Padres fundadores, ¿madres ausentes?

La ausencia de las mujeres, de las personas racializadas y de los cuerpos históricamente desplazados, quienes sostuvieron la gesta sin poder inscribir su nombre con tinta constitucional, es la costilla rota en el cuerpo de un Estado naciente

por Paloma Cecilia Barraza Cárdenas

Por Paloma Cecilia Barraza Cárdenas

 

“Sostenemos estas verdades

como evidentes por sí mismas:

que todos los hombres son creados iguales.

Y cuando me encuentre a Thomas Jefferson

voy a obligarlo a incluir a las mujeres en la secuela.”


Angelica Schuyler, Hamilton

  

Hamilton cuenta la historia de una rebelión. Es la crónica de una fractura. Y algo arde irremediablemente en esa línea rapeada por Angelica Schuyler. Eriza la piel. Es ingenio teatral y memoria histórica. Es el brillo de la inteligencia atravesado por la brutalidad de un orden excluyente. Las revoluciones redactan constituciones, pero también silencios. Proclaman derechos y, al mismo tiempo, diseñan desigualdades. Y Renée Elise Goldsberry lo interpreta con ferocidad. La ausencia de las mujeres, de las personas racializadas y de los cuerpos históricamente desplazados, quienes sostuvieron la gesta sin poder inscribir su nombre con tinta constitucional, es la costilla rota en el cuerpo de un Estado naciente.

La libertad emerge gloriosa, sí, pero con el hueso astillado de su propia incoherencia. El musical de Lin-Manuel Miranda hizo algo rara vez permitido por la historiografía tradicional. Desobedeció la mirada. Tomó una historia fundacional, la independencia de Estados Unidos, y la narró desde cuerpos racializados, en voces migrantes y desde sujetos marginalizados por el relato oficial. No cambió los hechos centrales, pero sí la mira. Y eso modifica el significado. Es intervención política. La épica se vuelve campo de batalla y, así, en ese huracán de perspectiva, las “verdades” se convierten en preguntas.

La independencia estadounidense fue una disputa por el poder, por la representación y por el control de la información. El Stamp Act, por ejemplo, gravaba la circulación de ideas. La llamada Masacre de Boston fue también una batalla narrativa. Antes de la independencia, hubo imprenta. Antes de la llegada del ejército, hubo artículos, panfletos, organización discursiva. Y ¿quién tiene derecho a definir el relato público? Ese es el portal del siglo XVIII con nuestro presente. Aunque Hamilton también romantiza, con matices claro, a los llamados “padres fundadores”, expone algunas de sus contradicciones.

Alexander Hamilton es presentado como inmigrante caribeño, huérfano, forastero. La obra resuena a varios años de su auge, pues la nación que hoy discute quién merece cruzar sus fronteras fue fundada por personas extranjeras. La construcción de la nación fue impulsada por quienes, en el discurso político contemporáneo, podrían fácilmente levantar sospecha. Sin duda, el debate migratorio vuelve a colocarse en términos de amenaza, control y exclusión, por ello, la historia de la independencia se vuelve perturbadoramente vigente. Los mismos nutrientes de la ruptura con la Corona, como la falta de representación, las decisiones tomadas sin consentimiento y el control de la narrativa pública, resurgen bajo otros nombres y con otros villanos. Las formas cambian. La lógica del poder no tanto.

Además, el musical señala la falta de mujeres en el relato constitucional. La Declaración de Independencia habló de “todos los hombres” como iguales, pero no incluyó a todas las personas. Las mujeres participaron en boicots, en redes de información, en apoyo logístico, en debate intelectual. Abigail Adams pidió se recordara a las “damas” en la nueva legislación. Mercy Otis Warren escribió sátiras políticas y cuestionó la concentración de poder en la nueva Constitución. Phillis Wheatley, mujer afrodescendiente esclavizada, publicó poesía sobre libertad mientras esa misma libertad no le era reconocida. Judith Sargent Murray defendió la igualdad intelectual de los sexos. Otras, como Deborah Sampson, participaron incluso en combate, mientras figuras como Esther Reed y Sarah Franklin Bache organizaron redes de apoyo y financiamiento para el ejército. Y, aun así, la revolución proclamó libertad mientras mantenía estructuras patriarcales intactas.

¿Les suena? La historia oficial suele celebrar a los padres fundadores. Pero rara vez menciona a las “madres de la patria”, a quienes sostuvieron la economía de los hogares durante los enfrentamientos, a quienes administraron propiedades, a quienes pensaron y participaron en debates públicos, aunque no tuvieran derecho a voto. El secreto también es una forma de archivo. Y aquí el acceso a la información se convierte en herramienta política. Porque quien controla los archivos controla de alguna forma la memoria. Quien define qué se preserva y qué se olvida, intenta definir también las luchas legítimas y las invisibles. Las luchas feministas contemporáneas, por ejemplo, dependen profundamente de datos, cifras, registros oficiales. Sin información pública no hay estadísticas sobre violencia de género, no hay evidencia de desigualdad salarial, no hay pruebas documentales para exigir responsabilidades. La transparencia es una condición para disputar el relato del poder.

La independencia estadounidense institucionalizó la libertad de prensa, pero lo hizo tras una experiencia bien concreta de opacidad. Sin circulación de ideas no hay consentimiento informado. Y sin consentimiento, la legitimidad se desmorona. Sin embargo, ni siquiera esa arquitectura constitucional fue suficiente para incluir plenamente a mujeres, personas esclavizadas, pueblos originarios y otros grupos históricamente vulnerabilizados. El acceso a la información y la libertad de expresión fueron conquistas importantes, pero no automáticamente inclusivas.

Por eso el personaje de Angelica es tan grande. Porque imagina una secuela. Reconoce la posibilidad de reescribir la historia. Entiende la ausencia de santidad y la perfectibilidad de los textos constitucionales. Las revoluciones no terminan cuando se firma una declaración. Continúan en las disputas por la memoria colectiva, la representación y la progresividad de derechos. Continúan cuando las mujeres exigen protagonismos. Nuestra historia no es y no debe ser jamás una nota al pie. Las revoluciones continúan cuando los movimientos utilizan información pública para evidenciar desigualdades estructurales. Se extienden cuando las narrativas oficiales son cuestionadas por quienes quedaron fuera del primer borrador. O del segundo. O del tercero.

Tal vez por eso Hamilton me cautiva tanto. La nación es una conversación permanente. Y que esa conversación, aunque siempre conflictiva, debe ser también plural y colectiva. La independencia de Estados Unidos fue un laboratorio político donde se ensayaron problemas aún vigentes. Concentración de poder, representación inequitativa, desigualdades sociales, exclusión, construcción de enemistades, control del discurso público. Cambian los nombres, pero no las tensiones.

Si la historia la escriben los vencedores, la justicia la escriben quienes se atreven a problematizarla. Quizá la secuela está en reconocernos entre nosotras como intérpretes legítimas de la historia. Toda generación tiene la responsabilidad de preguntarse quién queda fuera en su entorno. Porque si algo nos enseñan las insurrecciones, es el arranque de la libertad cuando se desafía la narrativa y su potencialidad de consolidación cuando el relato político deja de pertenecer a unos cuantos.

No se trata de esperar la secuela, hermanas. Se trata de escribirla.

Imagen generada para uso editorial por LCR

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

 

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