostenida por estereotipos de género que podemos, y debemos, transformar.
Lo que necesitamos no es que los hombres cuestionen los privilegios que este modelo les otorga. Las masculinidades distintas implican renunciar al monopolio del poder, renunciar a la distancia emocional en la que han sido educados y apostar por vínculos donde la igualdad no sea amenaza, sino posibilidad.
Si tantas mujeres se reconocen en La Perla es porque, antes que canción, es evidencia de que merecemos vínculos más justos, más tiernos y más humanos.
Bell hooks decía que el amor no puede triunfar cuando una de las dos partes quiere tener el control y que para conocer el amor realmente tenemos que desprendernos de la ideología sexista.
El problema no es un hombre. Es la masculinidad que lo sostuvo.
Y la historia que ya no estamos dispuestas a repetir.
![]()
