Por Anabel Abarca
La expresión “Lo personal es político”, hoy ampliamente utilizada en movimientos sociales y en demandas de justicia, tiene su origen en un texto de la feminista Carol Hanisch escrito en 1969 y publicado al año siguiente en Notes from the Second Year: Women’s Liberation. Hanisch participaba en grupos de mujeres que se reunían para compartir experiencias de su vida cotidiana y reconocer, a partir de ellas, las formas de opresión que vivían. La idea central era contundente: el malestar que sentían no respondía a problemas individuales, sino a estructuras de dominación sexista. En ese sentido, si las dificultades no eran personales, sino consecuencia de condiciones sociales, políticas y económicas, entonces debían entenderse como problemas políticos (Suárez, 2020).
Cuando pienso en esta frase y en la importancia que ha tenido en mi vida, reconozco que asumirme feminista me permitió aceptar mi lesbiandad, y aceptar mi lesbiandad me llevó a reconocerme feminista. Parto de la idea de que las mujeres lesbianas resistimos todo el tiempo, desde lo personal y desde lo colectivo.
En mi experiencia, ser lesbiana no sólo se ha tratado de tener vínculos sexoafectivos con mujeres, sino que se ha convertido en una postura política. En un mundo en el que la heterosexualidad se impone como norma, defender lo que eres; tu esencia, tu orientación, tu intimidad, se convierte en un acto de resistencia en los espacios más cercanos: la familia, los círculos de amistades, la escuela. Ahí no sólo defendemos nuestra orientación, sino también nuestra identidad. Con el tiempo, esa resistencia se va amplificando hacia otros entornos, donde muchas veces ser resistencia significa no encajar del todo o incluso quedar fuera.
Cuando acepté mi sexualidad fue prácticamente al mismo tiempo que comencé a acercarme al feminismo. Los espacios sororos en los que participé fueron un soporte fundamental en mi proceso. Fueron los primeros lugares en los que me sentí segura para explorar mi sexualidad, hablar de ella abiertamente y encontrar empatía, ya fuera de mujeres lesbianas o no. Aunque algunas quizá no comprendían en su totalidad lo que implicaba mi causa, entendían muy bien lo que significa resistir y luchar contra sistemas que buscan oprimir y encajarnos en moldes prefabricados de lo que “debemos ser”.
La lesbiandad me ha enseñado que lo personal siempre es político: desde cómo deseo, cómo me nombro, hasta cómo me relaciono con otras mujeres. No se trata únicamente de una orientación sexual, sino de un espacio de libertad que desafía el mandato patriarcal de que nuestra vida debe girar en torno a los hombres. Y quiero dejar algo claro: ser lesbiana no es una elección, aunque si lo fuera, no tendría nada de malo. La orientación sexual no se decide, se vive.
Vivir la lesbiandad es caminar con la certeza de que mi existencia incomoda a un sistema que me prefiere callada, sumisa y heterosexual. Pero también es abrazar la posibilidad de imaginar otras formas de amar, de acompañarnos y de construir comunidad entre mujeres.
Desde el feminismo entiendo que mi voz y mi experiencia importan, porque al narrarme nombro también a quienes fueron silenciadas. Escribir y hablar de mi lesbiandad es reafirmar que la libertad no se pide: se ejerce.
Referencias
Suárez Tomé, D. (2020). “Lo personal es político” en contexto. En D. Maffía (Ed.), Intervenciones feministas para la igualdad y la justicia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina: Editorial Jusbaires. Recuperado de: https://www.aacademica.org/danila.suarez.tome/31
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