No son monstruos: son hijos sanos del patriarcado

por Arely Huerta Maqueda

Por Arely Huerta Maqueda

En cada noticia sobre feminicidios se repite un patrón: titulares que hablan de “monstruos”, “bestias”, “psicópatas” o incluso apodos comerciales que convierten a los asesinos en personajes casi de ficción. La narrativa mediática busca marcar distancia: ellos, los diferentes, los enfermos, los inhumanos. Pero esta lectura es tan peligrosa como cómoda, porque borra la responsabilidad social y política que incubó su violencia.

Los feminicidas no nacen de la nada. No emergen como anomalías individuales que perdieron la razón. Son hombres formados en la escuela del machismo, la misoginia y la impunidad que respira la sociedad mexicana todos los días. Antes de asesinar, ejercieron otras formas de violencia: el acoso callejero, los chistes misóginos, el control sobre las parejas, la violencia psicológica, el hostigamiento laboral. Actos aparentemente menores que fueron tolerados, legitimados o minimizados bajo frases como “así son los hombres” o “es un piropo inocente”.

Llamarlos monstruos es un acto de deslinde. Significa decir: “No somos responsables, eran distintos a los demás”. Pero lo cierto es que los feminicidas no son distintos a los hombres que normalizan la violencia, sino la consecuencia más extrema de una cultura que legitima la dominación masculina y que otorga permisos tácitos para ejercer poder sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres.

Entre enero y marzo de 2025 se registraron 162 feminicidios, y en julio la cifra ya alcanzaba 394 en lo que va del año.

En solo enero de ese año, la cifra diaria fue de 1.7 feminicidios, mientras que en total fueron asesinadas cada día más de 16 mujeres, incluyendo homicidios dolosos y culposos.

Desde 2015 hasta marzo de 2025, el país contabilizó 8 571 feminicidios.

Estas cifras no dan cuenta de “monstruos aislados”, sino de una emergencia estructural.

El feminicidio es la punta del iceberg de un entramado social que avala la violencia de género en múltiples formas. Si un hombre siente que puede perseguir a una mujer en la calle sin consecuencias, controlar su manera de vestir, decidir sobre su vida sexual o económica, insultarla en público o violentarla en privado, ¿qué le detiene después de escalar esa violencia? No se trata de justificar, sino de comprender que no es un fenómeno aislado: es la continuidad de la misoginia sistemática.

El verdadero monstruo no es un hombre en particular, sino la cultura patriarcal que lo formó. Los feminicidas son hijos obedientes de un sistema que les enseñó a creer que podían poseer, controlar y aniquilar la vida de las mujeres. Y la sociedad, en lugar de confrontarlos desde los primeros signos de violencia, les abrió el camino de la impunidad.

No es suficiente con indignarnos cada vez que un nuevo feminicidio aparece en las noticias. La tarea es desmantelar la idea de que la violencia es una excepción, cuando en realidad es una norma sostenida por complicidades cotidianas. Mientras sigamos hablando de “monstruos” estaremos excluyendo al vecino, al compañero de trabajo, al amigo, al hermano que reproduce conductas machistas. La violencia extrema no nace de la locura: nace de la normalidad.

Por eso, dejar de llamarlos monstruos es el primer paso para reconocerlos como lo que son: hombres comunes, responsables, producto de un sistema que debemos derrumbar desde la raíz. Solo así dejaremos de tener feminicidios que contar.

Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota.  Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.

 

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