Por Anabel Abarca
El Partido Político Reformado (SGP) de los Países Bajos, fundado en 1918, sigue defendiendo en pleno 2025 que las mujeres no deben votar ni ocupar cargos públicos. Bajo esa convicción, excluyó a las mujeres de su lista para las elecciones del 29 de octubre. Con apenas un escaño de los 150 del Parlamento, el SGP mantiene vivos principios bíblicos que chocan de frente con la Constitución neerlandesa, que prohíbe cualquier forma de discriminación por género.
Lilian Janse hizo historia en 2014 al convertirse en la primera mujer elegida por este partido, como concejala en Vlissingen. Pero su presencia solo fue posible porque en 2012 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos obligó al SGP a permitir candidaturas femeninas.
Aunque en 2024 la sección local volvió a incluir a Janse, en mayo de 2025 se rechazó rotundamente la moción que permitiría su participación y la de cualquier otra mujer en política nacional. Un mensaje claro: su ideología pesa más que la igualdad.
Peter Smit, asesor de políticas del partido, afirmó que el género “no fue un criterio” para integrar la lista electoral. No obstante, para un partido guiado por una interpretación calvinista ortodoxa y por la idea de la soberanía divina, permitir la participación política de las mujeres implica una contradicción con su propia lectura de la Biblia.
La postura del SGP, lejos de ser un relicto marginal, evidencia un riesgo latente: basta un retroceso político, económico o religioso para que los derechos de las mujeres vuelvan a estar en disputa. Simone de Beauvoir lo advirtió con precisión profética: “No olvidéis jamás que bastará una crisis para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”.
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